Mons. Ramón Castro Castro/ Presidente CEM
Justicia que restaura
Cuando Jesús anuncia el Reino de Dios, no habla de una idea abstracta, sino de una justicia que restaura la dignidad de las personas. Una justicia que no se limita a castigar, sino que busca sanar lo roto y devolver esperanza a quien ha sido herido.
En México, la palabra justicia suele doler. Muchos crímenes quedan impunes, muchas víctimas no son escuchadas y demasiadas familias viven con la herida abierta de la violencia. Frente a esta realidad, el Evangelio no nos permite la indiferencia.
La justicia del reino comienza escuchando a las víctimas. Escuchar es un acto profundamente humano y cristiano. Quien escucha y lo hace con el corazón, reconoce el sufrimiento del otro y se compromete con su causa.
La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que no hay paz sin justicia y que no hay justicia sin verdad. Por eso, es urgente fortalecer instituciones, combatir la corrupción y promover una cultura de legalidad que ponga en el centro a la persona humana. Pero la justicia cristiana va más allá de las leyes.
Nos invita a romper ciclos de violencia mediante el perdón sin confundirlo con el olvido o la impunidad. El perdón auténtico abre caminos nuevos donde parecía no haber salida. Cada vez que defendemos la vida, denunciamos la injusticia y acompañamos a quienes sufren, estamos colaborando con la justicia del reino.
Pidamos al Señor un corazón justo, capaz de indignarse ante el mal y de comprometerse con la verdad. Venga a nosotros tu reino. Amén.
Paz que se construye
La paz no es sólo ausencia de guerra, la paz verdadera nace de relaciones justas, de respeto mutuo y de la dignidad reconocida en cada persona. Por eso Jesús dice, bienaventurados los que trabajan por la paz, no sólo los que la desean, los que trabajan.
México vive una profunda crisis de violencia que ha dejado miedo, desconfianza y dolor en miles de hogares. Ante este panorama, la paz no llegará por decreto ni por la fuerza de las armas, sino mediante un compromiso constante y comunitario. La construcción de la paz comienza en el corazón, en tu corazón, en la familia, en la escuela, en la comunidad.
Se aprende cuando se dialoga, cuando se escucha al que piensa distinto y cuando se rechaza la violencia como forma de resolver conflictos. La Iglesia en México ha asumido este llamado a través del diálogo nacional por la paz, convencida de que sólo juntos sociedad, autoridades y comunidades podremos tejer caminos de reconciliación. La paz requiere valentía, es más fácil responder con odio que con misericordia.
Pero el Evangelio nos enseña que el amor es más fuerte que la violencia y que la esperanza no defrauda. Cada gesto de reconciliación, cada palabra que une, cada acto de justicia es una semilla de paz. No subestimemos el poder de lo pequeño.
Que el Príncipe de la Paz nos conceda la gracia de ser constructores de paz en nuestra vida cotidiana y en nuestra nación. Venga a nosotros tu reino.































































