Capítulo 17: Venga a Nosotros Tu Reino
Mons. Ramón Castro Castro/presidente de la CEM
La misión salvadora de Cristo es el referente fundamental para todo cristiano. Esta misión, realizada a través de sus encuentros, predicación y milagros, alcanza su culminación en la pasión y muerte. Cristo no murió buscando satisfacción o reconocimiento personal, sino en plena entrega de sí mismo para la redención de toda la humanidad.
Esa es nuestra vocación como cristianos. Pero tal entrega, ese ser para los demás, no es solitaria. La imagen y semejanza que Dios nos ha dado también está donde, en la Comunidad Divina, la Trinidad Santísima, donde Padre, Hijo y Espíritu Santo constituyen una Comunidad de Amor.
Esta semejanza se realiza cuando tomamos conciencia de que sólo podemos ser plenos cuando vivimos en comunidad. En nuestro México actual, esto es especialmente desafiante cuando la violencia y la desconfianza han roto muchos lazos comunitarios. El Papa Francisco, el Fratelli Tutti, nos dice que un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla, ni puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Ni siquiera llegamos a reconocer nuestra propia verdad si no es en el encuentro con los otros. A semejanza de la Trinidad, la comunión humana plena se despliega en clave de caridad. Amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, como a nosotros mismos.
San Pablo nos ofrece la descripción perfecta de este amor. El amor es paciente, es servicial, no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasará jamás. Pero San Juan Pablo II nos advierte que estas características pueden quedarse en un plano meramente humano. El reino puede convertirse en una realidad secularizada donde sólo cuentan los programas políticos y las luchas socioeconómicas.
En nuestro país hemos visto movimientos que prometen justicia social, pero sin apertura a la trascendencia. Cuando no se busca el reino de Dios, sino una versión adulterada, el reino del hombre, se pierde la esencia. El reino de Dios no es de este mundo, no es de aquí, porque el reino es la persona de Cristo, en quien lo humano y lo divino se encuentran en plenitud y atrae a todos hacia Él.
Cristo es quien nos llama a ser uno en Él, como lo dice el lema del Papa León XIV. En hilo uno, uno. En aquel uno somos uno.
Esta unidad no es uniformidad política o ideológica, sino comunión con Cristo. En nuestro México polarizado necesitamos entender que la verdad de la unidad no viene de partidos políticos o movimientos sociales, sino de reconocernos hermanos en Cristo, más allá de nuestras diferencias. Cada día, en cada encuentro con el otro, como yo, cuando soy y actúo para ese otro, y cuando soy y actúo con ese otro, el reino se convierte en una realidad presente.
Nos hacemos uno en Él, en Cristo. Esto sucede cuando una madre de familia acoge al desvalido, necesitado o migrante. Cuando un empresario ve en sus empleados no solo trabajadores, sino hermanos.
Cuando un joven decide servir en lugar de solo buscar su beneficio. María, la primera discípula, es la primera en participar de esta comunión. Su ser entero y su existencia fueron para Cristo y en Él para toda la humanidad.
Nuestra madre de Guadalupe nos enseña este camino. Ella se entregó completamente a la misión de su hijo y en el Tepeyac se entregó también a nosotros, sus hijos mexicanos. Pidámosle que sea nuestra maestra en la vida, de comunión y en la docilidad para participar del reino, construyendo una sociedad mexicana verdaderamente fraterna en Cristo.
































































