Crónica del cuarto aniversario luctuoso de los sacerdotes jesuitas asesinados en la Sierra de Chihuahua.
Mtro. Iván González/Historiador
Serocagüi es la grafía de la memoria. Así, con g y con diéresis en la u, quedó registrado en la Chorographia de las missiones apostolicas, pieza clave de la tradición cartográfica jesuita del siglo XVIII. Tiempo después, el nombre mutó a Cerocahui. Las dinámicas de abandono en la región, en cambio, parecen tan inalterables como la geografía de la Sierra Madre.
Camino difícil
Es la mañana del sábado 20 de junio de 2026. Estamos en las afueras de Creel, la neblina apenas se disipa entre los pinos, y consulto en Google Maps un trayecto de dos horas hacia nuestro destino. En este territorio el tiempo y la distancia no se miden en kilómetros, sino en la incertidumbre del terreno. Tras dedicar dos columnas previas al asesinato de los sacerdotes jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín César Mora Salazar, y a la influencia de la Compañía en la Tarahumara, la congruencia me obliga a acudir a este aniversario luctuoso, cuatro años después. «Vamos a Cerocahui, allá debe haber algo para desayunar», le digo a mi hijo, eterno copiloto de este viaje llamado vida.
Pasamos Barrancas, luego San Rafael, entre camiones de carga y una solitaria troca azul metálico. La fluidez de la carretera termina al tomar el desvío a la derecha, donde un letrero verde anuncia el rumbo a Chínipas, Urique, Cerocahui y Bahuichivo. A partir de ahí el camino se quiebra. El asfalto está devorado por cráteres que recuerdan al pavimento promedio de Ciudad Juárez. El descenso por las pendientes exige todos los sentidos alerta. A mi lado, mi hijo duerme tranquilo.

Las curvas parecen no terminar, acompañadas solo por la soledad del paisaje. Así hasta Bahuichivo. Nos detenemos a pedir indicaciones a una mujer que vacía el agua de un bote: «¿El camino a Cerocahui?». «Derecho por toda esta calle», responde con urgencia. Los baches se hacen más hondos. Justo cuando abandonar parece lo sensato, aparece un anuncio: El Paraíso del Oso, con el mural de una mujer rarámuri y su koyera tradicional. Poco después la ruta se reduce a un voladero estrecho y cruzamos el Paso del Dragón, una hendidura de roca donde las paredes de la barranca parecen cerrarse sobre nosotros. Siglos de aislamiento y resistencia dándonos la bienvenida.
En el templo, el contraste
Al avanzar, el campanario de la Parroquia de San Francisco Javier corta el horizonte. Llegamos por la parte posterior del templo, y la realidad contemporánea interrumpe la atmósfera: pick-ups blancas y escoltas armados custodian el perímetro. Adentro se entiende el motivo. Entre las bancas está la gobernadora María Eugenia Campos Galván. Afuera, dos hombres discuten dónde aterrizó la aeronave oficial. Adentro, el incienso y el agua bendita se mezclan con la burocracia.
Hace siglos, Francisco Javier Alegre documentó cómo este mismo recinto operaba como refugio comunitario frente a la hostilidad y el aislamiento. Hoy, paradójicamente, el templo vuelve a ser blindado, pero solo por unas horas, para resguardar a la comitiva oficial.
El despliegue de esta mañana, con dos helicópteros sobrevolando y decenas de patrullas, resulta un insulto a la memoria. Cuando ocurrieron los asesinatos, la Guardia Nacional y el Ejército apenas se concentraron en el entronque de Creel hacia Cusárare y en San Rafael. Fuera de ahí, nada. Esa inacción original contrasta con la suntuosidad de ahora.
El gobierno federal tampoco escapa a la puesta en escena. Para este fin de semana organizaron eventos de Sembrando Vida en la periferia, como si el asistencialismo pudiera matizar la tragedia. En el día a día, dicen los lugareños, esos apoyos llegan a cuentagotas, aislados, incapaces de sanar el abandono estructural o frenar el despojo de los bosques.

Nuevo párroco
En la ceremonia ocurre el relevo litúrgico encabezado por el obispo de la Diócesis de la Tarahumara, Juan Manuel González Sandoval. El joven sacerdote jesuita Rodrigo Espinoza López asume formalmente la misión de la parroquia. Terminado el eco del violín y la guitarra que acompañaron a los matachines, resuenan las palabras del presbítero Jesús «El Pato» Ávila: «Recibe esta misión en medio de un pueblo que sigue caminando con fe, esperanza y dignidad». Lo dice como quien advierte el sacrificio que se espera de él.
Mientras el nuevo párroco se arrodilla para pronunciar el credo, un hombre rarámuri, con sus huaraches de siempre, entra y se sienta en la fila contigua a nosotros. Su sola presencia desnuda nuestra condición en ese espacio: el templo, la sierra y la historia les pertenecen a ellos. Los demás somos visitantes temporales. Su mirada encarna esa resistencia digna que los cronistas de la Compañía de Jesús registraron en las rebeliones de los siglos XVII y XVIII. Una autonomía que sobrevivió a los conquistadores y a las políticas indigenistas del Estado mexicano, y que hoy resiste intacta al crimen organizado, que tras la muerte de «El Chueco» en 2023 simplemente mutó de liderazgos manteniendo el control de la región.
La ceremonia concluye y el misticismo se disipa rápido en el atrio. El dispositivo de seguridad genera una paz artificial, una burbuja efímera de orden en una región históricamente herida. En los albores de la Independencia, hombres como José María Morelos y Pavón exigían la restitución de los jesuitas para llevar justicia y letras a los rincones desamparados de la patria. Hoy el Estado responde con su moneda habitual: la impunidad y el montaje. Cuando los blindados se retiren, los helicópteros dejen de sobrevolar y el eco de los discursos se apague en la barranca, la comunidad volverá a quedar expuesta.
Última estampa
Antes de marcharnos, frente a la plaza principal, una última estampa. Una mujer rarámuri de edad avanzada, con facciones idénticas a las del mural del Paraíso del Oso, ajena a las patrullas y a la parafernalia policiaca, disfruta un helado de fresa en cono para mitigar el calor de la tarde.

Su tranquilidad es la costra de un miedo añejo. Al observarla recuerdo lo que otra mujer del pueblo me confió bajo estricto anonimato: José Noriel Portillo Gil seguía caminando por el poblado como si nada hubiese pasado. La comunidad lo veía comprar en las tiendas, cruzar las calles con total naturalidad, cobijado por el terror y la ceguera voluntaria de las autoridades. La justicia nunca tuvo prisa. Por eso hoy el despliegue gubernamental se siente como un teatro vacío.
«Buenas tardes», le digo al pasar. «¡Buenas!», responde de golpe, con un tono tajante que suena más a indiferencia ante nuestra presencia y la de las autoridades que resguardan el perímetro.
En los márgenes de la Sierra Tarahumara la vida sigue su propio curso, ignorando las promesas de una burocracia ajena y omisa. Porque cuando la burbuja reviente, el verdadero sello del Estado volverá a imponerse: no la justicia ni la memoria, sino el abandono y la impunidad.
Referencias
Alegre, F. J. (1842). Historia de la Compañía de Jesús en Nueva-España (Vols. 1 y 3; C. M. de Bustamante, Ed.). Imprenta de J.M. Lara.
Chorographia de las missiones apostolicas, que administró antes en Topia, y la Tepeguana, y actualmente administra en Nayarit, Tarahumara, Chinipas, Cinaloa, Sonora, Pimeria y California la Compañia de Jesus en la America Septentrional [Manuscrito sobre pergamino]. (Siglo XVIII). Colección de la Mapoteca Manuel Orozco y Berra (MMOB), SIAP-SAGARPA.
Vatican News. (2022, 21 de junio). México: asesinan a dos jesuitas tras defender a un hombre que buscaba refugio. https://www.vaticannews.va/es/mundo/news/2022-06/mexico-asesinan-dos-jesuitas-defender-hombre-buscaba-refugio.html
Villalpando, R. (2023, 22 de marzo). Hallan sin vida a ‘El Chueco’, presunto asesino de jesuitas en Chihuahua. La Jornada. https://www.jornada.com.mx/notas/2023/03/22/estados/hallan-sin-vida-a-el-chueco-presunto-asesino-de-jesuitas-en-chihuahua/






























































