Ángel Vidal/Autor
Hoy presentamos al único mexicano de la lista que no fue canonizado en el año 2000, sino beatificado años antes, también por Juan Pablo II…Incluido por el autor debido a la importancia que tiene para los católicos mexicanos. Aquí la historia de este reconocido beato jesuita zacatecano…
Con este último artículo en conmemoración del primer centenario del inicio de la Cristiada en México concluye la lista de 25 mártires cristeros incluidos por el autor y quienes fueron muertos a manos del gobierno entre los años 1915 y 1937 durante la persecución religiosa que se dio en México, conocida como la «guerra cristera».
La mayoría fueron canonizados en el año 2000 por el papa Juan Pablo II, pero el autor también quiso agregar al beato Miguel Agustín Pro, el único de la lista beatificado en una fecha previa, en 1988.
Como ya lo destacamos en ediciones anteriores, al canonizar a estos mexicanos, el Papa Juan Pablo II pidió que la intercesión de estos mártires mantenga al pueblo de México «siempre fiel», y que multipliquen «grandes» cristianos de la talla de los canonizados.
Beato Miguel Agustín Pro, SJ:

(1891-1927) Fiesta: 23 de noviembre
Nació el 13 de enero de 1891, en la ciudad minera de Guadalupe, Zacatecas, y fue el segundo de seis hermanos. Desde niño tuvo una personalidad y espíritu alegre. Su familia era muy católica, pero Miguel permaneció un tiempo alejado de la religión.
Dos de sus hermanas se hicieron monjas y Miguel empezó a pensar en la vocación del sacerdocio. Teniendo 20 años de edad entró en el noviciado de la Compañía de Jesús de El Llano, Michoacán. Al poco tiempo de haber entrado en la Compañía, tuvo que salir de la población con otros jesuitas dispersos, cuando las fuerzas hostiles de Carranza se apoderaron de Zamora, ciudad a corta distancia de El Llano.
Algunos hermanos llegaron a Texas y California. Otros partieron rumbo a Nicaragua, España y Bélgica.
Catorce estudiantes, y entre ellos el joven Pro, llegaron en octubre de 1914 al noviciado de Los Gatos, California, donde fueron hospedados. Al año siguiente, Miguel Agustín fue enviado a España, después vino a hacer su magisterio a Centroamérica y luego, regresó a España y Bélgica Fue ordenado sacerdote en Bélgica, el 31 de agosto de 1925. El Padre Pro sufrió gravemente de una enfermedad de estómago y aún después de varias operaciones, no se mejoró. Sus superiores decidieron enviarlo de regreso a México sin conocer el problema de la persecución religiosa en el país.
Se sintió obligado a pasar el resto de su vida llevando a Cristo a sus paisanos. Esto fue como su misión especial. Pasó su tiempo atendiendo secretamente a los tenaces católicos mexicanos, muchas veces en una forma incógnita o disfrazada. Muchas veces apenas pudo escaparse y finalmente, se publicó una orden formal de su detención; con esto, empezó a esconderse.

Un tiempo después fue arrestado y luego liberado, pero esto no lo amedrentó y por el contrario reinició su labor con más fuerza que antes.
Se trasladaba por toda la capital en bicicleta para llevar la comunión, bautizar, confesar, administrar los santos óleos y realizar matrimonios, además de recolectar y distribuir alimentos entre los pobres.
Inocentes inculpados
Los católicos mexicanos buscaban desesperadamente una solución al conflicto religioso. Hubo quien se convenciera que para obtener la libertad de creencias, era necesario cortar las cabezas de los principales oponentes. El 13 de noviembre de 1927, cuatro individuos arrojaron desde un coche tres bombas de dinamita contra el automóvil en que paseaba el general Álvaro Obregón, presidente electo de México. El autor del atentado fue el Ing. Luis Segura Vilchis. El ingeniero tenía reputación de buen católico, era natural de Piedras Negras, contaba 24 años de edad y ejercía su profesión en la Compañía de Luz. En sus declaraciones a la policía dijo que sus móviles habían sido políticos.
En represalia fueron fusilados Segura Vilchis y el obrero Tirado, quienes ciertamente habían tomado parte en el atentado, y juntamente con ellos el Padre Miguel Agustín Pro, S.J. y su hermano Humberto, inocentes del crimen.
La labor del Padre Pro en México se reducía al cuidado espiritual de los fieles, privados de los auxilios de la religión; a la celebración de la Misa, cada día en un sitio diferente; a la distribución de Comunión en diversos centros; y a la asistencia de los moribundos. Daba también innumerables retiros cortos principalmente a obreros, para lo cual le ayudaba no poco su natural buen humor. Andaba continuamente disfrazado, como todos los sacerdotes de ese tiempo. Unas veces vestía de pantalón de mecánico con gorra calade hasta los ojos, hablando el lenguaje acomodado a sus oyentes; otras, se presentaba como un «catrín» fumando cigarrillos en elegante boquilla. Así trabajó durante todo un año, siempre burlando al enemigo que lo buscaba para encarcelarlo, siempre escapando de sus garras, a veces en circunstancias muy chuscas.

Historia del atentado
La tarde del domingo 13 de noviembre de 1927, un grupo de jóvenes provistos de pistolas y de bombas, se unió al séquito de automóviles que acompañaba al general Álvaro Obregón, recién llegado a la capital. Iban los jóvenes en un automóvil Essex, registrado a nombre de Daniel García, seudónimo de Roberto Pro, hermano del Padre Miguel Agustín. La opinión pública consideraba tan malo a Calles como a Obregón, pero adivinaba mayor peligro en éste, creyendo que Obregón podía pasarla sin Calles, pero no Calles sin Obregón.
Mientras llegaba la hora de la corrida de toros, Obregón paseaba en su automóvil acompañado de amigos y aduladores. A la altura de la calzada de los Filósofos, sobre la avenida principal del bosque de Chapultepec, el viejo automóvil Essex aumentó la velocidad y se hizo encontradizo con el coche del presidente electo. Estalló una bomba, se oyeron detonaciones de pistolas, otra bomba más, y el Essex emprendió la fuga, perseguido de cerca por los guardaespaldas presidenciales. Obregón recibió heridas leves; dos de los tripulantes del Essex cayeron en poder de la policía.
El 18 de noviembre, el Padre Pro y sus dos hermanos, Humberto y Roberto, fueron aprehendidos bajo la denuncia de haber sido cómplices en el atentado, puesto que Roberto aparecía como propietario del automóvil Essex.
Obregón vs Calles
El autor intelectual y ejecutor del plan del atentado, ingeniero Luis Segura Vilchis, pudo escaparse y cubrir su retirada en sana paz. Pero cuando supo que los hermanos Pro iban a ser castigados, pidió audiencia al general Roberto Cruz, inspector de policía, y confesó que él había planeado, dirigido y consumado el delito.

El general Obregón no estaba muy seguro de quiénes habían sido los autores del atentado, y mandó hacer averiguaciones minuciosas. Calles, empero, no quería investigaciones sino solamente un pronto escarmiento.
El 23 de noviembre, cuando se había anunciado en los periódicos que el Ing. Segura Vilchis y otros tres detenidos iban a ser consignados a las autoridades judiciales competentes, fueron todos ellos -sin proceso judicial alguno- fusilados con gran publicidad, en el centro mismo de la capital. Calles, preguntado desde la inspección de policía qué apariencia de legalidad se podía dar a las ejecuciones, contestó: «No quiero formas, lo que quiero es el hecho».
El martirio: Perdóneme, padre
Lo más escandaloso del caso fue que, además del Ing. Segura Vilchis y el obrero Tirado, que habían tomado parte en el atentado, fueron fusilados el Padre Miguel Agustín y su hermano Humberto, que eran inocentes, como quedó comprobado por el acta levantada en la inspección de policía, que lleva la fecha del 19 de noviembre del año 1927 y cuyos originales se conservan.
A las 8 de la mañana del 23 de noviembre, el general Roberto Cruz mandó formar la tropa en la inspección de policía, e hizo pedir fotógrafos y reporteros de la prensa. Toda la zona que rodeaba la inspección estaba llena de silenciosa multitud. En las celdas de la prisión oraban de rodillas los detenidos. Exactamente a las 10 horas 20 minutos ordenaron los guardias al Padre Miguel que los siguiera. Aferrado a una débil esperanza tan sólo posible en los reos, Roberto dijo a su hermano Miguel: «Nos veremos afuera, nos van a poner en libertad». El Padre sonrió, le estrechó la mano y respondió: «No, Roberto, nos veremos en el cielo. Me van a fusilar.»
Y salió.

Al llegar al patio en donde se hacían de ordinario los ejercicios de tiro al blanco, se echó sobre los ojos del Padre la patética realidad: fotógrafos de prensa que le enfocaban sus cámaras; tropa del ejército formando cuadro; militares y policías alrededor del general Cruz, y público, mucho público en espera de la fiesta.
Un detective se le acerca al padre y le dice: «Perdóneme, padre.»
Con la mayor naturalidad del mundo el Padre Pro inclina la cabeza como cuando escuchaba confesiones de algunos de sus penitentes, y responde: «No sólo te perdono, hermano, sino que te lo agradezco».
Padre Pro entra al cuadro de fusilamiento; da la cara al pelotón. El jefe de los soldados le pregunta si desea algo. Responde: «Rezar». Se arrodilla, inclina la cabeza al santiguarse, besa el pequeño crucifijo que lleva en la mano derecha y el rosario que trae en la izquierda. Ora por unos instantes. Se levanta, se vuelve a colocar en el sitio de muerte, y espera con los ojos semicerrados. Abre los brazos en cruz y grita: «Viva Cristo Rey».
Una descarga rubrica la exclamación. Son las 10 horas y 30 minutos de la mañana.
Mártir para México
Los cuerpos del sacerdote y de su hermano fueron trasladados a la casa de sus familiares. En las afueras, la muchedumbre comenzó a agitarse imponente, pugnando por entrar. Abundan los ramos de flores como en una celebración religiosa, filas interminables de católicos pasan por frente de los ataúdes y se inclinan a besarlos. No menos de 30 000 católicos forman a las cuatro de la tarde del día siguiente el cortejo del jesuita, a quien se quiso ver deshonrado y despreciado. Pero para el pueblo de México el Padre Pro es un mártir.
En hombros de sacerdotes llegó el cadáver hasta la fosa. Un anciano se destaca de entre la multitud y se acerca a la tumba abierta. Todos le dejan el paso libre, mirándolo con respeto. Espera el anciano a que el féretro llegue al fondo de la tumba; toma un puñado de tierra suelta y lo arroja sobre los restos del mártir. Era el viejo minero de Zacatecas, don Miguel Pro quien echaba la primera tierra sobre el cadáver de su hijo.
Calles dio así a la Iglesia mexicana su más célebre mártir contemporáneo, cuyo proceso de beatificación, pedido a la Santa Sede por 110 dignatarios eclesiásticos de toda la América, alcanzó su fase final. El decreto de introducción de la causa dado el 11 de enero de 1952, supone que existe fama mundial de martirio y que esta fama es fundada, y que es justo y conveniente aquilatarla. A partir de esa fecha, se realizaron varios Procesos Apostólicos para investigar el hecho y la causa de su martirio. La validez jurídica de tales procesos fue oficialmente reconocida el 26 de mayo de 1961, y el 22 de julio de 1964. El P. Pro fue beatificado el domingo 25 de septiembre de 1988, por su Santidad Juan Pablo II, en la Basílica de San Pedro de Roma.
































































