Seguimos conociendo a cada uno de los 25 santos mexicanos que son mártires de la Guerra Cristera en México…Recordemos que se trata de los mártires canonizados por el Papa Juan Pablo II en el año 2000…
Ángel Vidal/Autor
Los mártires mexicanos que ocupan este artículo murieron entre los años 1915 y 1937, durante la persecución religiosa que se dio en México, conocida como la «guerra cristera».
Debemos recordar que hay otros mexicanos que murieron como mártires y fueron canonizados en otras fechas. Tal es el caso de San José Sánchez del Río y el primer santo mexicano, San Felipe de Jesús, quien fue crucificado en Nagasaki, Japón, el 5 de febrero de 1597 y canonizado el 8 de junio de 1862 por el Papa Pío IX. Además de los Niños mártires de Tlaxcala, canonizados por el papa Francisco el 15 de octubre de 2017.
Por lo que respecta a los 25 mártires que en este artículo presentamos, el Papa Juan Pablo II pidió que la intercesión de ellos mantenga al pueblo de México «siempre fiel», y que multipliquen «grandes» cristianos de la talla de los canonizados.
Aquí los siguientes sacerdotes mártires de la lista de 22 de ellos (los tres restantes son laicos y se presentarán en una siguiente edición).

P. Tranquilino Ubiarco Robles
Nació en Zapotlán del Grande, Jalisco (Diócesis de Ciudad Guzmán), el 8 de julio de 1899. Su niñez estuvo caracterizada por las privaciones y el trabajo.
Desde que ingresó al Seminario auxiliar, se distinguió por sus talentos, piedad y carácter bondadoso.
Durante la revolución carrancista cerraron el Seminario e incautaron el edificio pero continuó recibiendo clases en casas particulares y llevaba al mismo tiempo tareas pastorales. En 1920 viajó a Sinaloa invitado por el obispo. Éste murió pronto y el P. Tranquilino regresó a su tierra.
Continuó sus estudios en el Seminario diocesano de Guadalajara, y fue ordenado sacerdote en agosto de 1923. Ejerció su ministerio promoviendo el catecismo y los círculos de estudio, y fundó un periódico de doctrina cristiana. En plena persecución fue nombrado Vicario con funciones de párroco en Tepatitlán, Jalisco (diócesis de San Juan de los Lagos), donde trabajó quince meses ejerciendo su ministerio en diversas casas particulares para los refugiados por la persecución y estableció un comedor público. Una noche se preparaba a celebrar la Eucaristía y a bendecir un matrimonio, cuando fue tomado prisionero por varios soldados
Después el coronel lo recluyó con los demás presos, a los que el padre exhortó a confesarse. Poco después ordenaron su ejecución condenándolo a morir ahorcado en un árbol de la alameda, en las afueras de la ciudad.

Con entereza cristiana bendijo la soga, instrumento de su martirio, y a un soldado que se negó a participar en el crimen, le dijo, repitiendo las palabras del Maestro:
«Hoy estarás conmigo en el paraíso»
Era la madrugada del día 5 de octubre de 1928.
Sus restos fueron trasladados al templo parroquial.
Pbro. José Isabel Flores Varela
Nació en Santa María de la Paz, de la parroquia de San Juan Bautista del Teúl, Zacatecas (Arquidiócesis de Guadalajara), el 20 de noviembre de 1866. Inició sus estudios en el Seminario de Guadalajara en 1887, у figuró entre los alumnos más distinguidos. Fue ordenado sacerdote en 1896 y fue asignado a la parroquia de Teocaltiche, después pasó por varias parroquias Capellán de Matatlán, de la parroquia de Zapotlanejo, Jalisco. (Arquidiócesis de Guadalajara). Zapotlanejo y Tonalá. Su ministerio se caracterizó por su bondad, responsabilidad y entrega, fomentó la devoción de los primeros viernes y fundó varias asociaciones como la de las hijas de María.

Cuando estalló la revolución fue denunciado por un antiguo compañero a quien el padre Flores había protegido, lo denunció ante el cacique de Zapotlanejo y fue aprehendido el 18 de junio de 1927, cuando se encaminaba a una ranchería para celebrar la Eucaristía. Fue encerrado en un lugar inmundo, atado y maltratado; el cacique lo hizo escuchar música al mismo tiempo que le ofrecía: Oye qué bonita música, si firmas acatando la ley Calles, te dejo en libertad. Sin alterarse, el mártir le expresó:
“Yo voy a oír una música mejor en el cielo”
El padre José Isabel cumplía la palabra expresada varias veces:
“Antes morir que fallarle a Dios”
El 21 de junio de 1927 fue conducido, en la noche, al cementerio de Zapotlanejo. Intentaron ahorcarlo, pero no pudieron. Ordenó el jefe que le dispararan, pero un soldado que reconoció al sacerdote que lo había bautizado se negó a hacerlo, entonces enfurecido el verdugo asesinó al soldado. Misteriosamente las armas no hicieron fuego contra el padre Flores por lo que uno de aquellos asesinos sacó un gran cuchillo y degolló al valeroso mártir.
Pbro. Sabás Reyes Salazar

Nació en Cocula, Jalisco (Arquidiócesis de Guadalajara), el 5 de diciembre de 1883. Su familia era muy pobre y concluyó su instrucción primaria e ingresó al Seminario de Guadalajara.
Durante su estadía en el seminario pasó a la Diócesis de Tamaulipas donde fue ordenado en 1911. Debido a la Revolución tuvo que regresar a Guadalajara donde ejerció su ministerio en diversas parroquias. Buena parte de su trabajo lo dedicaba a formar catequistas. Fue vicario de Tototlán, Jalisco (diócesis de San Juan de los Lagos).
Al iniciarse la persecución el P. Sabás continuó trabajando en Tototlán aun cuando, por el peli-gro que había para los sacerdotes, le aconsejaban que saliera de ahí, él replicaba:
«A mí aquí me dejaron y aquí espero, a ver qué Dios dispone»
Regresaba de celebrar un bautismo cuando llegaron las tropas federales a atacar la población.
El 11 de abril de 1927 llegaron las tropas federales y los agraristas buscando al Sr. Cura Francisco Vizcarra y a sus ministros. El padre Reyes se refugió en una casa particular donde pasó el día en ayuno y rezando el rosario e hizo lo mismo los días siguientes, pidiendo a Dios por sus feligreses capturados. Su escondite fue revelado al general Izaguirre quien envió tropas para capturarlo. En él concentraron todo su odio. Lo tomaron preso, lo ataron fuertemente a una columna del templo parroquial, lo torturaron tres días, por medio del hambre y la sed, y con sadismo incalificable lo tiraron en el suelo, prendieron dos fogatas, una junto a sus pies y otra frente a la cara y le quemaron las manos. Intentaron que les dijera el escondite de dos sacerdotes, pero fue en vano. El 13 de abril de 1927, miércoles Santo, fue conducido al cementerio y contra el muro lo acribillaron. Lo remataron a balazos, pero antes de morir, más con el alma que con la voz, pudo gritar el sacerdote mártir:

«¡Viva Cristo Rey!»
Actualmente sus restos se encuentran en el templo parroquial de Tototlán.
Pbro. Toribio Romo González
Nació en Santa Ana de Guadalupe, perteneciente a la parroquia de Jalostotitlán, Jalisco (diócesis de San Juan de los Lagos), el 16 de abril de 1900. A los 13 años inició sus estudios en el Seminario Auxiliar de San Juan de Lagos, y en 1920 ingresó al seminario de Guadalajara.
Se dedicó de lleno a los estudios y se inscribió en la Acción Católica en la que se distinguió por su actividad en obras católico-sociales.
Fue ordenado sacerdote en 1922. Su primer destino fue Sayula, después Tuxpan, Yahualica, Cuquío y Tequila (Arquidiócesis de Guadalajara). Se dedicaba especialmente al catecismo y a preparar primeras comuniones colectivas, también se dedicó al apostolado con obreros. Propagó la devoción eucarística por medio de la «cruzada eucarística».

La persecución le obligó a vivir una vida de nómada junto con su párroco Justino Orona. Fundó su centro de actividades en una fábrica abandonada a mitad de una hermosa barranca, y acudía por la noche a la ciudad de Tequila. Estando en «Agua caliente» un lugar cercano a Tequila que le servía de refugio y centro de apostolado, quiso poner al corriente los libros parroquiales. Trabajó el viernes todo el día y toda a la noche. A las cinco de la mañana del sábado 25 de febrero de 1928, quiso celebrar la Eucaristía, pero, sintiéndose muy cansado y con sueño, prefirió dormir un poco para celebrar mejor. Apenas se había quedado dormido cuando un grupo de agraristas y soldados entraron a la habitación y cuando uno de ellos lo señaló diciendo: ‘Ése es el cura, mátenlo’, el P. Toribio se despertó asustado, se incorporó y recibió una descarga.
Herido y vacilante caminó un poco, una nueva descarga, por la espalda, cortó la vida del mártir y su sangre generosa enrojeció la tierra de esa barranca jalisciense. Los soldados le quitaron el traje, y llevaron el cadáver a Tequila donde lo tiraron frente a la presidencia municipal. Después de 20 años sus restos regresaron a su pueblo natal y fueron colocados en la capilla construida por él.
Pbro. Luis Batis Sáinz
Nació en San Miguel del Mezquital Zacatecas, (Arquidiócesis de Durango), el 13 de septiembre de 1870. Ingresó al seminario de Durango a los 12 años, donde sobresalió por su inmensa piedad. Recibió la ordenación sacerdotal el 10 de enero de 1894.
Desde ese momento se desempeñó como director espiritual del Seminario y párroco de San Pedro Chalchihuites, Zacatecas (arquidiócesis de Durango) hasta su muerte.
Tuvo un gran celo pastoral y capacidad organizadora, con mucha dedicación impulsó la acción católica. Fundó un taller de obreros católicos y una escuela para niños. Cuidaba la enseñanza de la doctrina a los niños y personalmente enseñaba por la noche el catecismo a los adultos. Era un sacerdote lleno de fervor por la eucaristía y celebraba la misa con mucha reverencia.

En una ocasión ante Jesús Sacramentado dijo:
«Señor, quiero ser mártir; aunque indigno ministro tuyo, quiero derramar mi sangre, gota a gota por causa de tu nombre»
En 1926, luego de celebrarse una junta de Liga Nacional para la defensa de la libertad religiosa antes del cierre de las iglesias, se denunció al padre como complotista contra el gobierno, que preparaba un levantamiento armado para el 15 de agosto.
El padre Batis había dejado la parroquia desde el día de la clausura de los cultos y vivía en una casa particular.
Apenas habían pasado quince días de la supresión del culto público, ordenada por los obispos, cuando fue tomado prisionero. El pueblo reclamó la libertad del sacerdote, pero fue inútil. Al comunicarle que los soldados lo buscaban, dijo:
«¡Que se haga la voluntad de Dios, si Él quiere yo seré uno de los mártires de la Iglesia!»

Y al día siguiente, 15 de agoto de 1926, fue conducido, junto con sus más cercanos colaboradores en el apostolado: Manuel Morales, Salvador Lara y David Roldán, al lugar conocido como «puerto de Santa Teresa». El sr. cura Batis y Manuel Morales fueron llevados fuera de la carretera para ser fusilados; entonces el sacerdote intercedió por un compañero recordándoles, a los verdugos, que Manuel tenía esposa e hijos. Todo fue inútil y el párroco, con su característica sonrisa bondadoso, absolvió a su compañero y le dijo:
«Hasta el cielo»
Pocos segundos después se consumaba su martirio en el día de la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen.
Pbro. Mateo Correa Magallanes
Nació en Tepechitlán, Zacatecas (Diócesis de Zacatecas), el 23 de julio de 1866. Párroco de Valparaíso, Zacatecas (Diócesis de Zacatecas). Fue admitido en el Seminario de Zacatecas, y por cuatro años fue el portero del plantel. Por su buena conducta y aplicación se le concedió una beca y así pudo ser admitido como alumno interno.
Fue ordenado sacerdote en 1893 y se desempeñó como capellán en diversas haciendas y parroquias. Fue nombrado párroco de Concepción del Oro donde mantuvo una estrecha amistad con la familia Pro Juárez; le dio la primera comunión al Miguel Pro, y bautizó a Humberto Pro, su hermano y compañero.
Luego se desempeñó como párroco de Colotlán, al tiempo que estalló la Revolución Maderista de 1910. Fue perseguido por los revolucionarios y tuvo que refugiarse en León pero regresó al calmarse la Revolución y siguió trabajando en diversas parroquias.
En 1926 llega como párroco a Valparaíso y poco después llegan también las fuerzas gobiernistas, al mando del general Ortiz. Las arbitrariedades de Ortiz causaron una revuelta en el pueblo y tuvo que huir, pero mandó que llevaran a Zacatecas al sacerdote y a los miembros de la A.C.J.M. El padre y los jóvenes fueron puestos en libertad, lo cual enfureció más a Ortiz.
Perseguido continuamente, prisionero varias veces, fue aprehendido nuevamente cuando iba a auxiliar a una persona enferma. Lo tuvieron preso algunos días en Fresnillo, Zacatecas, fue llevado después a Durango y lo encerraron en la jefatura militar.
Allí le pidió el general que confesara a unos presos, después le exigió que le revelara lo que había sabido en confesión, o de lo contrario lo mataría. El señor cura Correa respondió con dignidad:
«Puede usted hacerlo, pero no ignora que un sacerdote debe guardar el secreto de la Confesión. Estoy dispuesto a morir.»
Fue fusilado en el campo, a las afueras de la ciudad de Durango, el 6 de febrero de 1927 y así inició su verdadera vida, aquel párroco abnegado y bondadoso. Hoy en día se veneran sus restos en la catedral de Durango.































































