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Teología del Hogar católico. Sacudiendo el polvo…

Julius Maximus Texto: Julius Maximus
25 septiembre, 2025
en Fe Católica
Reading Time: 11 mins read

En la edición pasada la autora describe la urgencia de sacudir el polvo y lograr un cambio de vida desde el hogar…Explicó la necesidad de un buen discernimiento y para lograrlo propone la guía de san Ignacio de Loyola. Aquí la segunda parte…

Chiti Hoyos/ Autora

Segunda parte

Empezamos a discernir cuando nos preguntamos: ¿Qué me pone triste o me agobia de mi hogar y de mi vida familiar? A Emily Stimpson Chapman, por ejemplo, le agobiaba no tanto el desorden, sino la acumulación. Tener demasiadas cosas le provocaba ruido interior. En su blog explica que la solución no podía pasar solo por tirar cosas continuamente, sino por discernir el porqué. ¿Cuál era el motivo por el que se acumulaban las cosas? ‘Para algunos de nosotros, la respuesta es simple: tenemos demasiadas cosas porque estamos demasiado ocupados, demasiado enfermos o simplemente somos demasiado perezosos para ir a nuestras casas y deshacernos de lo que no necesitamos’. Para solucionar un problema, siempre hay que ver la raíz, la herida que lo está causando. ¿Es pereza o algo más? No todo el mundo hace las cosas por los mismos motivos. Hay gente que miente por soberbia y gente que miente por envidia. Todos tenemos heridas y detrás de cada cosa que nos turba hay dolor, ya sea por la soledad, el rechazo, el fracaso, el propio pecado o el de los demás.

 

El desorden externo y el caos son signos de desorden interno. San Francisco de Sales

 

Tampoco hay que descartar que a menudo se deba a una tentación. A mi hermana también le agobiaba la cantidad de cosas que llegaba a guardar hasta que prestó atención a lo que sentía para encontrar la causa. Resulta que cada vez que iba a tirar una cosa pensaba: ‘Esto se puede reutilizar’; ‘esto puede servir en otra ocasión’; ‘esto sería un buen regalo’…, así que lo guardaba todo por si acaso. Pero luego no se acordaba de lo que había guardado o no tenía tiempo para llevar a cabo esos proyectos que había imaginado. Una vez descubierta la tentación, para ella fue fácil empezar a tirar cosas y resolver el problema.

Lo que nos lleva a la segunda regla de san Ignacio: ‘Solo es de Dios Nuestro Señor dar consolación sin una causa precedente; digo sin causa, sin ningún previo sentimiento o conocimiento de algún objeto’. Esta regla va siempre unida a la tercera: ‘Con causa puede consolar al ánima así el buen ángel como el malo; el buen ángel para provecho del alma, y el malo para el contrario’, y a la cuarta: ‘Propio es del ángel malo… traer pensamientos buenos y santos conforme a la tal ánima justa, y después… procura de salirse trayendo al ánima a sus engaños encubiertos’.

Hay ocasiones en que Dios nos regala alegrías en el hogar porque sí, porque es bueno y nos quiere. Según san Ignacio, se sabe que es así porque no te las esperas. El problema surge cuando tú mismo has planeado algo para buscar esa alegría o esa armonía en el hogar y te preguntas: ‘¿Esto viene de Dios o no?’. Ahí es donde san Ignacio indica que hay que fijarse en los efectos que produce.

 

Un ejemplo:

Colleen Duggan es una madre que escribió un libro donde reconocía las nociones erróneas que tenía sobre la vida familiar católica. Ella procedía de un hogar desestructurado. Su padre tenía una adicción y su día a día era muy duro en casa. Colleen optó por portarse bien y hacerlo todo de la mejor manera posible, con el fin de evitar las discusiones y los castigos. Se sentía responsable si su padre estallaba por su culpa. Había optado por ser perfecta para intentar mejorar el ambiente familiar. Cuando fue adulta siguió haciendo lo mismo en su nuevo hogar. En principio, parece que querer que todo sea perfecto en casa es algo bueno, ¿no? Sin embargo, lejos de traerle paz, eso la sumió en la frustración y el desánimo. Había empezado esforzándose por las cosas bonitas, ya que la animaban mucho -consolación-, pero después de un tiempo todo se convirtió en exigencias que no podía asumir. Descubrió la raíz del problema: se había tragado por el camino algunas mentiras sobre lo que es perfecto y lo que no. En su libro enumera unas cuantas, como pensar que una madre perfecta era la que podía controlar sus emociones para no herir a nadie. Obviamente, no siempre podía y se frustraba pensando que tenía que lograrlo. Pensar que eres una mala madre por gritar a tus hijos en un momento de saturación es un error de concepto. Una madre saturada no es una mala madre; simplemente, es una madre imperfecta y necesitada de la gracia de Dios que debe mirar sus debilidades y ponerlas en sus manos para que sane lo que tenga que sanar. Pero Colleen tenía unas heridas que arrastraba desde niña: había llegado a creer que siendo perfecta se podían evitar los problemas y a ese flotador se había agarrado de pequeña para sobrevivir.

En su búsqueda de lo perfecto, Colleen había caído en el perfeccionismo. Cierto es que Cristo nos insta a ‘ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’, pero se trata de una perfección en el amor, no en zurcir calcetines sin que se noten las puntadas… El ‘ángel malo’ animaba a Colleen a algo en principio santo, pero lo que buscaba en realidad era que la vida familiar acabara resentida, y ella, deshecha.

 

Dejar al Espíritu Santo

La teología del hogar entusiasma mucho. Enseguida quieres aplicar todo lo que aprendes en tu hogar y tu familia, pero hay que tener cuidado en no hacerlo sin un discernimiento previo sobre la situación de la que se parte. Porque una cosa es la armonía y la belleza que se quieren alcanzar por fuera, y otra muy distinta el desorden que hay que arreglar por dentro. Ambas cosas, lo externo y lo interno, deben enderezarse para alcanzar la plenitud de vida que Dios quiere regalar a nuestras familias.

El discernimiento que hizo Colleen Douggan no fue solo para descubrir la mentira en la que había caído, sino para encontrar la forma correcta de buscar lo más perfecto para su hogar. El deseo de llevar paz a su hogar sí era correcto; lo que estaba mal era la forma de ponerlo en práctica.

La perfección en el amor no consiste en desoír nuestras propias emociones. Ser padres de una familia numerosa es un trabajo abrumador en el que todas nuestras debilidades salen a la luz, pero nuestras debilidades no nos definen como buenos o malos padres. Lo que nos define es lo que hacemos a pesar de ellas.

El Espíritu Santo siempre hace mejoras si le dejamos la puerta abierta y libertad para que haga y deshaga. Aunque aún fallemos en muchas cosas, eso no quiere decir que el Señor se haya cruzado de brazos con nosotros. No es nuestro trabajo arreglarlo todo para que siempre esté bien. El único que puede hacer eso es Dios. Lo que pasa es que Él puede querer empezar por arreglar unas cosas antes que otras, porque prioriza mejor que nosotros. Dios no nos muestra todo lo que está mal de golpe. Con mucha delicadeza primero nos enseña un montoncito de polvo, y cuando ya está barrido, el siguiente.

Hemos hablado de las heridas de Colleen Duggan, que no tienen por qué ser las tuyas. Yo podría enumerarte una serie de problemas en la vida familiar, pero eso no te ayudará tanto como seguir tu propio proceso de discernimiento.

Te animo a aplicar las primeras reglas de san Ignacio, aunque después de descubrir el problema o las heridas tendréis que continuar barriendo. El discernimiento no se queda en la herida o el pecado que provoca malestar, sino que busca el remedio.

 

  1. Dejar que Dios nos indique la solución

Antes me pasaba muchas veces que, con el entusiasmo de encontrar la causa de lo que me estaba provocando angustia en casa, no seguía discerniendo. Pensaba: ‘Como ya sé lo que tengo que arreglar, me pongo a ello’. Y al poco tiempo, me volvía a estrellar, con la consecuencia de que al final acababa con el ánimo peor que al principio. Ser creativa tiene la desventaja de que se te ocurren un montón de posibilidades distintas y no siempre aciertas a la hora de escoger.

En mi ayuda vino la octava regla de san Ignacio: “Mirar y discernir el propio tiempo de la tal actual consolación, del siguiente; porque muchas veces en este segundo tiempo por su propio discurso de propósitos y pareceres, que no son dados inmediatamente de Dios Nuestro Señor; y por tanto han menester de ser mucho bien examinados, antes que se les dé entero crédito ni se pongan en efecto”.

Adoro a San Ignacio y, a la vez, me causa mucha ternura verle estrellarse una y otra vez consigo mismo hasta que lograba entender. Esta regla la escribió después de haber estado un tiempo analizando sus sentimientos y aplicando sus propias reglas. Había llegado a la conclusión de que su problema en ese momento era que se dejaba llevar por la vanidad, así que se buscó su propia solución y pasó un tiempo a solas en una cueva, donde se impuso unas penitencias muy severas que incluían ayunar, orar durante horas y dejarse crecer el pelo y las uñas. Su derrumbe físico fue tal que se sentía deprimido y débil e incluso llegó a experimentar ideas suicidas. Finalmente se dio cuenta de que esa exagerada austeridad le impedía servir a los demás en la forma que Dios quería y ajustó sus penitencias. De hecho, dejó de decir misa mientras descansaba para recuperarse. Dio un paso atrás para empezar a cuidar y renovar su cuerpo, su mente y su alma para poder continuar con su obra.

Aquello fue un tropezón grande, pero ¡bendito tropezón! Gracias a eso tenemos esta octava regla, que nos avisa de que no solo hay que discernir el problema, sino dejar que Dios nos indique la mejor solución, porque si la escogemos nosotros nos podemos equivocar. En las bodas de Caná, la Virgen detectó rápidamente el problema “No tienen vino”, pero no dijo cuál era la solución, sino que dejó que fuera Cristo el que dijera lo que había que hacer –“Haced lo que Él os diga”.

 

Un regalo

Mi marido me hizo un regalo estupendo por nuestro vigésimo aniversario. Me regaló una gran caja con un lazo. Dentro había casi tres mil fotos en papel. Básicamente, me volvió a regalar nuestra vida juntos. Me emocioné repasando todas las fotos, pero también fui consciente de que en la mayoría de ellas aparecía cansada. Sin duda se debía a la fatiga crónica que padezco, pero también traslucía un cansancio emocional, vital. Algo no estaba bien. Durante muchos años, me había cuidado muy poco. Cuando tienes tantos niños y un carácter muy empático, tiendes a centrarte en las necesidades de los demás alto las tuyas. La abnegación es una virtud muy buena, pero debe ir dirigida por la templanza, que es la virtud que lo equilibra todo: ni te coloca en un extremo, ni en el otro. Si no hubiera leído a san Francisco de Sales, probablemente no habría caído en la cuenta…

Cuando mi marido me regaló esas fotos, el Señor me señaló la solución a mi problema. Si las comparas con las que me hacen ahora vas a encontrar ojeras, pero no cansancio vital. Algo ha cambiado en mí. El Señor me hizo ver la necesidad de un descanso equilibrado sin caer en la pereza -cuando se tiene fatiga crónica u otras enfermedades debilitantes no es nada fácil discernir eso-. Pero, además, hay otro motivo muy importante por el que ahora en las fotos salgo un poco mejor…

 

Mi conversión

Recuerdo una Cuaresma en la que, como siempre, estaba pensando un propósito o una penitencia adecuada que ofrecer. Buscaba algo para que mi cansancio no fuera una carga para mi familia. Para mí, mi enfermedad era un regalo, pero entendía que otros no lo vieran así. Veía su mirada de preocupación cada mañana en cuanto conseguía levantarme. ¿Qué podía hacer yo para aliviar eso? Ya había entendido que morir a uno mismo no es matarse, y había conseguido equilibrar mi tiempo de descanso y de trabajo sin que eso supusiera un problema para mí, pero ellos seguían preocupados. Había polvo debajo de la alfombra y yo no lo tenía a la vista. ¿Cuál era el problema? Le daba muchas vueltas porque lo que se me ocurría no parecía que sirviera de mucho. Entonces pensé en las tres penitencias que aconseja la Iglesia: (1) Ayuno: no, porque eso no iba a hacer que estuviera más descansada y, además, no me costaba ayunar; (2) Limosna: yo encantada de regalar mi cansancio, pero la cosa no iba por ahí; (3) Oración.

Ahí estuvo rápido el ángel bueno. Decidí hacer oración de meditación con el método de la lectio divina. Leí el Salmo 108: “Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme, para ti cantaré y tocaré, gloria mía. Despertad, cítara y arpa, despertaré a la aurora”. Me sorprendió, porque yo buscaba una penitencia de «arrastrar pies y cadenas», y el texto era hermosamente alegre. David quería dedicarle a Dios la mejor alabanza, y por eso le destinaba la primera hora del día. Dejaba que el sonido de su alabanza saludara al alba. Yo soy ave nocturna, por lo que mis mañanas no suelen ser muy musicales. ¿Me estaba pidiendo el Señor que madrugara? Eso no tenía mucho sentido, porque iba a estar aún más cansada. ¿Entonces?

Volví a leer buscando el sentido que David quería darle al texto. Lo importante para David no era madrugar, sino que el despertar del día fuera entre cantos y alabanzas. Ahí tenía mi propósito. El Señor quería que empezara el día alabando.

La alabanza es sanadora. Bien hecha es un descanso para el alma, porque al alabar te centras en Dios y te descentras de ti mismo, de tus preocupaciones y tus agobios. Alabando, yo descansaba sin darme cuenta desde primera De hora de la mañana…

La solución del Señor para mi problema fue que cambiara el tono de cansancio por uno de alabanza. ¡Y funcionó! Resulta que antes yo me fijaba en las caras de mi familia, y ellos en la mía. Me levantaba arrastrando los pies y tenía siempre un tono de cansancio al hablar. Pensaba que llevaba bien mi enfermedad, pero lo cierto era que no, y los demás lo notaban. Nunca habría imaginado que la solución para aliviar a mi familia pasara por un cambio de actitud a la hora de levantarme. Necesitaba quitarme la venda de los ojos, dejar de arrastrarme por la vida y abrazar y llevar con alabanzas mi cruz. Fue una gran conversión. Mi tono cambió y también las caras. Empezó a respirarse el soplo del Espíritu en los frutos de mi cambio de actitud.

Hay otro guiño de san Ignacio en esto. Él dice que hemos sido creados para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, y mediante esto, salvar el alma (EE, 23). Así que en el fondo, la solución del Señor pasaba por que fuera auténticamente yo, tal como Él me había creado.

Esto fue lo que me pasó a mí en mi proceso de discernimiento, pero un mismo problema puede tener distintas soluciones No todo lo que sirve para uno sirve para otro. Eso Dios lo tiene en cuenta y por eso a cada uno nos pide una cosa.

Las reglas de san Ignacio son muy buenas porque el discernimiento es personal -o familiar-, según vuestras circunstancias y el momento que estéis viviendo. A mí en ese momento me sirvió la lectio, pero otras veces la solución me ha venido en la dirección espiritual, en la oración ante al Santísimo o en un retiro. Dios tiene muchas formas de comunicarse, no tiene por qué restringirse a una.

 

Pasos para el discernimiento

Hago un repaso rápido para que podáis aplicar en vuestra familia los pasos que indica san Ignacio:

  1. Analizad lo que os agobia, entristece o turba en vuestro hogar.
  2. Revisad lo que venís aplicando para mejorarlo por los frutos que produce. Del Espíritu Santo vienen la paz, la bondad, la mansedumbre; del espíritu malo, todo lo contrario. Igual hay algo que no viene de Dios, aunque penséis que sí.
  3. Pedid luz para encontrar la raíz del problema. Una vez ahí, seguid rezando para que Dios os muestre los pasos a seguir para solucionarlo, sin precipitaros a hacer cosas.

Estos puntos solo son eficaces si van unidos a una auténtica conversión de vida que marque un antes y un después.

Dice el Catecismo que “el deseo de Dios está escrito en el corazón humano porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios, y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí” Y ese atraernos a veces es tan fuerte, ¡que se levanta polvo!

 

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