María de Guadalupe en un país dividido

P. Eduardo Hayen Cuarón

Los franciscanos que llegaron al continente en 1524 tenían la santa idea de convertir al cristianismo a todo habitante de esta tierra que cruzara en su camino. Encontraron pueblos indígenas, en guerra unos contra otros, plagados de cultos idolátricos y practicantes de comer carne humana. Hoy nuestra tierra americana y, concretamente México, vive profundas divisiones. La violencia está más viva que nunca, en las familias, en la calle y hasta en el vientre de las madres. Nos comemos unos a otros. Se extiende la idolatría y pululan los cultos esotéricos. No sólo eso. La sociedad mexicana se divide en fuerzas políticas que parecen irreconciliables, con el aliento de la presidencia de la república.

Al llegar los frailes hijos de san Francisco a tierra americana para la predicación del Evangelio, el panorama del idioma era desalentador. Había no menos de 150 familias lingüísticas que se dividían entre 400 y 2000 idiomas y dialectos diferentes. Por mucho que los franciscanos aprendieran a hablar aquellas lenguas, proponer el Evangelio a los indígenas traumatizados y deprimidos por la Conquista, y en un contexto cultural totalmente ajeno a su visión del mundo, era una labor casi imposible y con muy poca esperanza. La mayoría india prefería morir con sus dioses antes que convertirse a Jesucristo.

Hoy en México muchas personas ya no hablan el lenguaje de la Iglesia. Conquistados por las ideologías de izquierda y de derecha, por la ideología de género, el feminismo radical, el dinero del liberalismo o la igualdad del socialismo, así como el ateísmo, muchos se han construido una visión del mundo, del hombre y de Dios incompatible con el cristianismo. La mayoría de los mexicanos caminan como ovejas sin pastor. México ha dejado de ser un país de mayoría católica, aunque las estadísticas lo digan. Y mientras que el papa nos propone ser una Iglesia en salida, muchos no quieren salir ni arriesgarse, y prefieren refugiarse en sus parroquias para vivir ahí su vida cristiana. La Iglesia parece no entender las nuevas dinámicas del mundo, y el mundo no entiende el lenguaje de la Iglesia.

Las apariciones de la Virgen de Guadalupe en 1531 trajeron la reconciliación y la paz, así como la gran alegría espiritual para el pueblo mexicano. El hecho logró que miles de indios salieran de su abatimiento. La presencia milagrosa de la Madre de Dios, cuya imagen quedó impresa en el ayate de san Juan Diego, provocó un prodigio aún mayor: el entendimiento entre las dos culturas, la apertura del diálogo para tomar lo mejor de los españoles y lo mejor de los indígenas, y hacer que éstos recuperaran su dignidad.

Hoy suplicamos a la Virgen que interceda por los mexicanos para que, mirándola a Ella, abramos el corazón a su mensaje de amor. Dejándonos tocar por la gracia divina podremos redescubrir a Jesús –centro del mensaje guadalupano– que viene a salvar a nuestra Patria y a hacernos posible la convivencia pacífica como hermanos. Sólo así podremos comprendernos y dialogar, en la esperanza de caminar juntos hacia un futuro de verdadero progreso y paz.

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