Hugo García Vargas/Caridad y Verdad
En la labor académica que nos ocupa, en la cotidianidad de los pasillos de la Universidad y en la exigencia de nuestras tareas administrativas y docentes, enfrentamos una tentación constante: el olvido de lo esencial. Vivimos en un tiempo donde la aceleración del conocimiento ha eclipsado la profundidad de la sabiduría. Esta «cultura de la inmediatez» no solo nos agota, sino que amenaza con desdibujar el propósito último de las instituciones de educación superior, que es el de ser, ante todo, un espacio de búsqueda, descubrimiento, difusión y vivencia de la Verdad.
La Doctrina Social de la Iglesia, lejos de ser un compendio de postulados teóricos ajenos a la academia, se presenta como el marco antropológico necesario para resistir la cultura del descarte y el paradigma tecnocrático que el pontífice León XIV señala con tanta preocupación. En el capítulo segundo de la encíclica Magnífica Humanitas, publicada hace unos días, al abordar los fundamentos de nuestra identidad, el Papa León XIV lanza una advertencia que sacude los cimientos del pragmatismo universitario:
«Se alza una persistente corriente que pretende reducir el valor de lo humano a la pura eficiencia y a la optimización de sus destrezas. Frente a esta ideología de la productividad, la Iglesia afirma con vigor que la dignidad ontológica de cada persona no depende de sus resultados, de su utilidad económica o de su capacidad técnica» (León XIV, Magnifica Humanitas, n. 15).
Esta sentencia nos interpela directamente: si la Universidad se reduce a preparar «recursos» para la industria, habremos claudicado ante la deshumanización. La DSI, por el contrario, nos devuelve la mirada sobre la persona, recordándonos que todo estudiante y cada colega es un fin en sí mismo, un «quién» que posee una dignidad incalculable, inalienable e infinita.
La Resistencia a la Cultura del Descarte
La cultura del descarte es, en el fondo, una cultura del desprecio hacia la verdad. Cuando priorizamos el resultado sobre el proceso, cuando valoramos al alumno por su productividad y no por su singularidad, estamos aplicando una lógica que descarta aquello que no parece «útil» de inmediato. El Papa León XIV nos advierte sobre este peligro latente en nuestras estructuras cuando analiza el impacto del paradigma tecnocrático en las decisiones humanas:
«La tentación de delegar el discernimiento ético en el automatismo de los datos y en la aparente neutralidad de los algoritmos genera un debilitamiento del juicio crítico y un empobrecimiento de la responsabilidad personal» (León XIV, Magnifica Humanitas, n. 24).

Para no perder el foco, debemos abrazar los principios de la DSI —la centralidad de la persona, la subsidiaridad, la solidaridad, el bien común, la justicia social— como los criterios rectores de nuestra gestión institucional. En la Universidad, vivir estos principios significa que la búsqueda de la verdad no es un ejercicio intelectual solitario, sino un compromiso comunitario. Si la universidad se aísla de la realidad social, de la periferia, de quienes se han vuelto -y hemos hecho- invisibles para los demás, se convierte en una torre de marfil carente de sentido. El verdadero descubrimiento de la verdad ocurre cuando la inteligencia se pone al servicio de la justicia y la caridad.
El Santo Padre nos recuerda la urgencia de reorientar estas herramientas colectivas:
«Los datos, las plataformas y las arquitecturas de la información no pueden ser patrimonio exclusivo de corporaciones transnacionales ni mercancías sujetas al mero arbitrio del mercado; deben ser gestionados bajo la lógica de los bienes colectivos y el destino universal de los bienes» (León XIV, Magnifica Humanitas, n. 19).
Solo el amor a la verdad, vivido con una caridad que se hace justicia, puede salvar a la institución educativa de la decadencia en el mero tecnicismo sin alma.
El Plan de Vida: Un Vínculo con la Trascendencia
El esfuerzo por formar integralmente cobra su verdadera dimensión cuando se proyecta hacia la Eternidad. Un plan de vida a largo plazo, que no contempla la salvación del alma como horizonte final, es un ejercicio de gestión de la finitud, pero no un camino de plenitud. Aquí radica la toma de sentido: nuestra vida profesional y personal no es un compartimento estanco separado de nuestra vida espiritual.
El Papa León XIV nos exhorta a recordar que la plenitud humana no se agota en lo que una máquina o un indicador de rendimiento pueden registrar:
«Una inteligencia desvinculada del afecto, que ignora el valor del límite, de la fragilidad y de la comunión fraterna, termina por aislar al ser humano en una autosuficiencia estéril» (León XIV, Magnifica Humanitas, n. 30).

Al elaborar nuestros planes de vida —institucionales o personales—, debemos preguntarnos: ¿Estamos construyendo sobre roca o sobre arena? Si nuestros objetivos no están orientados a la salvación propia y de nuestra comunidad, estaremos edificando sobre el polvo de la inmediatez.
Un plan de vida con la mirada fija en Dios es el antídoto más eficaz contra el desánimo. Cuando enfrentamos las presiones de la gestión, la burocracia o la incertidumbre, la conciencia de que nuestra labor tiene un sentido eterno nos devuelve la paz. En el ámbito comunitario, esto se traduce en una pedagogía del cuidado. Si nos educamos para la santidad —que es la medida alta de la vida cristiana—, nuestras relaciones institucionales se transforman. Ya no competimos por prestigio, sino que colaboramos para que cada persona que forma parte de nuestra comunidad encuentre el camino de su propia realización.
La Verdad como Horizonte Compartido
La vivencia de la verdad dentro de la universidad es, esencialmente, una vivencia de la coherencia. Como nos recuerda la encíclica desde su introducción, no podemos construir proyectos basados en el orgullo de la autosuficiencia técnica, imitando el viejo error bíblico de Babel. Por el contrario,
«la verdad no se posee como un trofeo de poder, sino que se acoge y se comparte en la dinámica de un diálogo sinodal que sabe escuchar y discernir los signos de los tiempos» (León XIV, Magnifica Humanitas, n. 8).
Esta conversión es lo que nos permite salir de la burbuja de la inmediatez.
Para implementar esto en nuestro contexto juarense, debemos pasar de la «educación para el tener» a la «educación para el ser». Esto implica valorar el silencio, la reflexión crítica y el diálogo profundo, elementos que la cultura de la inmediatez busca erradicar. Nuestros jóvenes necesitan ejemplos de profesionales que, en medio de la vorágine, conservan la capacidad de asombro y la integridad moral. La DSI nos enseña que el desarrollo de la sociedad depende de la calidad moral de sus ciudadanos, y la universidad es la fragua donde este carácter se templa.
La invitación de Magnífica Humanitas es, en última instancia, una invitación a ser constructores corresponsables, asumiendo —como en los tiempos de Nehemías— nuestro propio tramo de muralla en la reconstrucción del tejido social.

En nuestra gestión como académicos, esto significa, respecto a nuestro quehacer “en torno a la Verdad”:
En la Búsqueda: No conformarnos con respuestas superficiales, sino interrogar la realidad con la luz de la fe y la razón.
En el Descubrimiento: Reconocer que todo talento es un don y, por tanto, exige responsabilidad hacia el prójimo.
En la Difusión: Ser comunicadores de una esperanza fundada, no de ideologías pasajeras.
En la Vivencia: Actuar con esa «sin doblez» que debe caracterizar nuestra práctica docente, donde el ejemplo precede a la lección.
Hacia una Universidad del Bien Común
La salvación de nuestras almas y el progreso de nuestra universidad no son rutas separadas; son, en realidad, el mismo camino. Un plan de vida personal que descuida el bien común es un solipsismo espiritual; un plan institucional que descuida la trascendencia es una máquina de exclusión.
En la Universidad, estamos llamados a ser una comunidad de buscadores de la Verdad. Si ponemos nuestra mirada en el Corazón de Cristo —como nos invita el magisterio—, encontraremos la fuerza para resistir la cultura del descarte. La verdadera excelencia académica no se mide únicamente por la eficiencia en los procesos o por la mera adopción de tecnologías de vanguardia, sino por la capacidad que tengamos de elevar a nuestros estudiantes hacia su dignidad más alta: ser hijos de Dios llamados a construir, aquí y ahora, una ciudad más justa, más humana y más fraterna. Que nuestro actuar diario sea, en definitiva, la respuesta a ese amor primero que da sentido a toda nuestra existencia, personal y comunitaria.





























































