Ángel Vidal/Autor
Ya conocimos la historia de la Guerra Cristera que inició hace cien años en México…ahora conoceremos a personajes cuya vida ha sido considerada heroica por la Iglesia. Comenzamos por una explicación introductoria y luego conoceremos a cada uno de estos mártires….
El 21 de mayo del 2000, ante unos 35 mil fieles mexicanos congregados en la plaza de San Pedro, en Roma, el Papa Juan Pablo II canonizó a 27 nuevos santos mexicanos.
Tuvieron que pasar más de 130 años para que México tuviera más de un santo, ya que desde 1862, San Felipe de Jesús, era el único mexicano en los altares.
De los 27 nuevos santos, 25 fueron mártires caídos entre los años 1915 y 1937, durante la persecución religiosa que se dio en México, conocida como la «guerra cristera», 22 de ellos religiosos y los tres restantes laicos. Completan los 27 la religiosa María de Jesús Sacramentado, quien se convirtió en la primera mujer mexicana en alcanzar los altares, y el sacerdote José María Yermo y Parres, fundador de las religiosas Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los pobres.
Esa lista aumentó a 32, con los Niños mártires de Tlaxcala recién canonizados, san José Sánchez del río, y por supuesto, san Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
El Papa Juan Pablo II pidió que la intercesión de estos nuevos santos proclamados, mantengan al pueblo de México «siempre fiel», y que en este suelo se multipliquen «grandes» cristianos de la talla de los canonizados.
Antes de conocer la vida y obra de estos mexicanos ilustres, que iremos presentando en las siguientes ediciones para que muevan a todos los fieles a buscar, con valentía y decisión, la santidad, explicaremos lo que significan para la Iglesia.
¿Qué es la canonización?
Es la decisión proclamada por la autoridad eclesiástica competente de otorgar a alguien un culto público obligatorio. En esta definición no se menciona directamente la santidad. Ésta va incluida en el procedimiento de naturaleza jurídica por la práctica de la autoridad de no conceder ese culto público más que a personas cuya santidad considera dentro de unos términos aceptables por ella.
Historia
En 993, Ulric de Ausburg fue declarado santo en la primera canonización aprobada directamente por un papa (Papa Juan XV). Gregorio IX formalizó el proceso y en 1234 las canonizaciones se reservaron sólo al Papa. En el año 1588, el Papa Sixto V puso el proceso en manos de la Congregación para las Causas de los Santos y del Santo Padre.
¿Por qué la Iglesia canoniza?
En la Constitución Divinus Redemptoris Magister (25-1-1983) dice que: «Desde tiempos la Sede Apostólica propone a la imitación y veneración, y a la invocación, a algunos cristianos que sobresalieron por el fulgor de sus virtudes”.
Estos hombres y mujeres son propuestos para ser:
- Imitados: los beatos y santos son propuestos como modelos para ser imitados.
- Venerados: los beatos pueden recibir culto público en su patria, con imágenes en el altar y fiestas de conmemoración; los santos en la Iglesia universal.
- Para ser invocados: la Iglesia reconoce que pueden ser intermediarios junto a Dios en favor de quien les invoque.
Todos los santos y beatos de la Iglesia realizaron una misión común: llevar a la perfección la «vida cristiana».
Cómo se canoniza un santo
Los santos originalmente eran aclamados a «vox populi» (aclamación popular). Para evitar abusos, los obispos tomaron responsabilidad por la declaración de santos en su diócesis. Entonces se le asignaba un día de fiesta, generalmente el aniversario de su muerte.
Hay tres pasos en el proceso oficial de la causa de los santos:

- Venerable. Con el título de Venerable se reconoce que un fallecido vivió virtudes heroicas
- Beato. Se reconoce por el proceso llamado de «beatificación». Además de los atributos personales de caridad y virtudes heroicas, se requiere un milagro obtenido a través de la intercesión del Siervo (a) de Dios y verificado después de su muerte. El milagro requerido debe ser probado a través de una instrucción canónica especial, que incluye tanto el parecer de un comité de médicos (algunos de ellos no son creyentes) y de teólogos. El milagro no es requerido si la persona ha sido reconocida mártir. Los beatos son venerados públicamente por la Iglesia local.
- Santo. Con la canonización, al beato le corresponde el título de santo. Para la canonización hace falta otro milagro atribuido a la intercesión del beato y ocurrido después de su beatificación. Las modalidades de verificación del milagro son iguales a las seguidas en la beatificación. El Papa puede obviar estos requisitos. El martirio no requiere habitualmente un milagro. La canonización compromete la infalibilidad pontificia.
Mediante la canonización se concede el culto público en la Iglesia universal. Se le asigna un día de fiesta y se le pueden dedicar iglesias y santuarios.
Beatificación
(Latín beatificatio, el estado de ser bendito; de beatus, feliz.)
La beatificación es una declaración hecha por el Papa, como cabeza de la Iglesia, de que un difunto vivió una vida de santidad y/o tuvo muerte de mártir y está ahora en el cielo. La beatificación suele ser el segundo paso en el proceso oficial de la causa de los santos, llamada canonización.
Antes de la beatificación hay varios procesos. Primero se examina por años la vida, virtudes, escritos y reputación de santidad del siervo(a) de Dios que está en consideración. Este proceso generalmente es conducido por el obispo del lugar donde el candidato vivió o murió. Para un mártir, en este primer proceso no hay necesidad de considerar los milagros hechos a través de su intercesión.
Cuando el primer proceso revela que el siervo de Dios practicó las virtudes en un grado heroico o murió como un mártir de la fe, puede comenzar el segundo proceso, llamado Apostólico, que está a cargo de la Santa Sede.
Las personas beatificadas son llamadas «Beatos» y pueden ser venerados por los creyentes. La veneración universal está reservada para los san-tos canonizados.
Santos
Ser santo es participar de la santidad de Dios. Jesucristo es el Santo de los santos y el Espíritu Santo es el Santificador.
Todos fuimos creados por Dios para ser santos, en la tierra y entonces plenamente en la eternidad en el cielo. Perdimos la vida de gracia por el pecado, pero Jesucristo nos reconcilió con el Padre por medio de la Cruz. Por el bautismo recibimos los méritos de Cristo y somos liberados del pecado e injertados en Cristo para ser Hijos de Dios y participar de su santidad. San Pablo usa la palabra «santos» para referirse a los fieles (2 Cor. 13,12; Ef. 1, 1).
Quien persevera en la santidad se salvará para la vida eterna. Dios quiere que todos se salven (1Tm 2,4), pero no todos se abren a la gracia que santifica. Para salvarse es necesario renunciar al pecado y seguir a Cristo con fe. Por eso San Pablo nos exhorta: «Hermanos: Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor» (Hb. 12,14). La única verdadera desgracia es no ser santos.
Veneración de los santos
Los primeros santos venerados fueron los discípulos de Jesús y los mártires (los que murieron por Cristo). Más tarde también se incluyó a los confesores (se les llama así porque con su vida «confesaron» su fe), las vírgenes y otros cristianos que demostraron amor y fidelidad a Cristo y a su Iglesia y vivieron con virtud heroica.
Con el tiempo creció el número de los reconocidos como santos y se dieron abusos y exageraciones, por lo que la Iglesia instituyó un proceso para estudiar cuidadosamente la santidad. Este proceso, que culmina con la «canonización», es guiado por el Espíritu Santo según la promesa de Jesucristo a la Iglesia de guiarla siempre (Cf.Jn 14:26, Mt 16:18). Podemos estar seguros que quien es canonizado es verdaderamente santo.
Sólo se consideran para canonización unos pocos que han vivido la santidad en grado heroico. La canonización es para el bien de nosotros en la tierra y en nada beneficia a los santos que ya gozan de la visión beatífica (ven a Dios cara a cara). Los santos en el cielo son nuestros hermanos mayores que nos ayudan con su ejemplo e intercesión hasta llegar a reunirnos con ellos.
Los santos son modelos. Debemos imitar la virtud heroica de los santos. Ellos nos enseñan a interpretar el Evangelio evitando así acomodarlo a nuestra mediocridad y a las desviaciones de la cultura. Por ejemplo, al ver cómo los santos aman la Eucaristía, a la Virgen y a los pobres, podemos entender hasta dónde puede llegar el amor en un corazón que se abre a la gracia.
Al venerar a los santos damos gloria a Dios de quien proceden todas las gracias.
Santos patrones
Un santo puede ser declarado patrón de un país, diócesis o institución religiosa. También hay santos patrones de diferentes gremios y causas. Además, todos podemos elegir un santo patrón de nuestra devoción como modelo e intercesor.

¿Por qué rezamos a los santos?
Rezamos porque tenemos fe en que, al morir, si hemos vivido en Cristo, Él nos llevará al cielo. Allí estaremos triunfantes. Todos los que están en el cielo son santos, pero algunos son muy conocidos en la tierra porque la Iglesia los ha señalado por su santidad extraordinaria. Todos en el cielo seremos capaces de rezar por los de la tierra. Mas que nadie puede hacerlo la Virgen Santísima siendo la Madre de Dios y madre nuestra.
¿Por qué rezarle a los santos si tenemos a Jesús? Esas dicotomías son falsas. Es como si un esposo dice: «yo no hablo con mis hijos porque prefiero hablar con mi esposa». Dios ha creado una comunión de personas y cada cual tiene su lugar en la gran comunión que es la Iglesia. A Dios le place que nos ayudemos unos a otros, que seamos hermanos. Es más, nos lo ordena.
Ese amor, esa solicitud por los hermanos no cesa al llegar al cielo, al contrario, se incrementa En el cielo no hay egoísmo sino sólo amor.
Veneración
La veneración es el culto relativo dado a las reliquias, a las imágenes de Cristo, de la Virgen o de los santos. La Iglesia enseña que esta veneración no significa que las reliquias o imágenes tengan poder en sí mismas, sino que la reverencia se dirige a Cristo y a los santos que ellas representan.
La veneración a los santos es honor que se les rinde. Ellos, por su intercesión, su ejemplo y su unión con Dios en el cielo, ministran la santificación de los fieles en la Tierra, ayudándoles a crecer en virtud cristiana. La veneración a los santos en ningún modo detrae de la gloria dada a Dios, ya que de Él procede todo el bien que ellos poseen. Los santos reflejan las perfecciones divinas y sus cualidades sobrenaturales son gracias que recibieron por los méritos de Cristo ganados en la Cruz. En la liturgia de la Iglesia, los santos son venerados como santuarios de la Trinidad, hijos adoptivos del Padre, hermanos de Cristo, fieles miembros de su Cuerpo Místico y templos del Espíritu Santo.
¿Por qué la veneración a las imágenes?
La pregunta es: ¿por qué los católicos «veneramos imágenes»? En realidad, estamos venerando a la Madre de Dios y a los santos.
Santo Tomás de Aquino, en la Summa Teológica enseña:
El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que es imagen. (Santo Tomas de Aquino, Summa theologiae, II-II, 81, 3, ad 3.)
El hombre siempre ha usado pintura, figuras, dibujos, esculturas, etc., para darse a entender o explicar algo. Estos medios sirven para ayudarnos a visualizar lo invisible; para explicar lo que no se puede explicar con palabras.
Cuando el hombre cayó por el pecado y perdió la intimidad con Dios, comenzó a confundir a Dios con otras cosas y a darles culto como si fueran dioses. Este culto se representaba frecuentemente con esculturas o imágenes idolátricas. La prohibición del Decálogo contra las imágenes se explica por la función de tales representaciones.
Las imágenes y los cristianos
Las primeras comunidades cristianas representaban al Salvador del mundo con imágenes del Buen Pastor; más adelante aparecen las del Cordero Pascual y otros iconos representando la vida de Cristo. Las imágenes han sido siempre un medio para dar a conocer y transmitir la fe en Cristo y la veneración y amor a la Santísima Virgen y a los Santos. Testigo de todo esto son las catacumbas donde aún se conservan imágenes hechas por los primeros cristianos.
El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró una nueva economía de las imágenes.
Mientras antes de Cristo nadie podía ver el rostro de Dios, en Cristo, Dios se hizo visible. Antes de Jesús las imágenes con frecuencia representaban a ídolos, se usaban para la idolatría. En la plenitud de los tiempos, el verdadero Dios quiso tomar imagen humana. Jesucristo es la imagen visible del Padre.
Nos dice el Catecismo # 476:
«Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Cc. de Letrán en el año 649: DS 504). Por eso se puede «pintar» a faz humana de Jesús (Ga 3,2). En el séptimo Concilio Ecuménico (Cc de Nicea II, en el año 787:DS 600-603) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas.





























































