Diana Adriano
Concebida como un espacio de descanso, atención y fraternidad para los sacerdotes mayores o enfermos, la Casa Sacerdotal San Juan XXIII se consolidó como uno de los proyectos más significativos impulsados por el obispo don José Guadalupe Torres Campos.
Durante su ministerio episcopal en esta frontera, Mons. Torres Campos promovió numerosas obras pastorales y de infraestructura; sin embargo, esta residencia sacerdotal destaca por su profundo sentido humano y evangélico, al buscar brindar una atención digna a quienes dedicaron su vida al servicio de Dios y de la Iglesia.

Inspirado en las palabras de Jesucristo sobre la recompensa prometida a quienes han dejado todo para seguirle, el proyecto nació de una inquietud pastoral en 2016. Ante la realidad de sacerdotes que llegaban a la etapa de la ancianidad o enfrentaban enfermedades que requerían cuidados especiales, el obispo percibió la necesidad de crear un lugar donde pudieran vivir su jubilación o convalecencia acompañados, atendidos y rodeados de un ambiente fraterno.
Para concretar esta visión, se integró una comisión conformada por los sacerdotes Omar Gutiérrez, Juan Carlos López, Leonardo García, Arturo Veleta y Alejandro Martínez. A ellos se sumaron la colaboración de la señora Melina Sánchez de Zaragoza, el arquitecto Leonardo de la Hoya, el ingeniero Efrén Beltrán y otros bienhechores que contribuyeron a diseñar las características de la futura residencia.
Tras un periodo de planeación, el proyecto comenzó formalmente el 9 de abril de 2019 con la colocación de la primera piedra. Aquella ceremonia marcó el inicio de una intensa etapa de trabajo que culminó con la bendición e inauguración de la Casa Sacerdotal San Juan XXIII, puesta bajo el patrocinio del santo pontífice reconocido por su cercanía y espíritu pastoral.

La residencia fue diseñada para atender de manera integral las necesidades de los sacerdotes. Cuenta con un área administrativa desde donde se coordina su funcionamiento; espacios médicos con consultorio, área de valoración y habitaciones hospitalarias para quienes requieran atención especial; además de una zona de rehabilitación y gimnasio destinada a fomentar la actividad física y el bienestar de los residentes.
La convivencia fraterna también ocupa un lugar central en el proyecto. Por ello se incluyeron áreas comunes como sala, comedor y cocina comunitaria, pensadas para favorecer la vida en comunidad. Asimismo, la casa dispone de diez habitaciones individuales equipadas con espacio de descanso, oficina y desayunador, garantizando privacidad y comodidad para cada sacerdote, además de dos habitaciones adicionales para visitas especiales.
En el corazón de la residencia se encuentra la capilla, concebida como el principal espacio de encuentro con Dios. Debajo de ella fue construido un columbario destinado a albergar los restos de los sacerdotes de la diócesis, como lugar de descanso en espera de la resurrección.

Para colaborar en la atención diaria de la residencia, se invitó al Instituto de las Hermanas Oblatas de Santa Marta, cuya presencia aporta el carisma y servicio necesarios para el acompañamiento de los residentes.
Gracias al apoyo de la familia Zaragoza, de numerosos benefactores y del señor obispo, esta obra se convirtió en una realidad que refleja el agradecimiento de la Iglesia diocesana hacia quienes han entregado su vida al ministerio sacerdotal.






























































