Mons. Ramón Castro Castro/CEM
La esperanza cristiana no es ingenuidad ni resignación. Es una fuerza interior que impulsa transformar la realidad, incluso cuando todo parece oscuro. Quien espera en Dios no se cruza de brazos, se pone en camino.
Jesús anuncia el reino en medio de un pueblo oprimido, pero lo hace con una certeza profunda. Dios actúa en la historia. Esa certeza sostiene nuestra esperanza hoy, en un México marcado por desafíos sociales, económicos y culturales.
La desesperanza paraliza. La esperanza moviliza. Nos lleva a educar, a acompañar, a organizarnos, a resistir el mal sin reproducirlo.
La esperanza cristiana tiene rostro comunitario. Los jóvenes son signo vivo de esta esperanza cuando encuentran oportunidades, cuando se les escucha, cuando se les confía responsabilidad. Invertir en la juventud es apostar por el futuro del país.
También los pobres nos enseñan a esperar. En medio de la carencia, muchos conservan una fe viva que sostiene sus familias y comunidades. Ellos nos recuerdan que Dios nunca abandona a su pueblo.
Como Iglesia, estamos llamados a ser testigos de esperanza, no profetas de desgracias. Anunciar el Reino es anunciar que el bien es posible y que Dios sigue caminando con nosotros. Que el Espíritu Santo renueve nuestra esperanza y nos haga sembradores incansables del reino en nuestra patria. Venga a nosotros tu Reino.
Iglesia en salida
Jesús no anunció el Reino desde la comodidad ni desde la distancia. Caminó pueblos y ciudades, se acercó a los pobres, tocó a los enfermos y miró a cada persona con compasión. Así nos enseñó que la Iglesia no existe para sí misma, sino para salir al encuentro.
El Papa Francisco nos recuerda que preferimos una iglesia accidentada por salir a la calle antes que una Iglesia enferma por encerrarse. En México, esta llamada es urgente. No podemos quedarnos al margen del dolor de nuestro pueblo.
Ser iglesia en salida implica escuchar los clamores de la realidad, los clamores de la violencia, la migración forzada, la pobreza, la exclusión, la soledad. No basta analizar los problemas, es necesario encarnarse en ellos con gestos concretos de cercanía. La misión no estará en unos cuantos.
Todo bautizado es discípulo misionero. En la familia, en el trabajo, en la comunidad, estamos llamados a anunciar con nuestra vida que el reino de Dios ya está en medio de nosotros. Una iglesia en salida dialoga, construye puentes y trabaja junto con otros actores sociales por la dignidad de la persona.
No impone, propone, no condena, acompaña, no excluye, integra. Salir también implica conversión pastoral, revisar estilos, lenguajes y estructuras para que realmente sirva a la misión. La tradición no es una pieza de museo, sino una fuente viva que impulsa hacia adelante.
Pidamos al Espíritu Santo la audacia de salir sin miedo, confiando en que Dios ya nos espera en las periferias. Venga a nosotros tu reino. Más información www.alimmenta.com






























































