Claudine Badey-Rodriguez es una psicóloga especializada en gerontología quien responde a estas cinco preguntas para comprender mejor cómo acompañar a un padre o madre que envejece. Al ser esto todo un reto para algunas personas, que puede ser algo abrumador psicológicamente la experta italiana pone luz en la oscuridad.
Aquí la entrevista.
¿Es un deber ser cuidador/a de nuestros padres?
Aunque pueda impactar, no necesariamente, todo depende de nuestra historia. El simple hecho de convertirse en su protector puede crear confusión en el orden generacional y reactivar experiencias de sufrimiento, frustración y cólera vividas en la infancia. Si hemos recibido mucho amor, podemos tener, por ejemplo, el sentimiento de no estar haciendo lo suficiente por los padres. Esta situación puede despertar también rivalidades entre hermanos y hermanas, quizás con la complicidad de los padres. Depende de cada uno valorar qué es lo menos nocivo, sopesando bien los beneficios y los riesgos: ¿escoger entre la culpabilidad de no verlos nunca o el esfuerzo de encargarnos de ellos algunos días al año? Por el contrario, sí es nuestra responsabilidad garantizar que haya alguien, profesional o no, que se hace cargo de nuestros padres.
¿Cómo no tomarse mal las actitudes negativas de los padres?
Comprendiendo bien los problemas recurrentes, que surgen a menudo de forma inconsciente, entre nosotros y nuestros padres. Y siendo conscientes también de que sus críticas, su agresividad, sus reproches… pueden ser indicio de un sufrimiento, por ejemplo, por la pérdida de su función social, de sus capacidades, de su autoestima… Lo mejor entonces es escucharlos, ayudarles a expresar lo que sienten, consolarles, valorarles, intentar cambiar de tema cuando se lamenten y, si las circunstancias lo indican, animarles a ir al médico, porque síntomas de este tipo pueden ser signos también de alguna patología.

¿Cómo cuidar entonces las distancias?
No debemos aceptarlo todo de nuestros padres por el pretexto de que están envejeciendo. Hay que detectar sus peculiaridades –así es más fácil ponerse a cubierto o frenarles en seco– y fijarse unos límites, estar atentos a nuestras emociones, a lo que estamos o no dispuestos a soportar y a decírselo a los padres. Decírselo implica tratarlos como seres humanos responsables de sus actos. Además, hay que tener en cuenta que somos cuidadores y no los padres de nuestros padres, aunque es algo difícil.
¿Cómo evitar quedar desbordado?
Es necesario anticipar lo que pueda suceder, organizar reuniones familiares para dividir las tareas, encontrar ayuda externa para uno mismo y los progenitores… Todo mientras intentamos hacerles partícipes lo más posible de las decisiones.
¿Cómo impedir que le invada a uno la culpabilidad?
Cuando un padre o madre se vuelve dependiente, es difícil evitar la culpabilidad. Eso es lo que nos empuja a hacer más por ellos a expensas de nuestra propia salud. Es importante saber reconocer esto e identificar nuestras motivaciones, luego tomar perspectiva con una tercera persona para encontrar desahogo. Podría ser con un familiar o un médico o incluso con un grupo de apoyo psicológico. ¿Por qué no recurrir a un psicólogo? Ayudar al que ayuda es algo fundamental para salir adelante.































































