Aunque el fenómeno de las desapariciones de mujeres no ha dejado de existir, recientemente en las redes sociales se han difundido más casos, incluso de muchachas de comunidades católicas.

 

Ana María Ibarra

Recientes desapariciones de jóvenes mujeres en la ciudad han puesto nuevamente a la comunidad de Ciudad Juárez en una condición de alerta. Si bien este fenómeno no ha dejado de existir, recientemente en las redes sociales se han difundido varios casos que hablan de un incremento en los casos.

Teresa Almada, directora de CASA, Centro de Asesoría y Promoción, organización que trabaja con jóvenes en situaciones vulnerables, dijo que algunos diagnósticos relacionan la desaparición de mujeres con el crimen organizado.

Pero aclaró que para otros investigadores, esta situación es consecuencia de un conjunto de condiciones sociales, del espacio urbano y de la deficiente procuración de justicia, factores que contribuyen a que el fenómeno se siga repitiendo.

 

Fenómeno doloroso

La desaparición de mujeres jóvenes es un fenómeno que lleva veinte años en la ciudad y que se ha recrudecido en el último tiempo, recordó la socióloga.

“La doctora Julia Monárrez, investigadora del Colegio de la Frontera Norte es quién más ha estudiado el tema, proporcionándonos información sobre los patrones de desaparición, el perfil, así como una geo-referenciación de las víctimas del feminicidio. En varios de sus libros existen recomendaciones de políticas públicas que hasta ahora no han sido tomadas en cuenta”, compartió Tere Almada.

Para la directora de CASA, como para el resto de las organizaciones y la ciudadanía, esta situación es de mucha preocupación y dolor, especialmente por la angustia de las familias.

“Es un tema que sigue lastimando a nuestra ciudad y ante el cual no podemos permanecer indiferentes. Desafortunadamente el feminicidio es solo la punta del iceberg de una situación social en donde las mujeres se enfrentan a condiciones de violencia terribles”, afirmó la entrevistada.

La angustia, la desesperación y el dolor por no saber dónde se encuentra una hija (o hijo) y saber que le puede pasar algo malo es de las experiencias más dolorosas que pueda vivir una familia, consideró la investigadora, para quien difícilmente hay palabras que reflejen lo que esto significa y el calvario que representa.

 

Violencia que genera violencia

En los más de 20 años de trabajo con proyectos juveniles, Tere ha escuchado cientos de historias de chicas que viven situaciones que atentan contra su dignidad como personas y como hijas de Dios.

“Las mujeres jóvenes constituyen uno de los grupos más vulnerables en nuestra ciudad. Y quizá lo más grave es que la mayoría de estas situaciones son poco visibles, pero allí están: en las familias, en las comunidades y en la sociedad”, compartió Almada.

Compartió que en los Centros de CASA, en los baños han encontrado adolescentes cortándose los brazos porque viven situaciones de abuso sexual o maltrato al interior de sus familias, que ya no quieren vivir o quieren irse de su casa.

“Nos ha tocado encontrar chicas que viven solas en tapias o casas abandonadas en el suroriente, que se prostituyen a muy corta edad o que simplemente no tienen dónde vivir porque las corrieron o huyeron de sus casas”, lamentó Almada.

Por otro lado, dijo, hay miles de hombres jóvenes de los barrios que crecieron en medio de la violencia y cuando se relacionan con las jóvenes, lo hacen con base en estos modelos de relación violenta que han aprendido.

“La presencia del narcotráfico en nuestras comunidades ha ido fortaleciendo esta cultura de utilización y deshecho de las mujeres, que, con tristeza podemos decir, ya estaba presente”.

 

Zonas vulnerables

En los diagnósticos y estudios que organizaciones como CASA han ido realizando en estos años, han descubierto que, en general, el perfil de las víctimas es que son mujeres jóvenes y pobres. “Diversos estudios han señalado la zona Centro como una de las más peligrosas, de donde han desaparecido muchas de las jóvenes o en donde se les vio por última vez. Hace algunos años, en el primer estudio del COLEF se señalaron colonias como la Chaveña, la Luis Olague o la México 68”, enumeró.

Agregó que habría que distinguir el lugar de donde desaparecen, a las colonias en donde vivían las víctimas, que no siempre son los mismos.

“Los últimos estudios apuntan a una extensión a muchas otras zonas de la mancha urbana, con colonias como la Francisco I. Madero, el suroriente de la ciudad y muchas otras. Es decir, se trata de un fenómeno que se ha ido extendiendo y que se va moviendo”, explicó.

 

Programas y proyectos

CASA es parte de la Red Juvenil Tira Paro, organizaciones que trabajan y buscan consolidar articuladamente un conjunto de programas de atención a la juventud marginada en diversas zonas de la ciudad, al que le han llamado “Corredor de la Paz”.

En dicha red, las organizaciones intercambian experiencias aprendiendo unos de otros y buscan formar educadores, construir metodologías y contenidos para responder a situaciones muy complejas en las vidas de las y los jóvenes, intentando tocar también a las familias y comunidades.

“Hemos iniciado apenas una reflexión sobre las condiciones de las mujeres jóvenes, pero aún no contamos con una estrategia articulada para enfrentar esta situación en la Red, aunque algunas de las organizaciones que la integramos hemos desarrollado algunas experiencias por separado, pero es un gran reto que tenemos por delante”, explicó.

En el caso de CASA Promoción Juvenil, compartió, cuentan con un Programa focalizado a mujeres adolescentes y jóvenes y han venido trabajando en su atención.

“Mediante este programa hemos logrado que las chicas encuentren espacios de escucha y crecimiento, romper con ciclos de violencia y que desarrollen estrategias de auto-cuidado”. Dijo que junto con las familias, han construido estrategias de seguridad comunitaria, con las cuales se organizan grupos para recoger a las chicas de la escuela, esperarlas cuando regresan del trabajo, acompañarse entre jóvenes o incluso la misma gente de CASA va por ellas a las secundarias y preparatorias para llevarlas a la institución y después a sus domicilio.

“Desafortunadamente tenemos miles de chicas en la ciudad en condiciones muy críticas, por lo que siempre es insuficiente y se requieren muchas acciones más”.

 

 

Un llamado cristiano y a la sociedad

La maestra Almada quiso por este medio hacer un llamado de solidaridad y prevención a la comunidad en general.

“Primeramente, que seamos sensibles ante el dolor de estas familias, que las apoyemos y exijamos a las autoridades municipales y estatales mecanismos más efectivos de protección y búsqueda de las jóvenes desaparecidas. Se ha comprobado que las primeras horas y días son fundamentales”, expresó.

Agregó que es importante apoyar la demanda de castigo a los responsables, ya que la impunidad reproduce el fenómeno.

“Participemos activamente en generar mejores condiciones y seguridad para las mujeres adolescentes y jóvenes. Podemos hacer muchísimo si nos organizamos”, afirmó.

 

Sugerencia para parroquias

La investigadora dijo que, a nivel de comunidades o parroquias, se pueden abrir espacios para escuchar específicamente a las chicas, atender sus problemáticas al interior de las familias, brindar apoyos para evitar que se pongan en situaciones de riesgo al huir de su casa o establecer relaciones peligrosas.

“Podemos y debemos organizarnos como vecinos para vigilar nuestro entorno, para llevar o acompañarlas a la escuela o a la parada del camión a chicas cuyos padres no pueden hacerlo porque están trabajando o que simplemente no cuentan con el apoyo de sus familias. Es decir, tratar de prevenir riesgos”.

Para concluir, dijo que como cristianos hay que ir al encuentro de estas realidades, por muy dolorosas que sean.

“En ellas se encuentra el rostro sufriente de Cristo. Aportemos nuestro granito de arena para eliminar estas formas tan terribles de violencia, confiados en que el Dios de la vida siempre nos acompañará en nuestros esfuerzos”, finalizó.