Ana María Ibarra
Cada domingo, desde que él tiene memoria, la familia de Javier Álvarez Armendáriz acudía de visita a la casa paterna.
Aquel domingo 01 de febrero de 2009, lo que parecía una visita familiar más, terminó convirtiéndose en un recuerdo que lo acompañaría durante toda su vida. Javier tenía apenas 11 años.
“Era la época en que se desató la violencia. Llegaron personas del crimen organizado a la casa de mi abuela y se llevaron a mi papá, Javier Álvarez Flores, y a mi tío, Joaquín Álvarez Flores. Nunca hubo una llamada para pedir rescate. Tampoco una explicación. Simplemente desaparecieron”, compartió Javier en entrevista.
Después de la desaparición de su padre y su tío, la familia de Javier tuvo que enfrentar no solamente el dolor, sino también las consecuencias emocionales y económicas que dejó la ausencia de sus seres queridos.
Javier, quien era apenas un niño cuando ocurrió la desaparición, encontró en su familia y en su fe un sostén para afrontar lo sucedido.
“De niño fui monaguillo y después participé en la formación de Confirmaciones. Siempre mi fe ha estado en Dios”, afirmó.
Para Javier, la desaparición de su padre y su tío es una herida que lo ha acompañado en las distintas etapas de su vida y que, al mismo tiempo, se ha convertido en parte de su camino de fe y de su vocación, pues logró reconocer la presencia de Dios en medio de una situación para la que no encontraba respuestas.

“Siempre vi cómo Dios estuvo de nuestro lado, aun con la ausencia, ayudando a mi familia a que pudiera seguir adelante, dándonos fuerzas para afrontar cada etapa”.
Siempre buscados
Diez años después de la desaparición de Javier y Joaquín, Gloria Flores, madre de los dos hombres y quien era sacristana de la parroquia Santa Rosa de Lima, se acercó al movimiento de familias buscadoras y al Centro de Derechos Humanos Paso del Norte por invitación de Daniel Alejandro Durán, cuyo hermano también fue desaparecido.
“Por su edad y sus enfermedades, mi abuela ya no pudo continuar participando como antes. Una prima y yo asumimos esa tarea y nos integramos a las familias buscadoras”, compartió Javier.
Añadió que su abuela nunca dejó de buscarlos y sostuvo hasta el final la esperanza de encontrar a sus hijos, pero hace dos años falleció sin haber recibido la respuesta que esperaba.
“Ella siempre los buscó. A lo largo de toda su vida los buscó. Se hizo la denuncia correspondiente, pero las autoridades dieron poca respuesta. Creo que ahora ella ya sabe la respuesta. O quizá, ya están juntos nuevamente”, expresó esperanzado.
Han pasado más de 17 años y la familia continúa preguntándose dónde están.
“Hasta el momento seguimos sin respuestas: dónde están, por qué se los llevaron, quién fue”, compartió Javier, quien actualmente tiene 29 años y hace un mes fue ordenado como diácono transitorio.

Vocación desde la herida
En medio de ese proceso y de su participación en distintos servicios de la Iglesia, Javier se preguntó qué quería Dios de su vida descubriendo su vocación.
“Entré al Seminario y durante ocho años profundicé no solamente en mi formación ministerial, sino también en mi propia historia. El proceso me permitió reconocer las heridas que habían quedado guardadas desde la infancia y a comprender que Dios había estado presente también en ellas”, reconoció.
El peligro de la indiferencia
Hoy, en su ministerio, Javier mira la realidad de las familias buscadoras desde un lugar distinto, pero sin dejar de ser parte de ellas.
“Frente a la violencia existe también el peligro de la indiferencia. Muchas veces la gente dice: es que se lo merecía, andaba metido en esto. Esa manera de pensar hace que la violencia parezca normal. Y no es normal”, señaló.
Una de las tareas que Javier quiere asumir en su ministerio es acompañar a quienes sufren pues, dijo, hablar de la misericordia de Dios significa estar cerca de ellos y recordarles que no están solos, especialmente a quienes viven su dolor en silencio.
“Hay mucha gente que sufre la violencia y pocos lo expresan, porque creen que así tenía que pasar, porque creen que ellos mismos se lo merecían, porque creen que no hay nadie que los pueda ayudar y que los pueda acompañar en su dolor”.

Al acercarse la fecha en que se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada (30 de agosto), Javier accedió a compartir su testimonio, también con la invitación a no olvidar la fecha y a concientizarse sobre el hecho de que el delito existe y va en aumento.
Convocan a velada solidaria para acompañar a familias de desaparecidos
Las familias que sufren por la desaparición de un ser querido, en conjunto con el Centro de Derechos Humanos Paso del Norte, realizarán una velada de doce horas con diversas actividades. Invitan a la comunidad a solidarizarse y acompañarlas.
La velada “Luz para encontrarles” comenzará el sábado 29 de agosto a las 7 de la tarde y concluirá el domingo 30 a las 7 de la mañana, en el Memorial ‘Memoria Viva’ localizado en el Monumento a la Madre, en el Parque Borunda.
La jornada contempla momentos de oración y acompañamiento por parte de la Iglesia, además de expresiones artísticas y participaciones relacionadas con el acompañamiento psicológico.
“El objetivo es recordar a las personas desaparecidas, acompañar a sus familias y ayudar a que esta realidad no quede escondida en el silencio”, dijo Javier Álvarez.
Llevar misericordia
Para Javier, la fecha tiene un significado particular y recordó las palabras de una madre buscadora que alguna vez dijo que ese día no debería existir.

“Y tiene razón. No debería existir un día para recordar a las personas desaparecidas porque no debería haber personas desaparecidas. Pero mientras existan familias que continúan buscando, también existe la responsabilidad de acompañarlas”.
Javier hizo un llamado a la comunidad católica y a toda la sociedad a acercarse a la velada, aunque sea durante un momento.
“No se pide hacer nada, ni siquiera que les lleven cosas. No se pide nada más que acompañar y hacer presencia”, invitó.
Aseguró que esa presencia es una forma de misericordia, de decirles a las familias que su dolor importa y que no tienen que cargarlo solas.
“Jesucristo nos ha enseñado a estar con los que sufren”, concluyó quien, desde su propia historia sabe lo que significa esperar, buscar y sostener la esperanza aun cuando no llegan respuestas.
Su padre y su tío siguen ausentes. Su abuela murió sin encontrarlos. Pero la búsqueda continúa.
“Sea como sea, podemos llegar a un momento en que los vamos a encontrar, ya sea en esta vida o en la otra”, dijo Javier, convencido de que la lucha permanece en las familias que buscan, en quienes las acompañan y en una sociedad que está llamada a no acostumbrarse a la violencia ni a mirar hacia otro lado.
Porque, como ha aprendido Javier a lo largo de estos años, no se sufre solos.































































