De acuerdo con la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI, la primera medición nacional tras la pandemia, la edad mediana en México subió de 29 a 32 años en solo cinco años, lo que confirma que la población del país está envejeciendo de forma acelerada, ya que una de cada 10 personas tiene actualmente 65 años y más.
Por otra parte, el promedio de hijas e hijos nacidos vivos por cada mujer de 12 años y más pasó de 2.1 en 2020 a 1.9 en 2025, nivel nacional queda por debajo de la tasa de reemplazo poblacional, fijada en 2.1 hijas e hijos por mujer.
Los resultados también estiman que México alcanza 130.9 millones de habitantes.
Por ello, la pregunta de esta semana es:
¿Cómo se interpretan estas cifras? ¿Por qué algunas personas no quieren tener hijos?
Miriam Lechuga/Mater Filius
Estando en una charla con jóvenes de preparatoria experimenté, de alguna manera, esa misma duda: ¿por qué las nuevas generaciones están teniendo menos hijos?
En esa ocasión proyectamos el ultrasonido de una hembra de puercoespín embarazada. Inmediatamente surgieron expresiones de ternura que se escucharon en todo el auditorio. Los jóvenes estaban fascinados Después proyectamos imágenes de bebés hermosos y tiernos… con una canción provida, y ocurrió algo que me sorprendió y entristeció: un silencio sepulcral.

¿En qué momento tener hijos dejó de percibirse como una posibilidad esperanzadora y comenzó, para algunos, a verse principalmente como una carga, un riesgo o una renuncia a los proyectos personales?
Analicemos algunas conversaciones familiares. A una pareja recién casada se le pregunta: “¿Y cómo se van a cuidar? ¿Qué método van a utilizar? No se vayan a llenar de hijos; primero viajen, disfruten su matrimonio, conozcan el mundo…”
¿Un hijo es una amenaza? ¿Es un virus del que nos tenemos que cuidar?
Por supuesto, existen razones legítimas por las que una persona o una pareja decide posponer o no tener hijos, nadie les puede decir cuántos ni cuándo tenerlos.
Pero también vale cuestionarnos qué mensaje estamos transmitiendo los adultos acerca de la paternidad.
Hemos hablado tanto de las dificultades de tener hijos que hemos olvidado hablar de lo que también pueden significar: pertenencia, vínculos, ternura, responsabilidad, compañía, familia y alegría. Tener un bebé en casa es tener un pedacito del cielo en tu hogar.
¿Qué están viendo en nosotros y qué modelo de familia les estamos mostrando?
Necesitamos recuperar la cultura de la esperanza. Una esperanza que permita mirar la paternidad como un don no únicamente desde el miedo, la economía, incertidumbre o el sacrificio, sino también desde la posibilidad de recibir y entregar vida. Desde la generosidad.

El papa León XIV, al hablar sobre la familia y la apertura a la vida, nos dice que necesitamos volver a descubrir el valor del don que representa un hijo: no como un proyecto que viene a resolver nuestra vida, ni como una obligación, sino como una persona que puede transformar profundamente nuestra manera de amar.
Abrirse a la vida con generosidad, cada pareja discerniendo responsablemente su propia realidad, pero sin olvidar que una sociedad que deja de mirar a los niños como una buena noticia corre el riesgo de perder también algo de su propia esperanza.
Vivamos de tal manera que se resalte la esperanza y no el miedo. De cara a Dios y no solamente de cara al mundo.
Carlos Ramírez y Fátima Anaya/MOB, Pastoral de la vida
Los datos de la Encuesta 2025 del INEGI nos invitan a detenernos. Son cifras que hablan de una transformación profunda de nuestra sociedad: México está envejeciendo y las familias están teniendo menos hijos.
Pero detrás de los números hay decisiones, historias y circunstancias. ¿Por qué algunas personas no quieren tener hijos? No existe una sola respuesta. Hay quienes enfrentan incertidumbre económica, vivienda inaccesible, empleos poco compatibles con la vida familiar o el temor de no poder brindar a un hijo las oportunidades que desean. Otros han cambiado sus prioridades, desean primero consolidar una carrera profesional o una relación de pareja, o simplemente no experimentan el deseo de ser padres. También hay quienes han crecido en ambientes familiares dolorosos y temen repetir historias que ellos mismos padecieron.
Por eso, como sociedad y como Iglesia, quizá necesitamos pasar de la pregunta “¿por qué no quieren tener hijos?” a otra más profunda: ¿qué condiciones estamos creando para que formar una familia sea una posibilidad verdaderamente humana, libre y esperanzadora?
Desde nuestra experiencia como instructores del Método de Ovulación Billings, hemos podido acompañar a matrimonios que descubren que la fertilidad no es un problema que deba esconderse, controlar o temerse, sino una dimensión valiosa de la persona que puede conocerse y vivirse responsablemente. Aprender a reconocer los signos de fertilidad permite a los esposos dialogar, tomar decisiones de común acuerdo y asumir con responsabilidad la posibilidad de una nueva vida.

La Iglesia no propone una maternidad o paternidad irresponsable ni desconoce las dificultades concretas de las familias. El Concilio Vaticano II enseña que los esposos deben formar un juicio recto considerando su propio bien, el de los hijos y las circunstancias materiales y espirituales en las que viven. Al mismo tiempo, recuerda que los hijos son “el don más excelente del matrimonio”.
Quizá el desafío de nuestro tiempo no sea solamente preguntarnos cómo aumentar las cifras de natalidad, sino cómo volver a mirar la vida humana como un don y cómo construir una sociedad que acompañe a quienes desean recibirla. Una cultura que valore a los niños, proteja la maternidad, favorezca la conciliación entre trabajo y familia y ayude a los matrimonios a vivir una paternidad responsable puede ser también una cultura de esperanza.
Porque cada nacimiento no es solamente un dato demográfico. Es una persona que llega al mundo, una familia que se transforma y una sociedad que recibe una nueva posibilidad de futuro.
Como nos recordó el papa León XIV durante el Jubileo de las Familias: “Del seno de las familias nace el futuro de los pueblos”.
Tal vez estas palabras nos ayuden a mirar las cifras del INEGI no con miedo, sino con responsabilidad y esperanza: preguntándonos qué podemos hacer para que nuestros jóvenes no vean la familia como una carga imposible, sino como un camino posible de amor, entrega y fecundidad.
Erika Álvarez y Adrián García/Caná: Matrimonios Jóvenes
Al trabajar con matrimonios jóvenes nos hemos enfrentado indiscutiblemente con la pregunta: ¿para cuándo los hijos? Y desafortunadamente la respuesta de muchos es una negativa al no tenerlo en sus planes próximos, incluso ni contemplarlo a futuro.
Entonces, la pregunta que se hace es: ¿por qué? Y aquí hay un sinfín de respuestas que van desde ‘me quiero realizar profesionalmente’, ‘para qué traer a niños a sufrir a este mundo’, ‘queremos disfrutarnos como pareja, viajar, estudiar’, hasta incluso que un hijo representa una fuente alta de contaminación.
Pero como matrimonios católicos y de fe estamos llamados a la fecundidad, y si bien la paternidad no es la única manera de ser fecundos, es uno de los mayores llamados que Dios nos hace. Nosotros hemos experimentado cómo los matrimonios que son padres no dan un testimonio favorable acerca de la paternidad y se quejan constantemente de ese don que les fue otorgado.
Cada vez son más los casos de depresiones posparto, de la inestabilidad emocional de padres y madres tratando de adaptarse a las nuevas etapas del hijo; quejas acerca de la economía y los grandes gastos que se hacen por la salud y educación de los hijos; de la estabilidad de pareja y cómo van perdiendo esa conexión porque los hijos van ocupando el lugar que le corresponde a la pareja, y hasta temas de salud mental por el estrés que genera el día a día con los hijos.
Entonces, en cierta manera la responsabilidad va recayendo también en ese testimonio que damos al mundo como padres de lo que la paternidad representa, y aunque no debemos romantizar la paternidad, sí estamos llamados a dar testimonio del amor que se vive a través de los hijos, de la plenitud que se puede lograr, de la conexión que se tiene con ellos, de educarlos y guiarlos en la vida, de la satisfacción y alegría que da verlos crecer y triunfar en pequeñas cosas hasta grandes logros, y cómo podemos ver reflejado el amor que Dios nos tiene en nuestros hijos.
































































