Mons. Ramón Castro Castro/CEM
Llegamos a la cuarta y última coordenada de la doctrina social de la Iglesia, la participación. Después de reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes y la subsidiaridad, hoy cerramos este conjunto de principios que orientan la acción cristiana en la sociedad. Esta cuestión trasciende la mera eficacia, revelando una verdad profunda sobre el ser humano.
Nos realizamos principalmente a través de la acción, no solo profesional, sino en todas las dimensiones de la vida. Actuando, nos configuramos a nosotros mismos, forjamos una identidad más definida y madura, expresamos creativamente aquello que solo nosotros podemos aportar en nuestro contexto único. Por eso, cuando alguien no participa, implica una pérdida importante.
Falta una posibilidad de acción irrepetible, no necesariamente en el contenido, sino en el modo personal e intransferible de realizarla. La doctrina social enfatiza que se debe favorecer la participación sobre todo de los más débiles, para evitar que se establezcan privilegios ocultos. En nuestro México, esto significa que las madres buscadoras de desaparecidos, los pueblos indígenas, los migrantes, los jóvenes sin oportunidades, deben tener voz real en las decisiones que los afectan.
Esta participación universal actúa como medicina contra la corrupción del poder humano, La conciencia de responsabilidad compartida promueve respeto al trabajo de otros y reconocimiento de su valor insustituible. Para esto se requiere un fuerte esfuerzo moral, para que la gestión de la vida pública sea fruto de la corresponsabilidad de cada uno con respecto al bien común. Si bien este principio ilumina la responsabilidad personal de participar, también nos juzga como sociedad.
México es formalmente democrático, pero esto no garantiza que todos los ciudadanos participen efectivamente. Muchas veces la participación se reduce a votar cada seis años. Ningún cambio sustancial nace al margen de la mayoría, o todos nos involucramos o perecemos juntos. Pero esto se ve impedido por una cultura creciente de desinterés político, especialmente en personas jóvenes.
Para los jóvenes mexicanos pido una caridad más amplia, que alcance la dimensión política. Como dice San Juan Pablo, la caridad no busca su propio interés. La participación social es expresión madura del amor cristiano.
La participación también se ve obstaculizada cuando los mecanismos burocráticos complican la participación ciudadana. En México necesitamos replantear estos mecanismos, facilitarlos y adornarlos con ciudadanos capaces de ejercer este deber con conciencia clara.
La participación es respuesta radical al bien común, que solo será realmente de todos si todos la construyen. Este es nuestro aporte más desafiante como creyentes en México, incluir a cada persona, promover su desarrollo y también su trabajo propio para que alcanzando sus bienes legítimos contribuyan al bien colectivo.
Anhelo con todo el alma que cada mexicano asuma su compromiso con la vida pública, particularmente en ese mar donde se navega en su existencia y que cultive la responsabilidad que transforma lo político en dimensión personal auténtica. Es un peso sagrado el que Dios ha confiado a la humanidad, ser arquitecta de su destino y custodiar la creación.
Pero no temamos, caminando juntos y sostenidos por su gracia, lo podremos hacer. Cristo, quien siendo de condición divina, no retuvo egoístamente su rango. Se despojó, haciéndose siervo de todos para rescatar a toda la humanidad. Su participación en nuestra historia fue total, hasta dar la vida.
Que su ejemplo nos inspire a participar activamente en la construcción del México que necesitamos, justo, pacífico, próspero para todos.




























































