«Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con María, la Madre de Jesús» (Hch 1,14).
Profr. Roberto Torres/Instituto Diocesano de Teología/ Segunda Parte
Ya escribía en la edición anterior que la sede vacante es una pausa providencial que invita a volver a lo esencial. Y explicaba que en este contexto adquieren una fuerza singular tres dimensiones fundamentales de la vida eclesial: la Sinodalidad, la Mistagogía Sacramental y la Vida o Praxis Pastoral. Ya abordamos la sinodalidad.
La segunda gran dimensión que ilumina este tiempo es la mistagogía sacramental. La Constitución Sacrosanctum Concilium enseña que la liturgia es «la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10). Esta afirmación significa que la Iglesia no vive principalmente de sus estructuras organizativas, sino del misterio de Cristo que celebra. La mistagogía nos recuerda que no basta celebrar los sacramentos solo como un rito religioso; es necesario dejarnos introducir continuamente en el misterio que ellos contienen.
En una sede vacante esta experiencia adquiere una profundidad singular y los sacramentos nunca son experiencias individuales aisladas; son acciones de Cristo y de la Iglesia que edifican el único Cuerpo del Señor. Por eso, cuanto más profundamente vivimos los sacramentos, tanto más profundamente aprendemos a vivir como hermanos como recuerda el decreto Christus Dominus, a partir de la vida sacramental toda acción pastoral participa de la misión de Cristo Buen Pastor y busca conducir al Pueblo de Dios hacia la santidad.
La sede vacante no suspende esta misión. La Iglesia continúa anunciando el Evangelio, formando discípulos, acompañando a las familias, solidarizándose con los más pobres y desprotegidos, acogiendo a los migrantes, visitando a los enfermos y construyendo comunidades vivas. La caridad pastoral nunca entra en suspensión porque la misión pertenece a la esencia misma de la Iglesia.
Esta comprensión encuentra un admirable paralelo en las primeras comunidades cristianas en los Hechos de los Apóstoles se describe una Iglesia perseverante en la enseñanza apostólica, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones (cf. Hch 2,42). Aquellas comunidades conocieron momentos de espera, reorganización y discernimiento; sin embargo, jamás permitieron que las circunstancias rompieran la unidad. Especialmente significativa resulta la escena inmediatamente posterior a la Ascensión del Señor, antes de Pentecostés, los discípulos permanecieron reunidos con María y esperaron juntos, oraron juntos, discernieron juntos e incluso la elección de Matías, que restituyó la integridad del colegio apostólico, nació de una comunidad profundamente unida en la oración, la comunión precedió a toda decisión.
También nuestra Iglesia particular está llamada a vivir esta misma espiritualidad apostólica, la Diócesis de Ciudad Juárez conoce bien el lenguaje de la esperanza porque nuestra realidad fronteriza, marcada por la movilidad humana, por las heridas de la violencia, por la pobreza y por innumerables desafíos pastorales, ha sido también una escuela privilegiada de solidaridad, de fe perseverante y de creatividad evangelizadora. Aquí hemos aprendido que el Evangelio florece precisamente donde el amor cristiano se convierte en cercanía, hospitalidad y servicio. Por ello, la sede vacante representa para nuestra Iglesia diocesana una oportunidad providencial para renovar la comunión, fortalecer la identidad misionera y redescubrir que nuestra mayor riqueza no reside únicamente en las estructuras pastorales, también en la fe sencilla de nuestro pueblo, en la entrega generosa de nuestros sacerdotes, de nuestros diáconos, de la vida consagrada y de tantos fieles laicos que, silenciosamente, sostienen la misión cotidiana de la Iglesia. Quizá el don más grande que el Espíritu Santo desea regalarnos durante esta etapa sea precisamente una renovada experiencia de comunión.
La eclesiología del Concilio Vaticano II ha recuperado con extraordinaria fuerza esta categoría. La Iglesia no es simplemente una organización religiosa; es el misterio de la comunión trinitaria que se hace visible en la historia. Su unidad nace del Padre, se realiza en Cristo y es vivificada por el Espíritu Santo.
En un mundo marcado por la fragmentación, la polarización y el individualismo, la comunión constituye uno de los testimonios más elocuentes que la Iglesia puede ofrecer, la comunión no elimina la diversidad; la armoniza, no uniforma los carismas; los integra, no cancela las diferencias; las convierte en riqueza compartida para la misión. Tal vez éste sea el tesoro más bello y edificante que el Señor desea custodiar en nuestra Iglesia durante este tiempo: una comunidad que permanece unida mientras espera; una comunidad que continúa evangelizando mientras discierne; una comunidad que conserva la alegría porque sabe que Cristo jamás abandona a su Esposa. La esperanza cristiana nunca nace de un optimismo superficial por el contrario brota de la certeza pascual de que el Señor Resucitado camina siempre con su pueblo. Por eso, la sede vacante no es un tiempo vacío, sino un tiempo lleno de la presencia discreta y fecunda de Dios.
¡Vivamos, entonces, esta etapa como una verdadera coma apostólica!: una pausa providencial en la que el Espíritu Santo continúa escribiendo, con la paciencia y la sabiduría de Dios la historia de nuestra Iglesia particular. Que la sinodalidad nos enseñe a caminar juntos; que la mistagogía sacramental nos introduzca cada vez más profundamente en el misterio de Cristo; que la vida pastoral siga haciendo visible el rostro misericordioso del Buen Pastor; y que la Comunión permanezca como el signo más creíble de nuestra identidad eclesial.
Mientras aguardamos con confianza al pastor que el Señor ha preparado para nuestra diócesis, permanezcamos, como la primera comunidad cristiana, reunidos en torno a María. Que Santa María de Guadalupe, Madre de la Iglesia y Estrella de la Evangelización, cubra con su manto a esta Iglesia que peregrina en Ciudad Juárez; sostenga a nuestros pastores, fortalezca a nuestros presbíteros, anime a los consagrados, confirme a los fieles laicos y haga de todos nosotros un solo corazón y una sola alma en Cristo
Bajo su amparo maternal, esperemos con alegría, caminemos en comunión y permanezcamos firmes en la esperanza, seguros de que la Iglesia nunca queda vacante de Cristo, porque Él vive, reina y permanece para siempre en medio de su Pueblo.
Bajo el amparo de María Santísima quedamos todos
































































