Que la muerte del padre Matteo Balzano no pase desapercibida. Que nos ayude a abrir los ojos y el corazón. Escribo esta reflexión con mucho cariño para los sacerdotes que conozco…

La reciente y dolorosa noticia del fallecimiento del sacerdote P. Matteo Balzano ha dejado una herida profunda no sólo en quienes lo conocieron, sino también en toda la Iglesia. Cuando un sacerdote muere trágicamente —y más aún si se sospecha que ha sido por un acto de desesperanza— no sólo se apaga una vida consagrada al servicio de Dios, sino que también se encienden preguntas dolorosas:
¿Cómo puede llegar un consagrado al punto de rendirse del todo? ¿Dónde falló la red que debía sostenerlo? ¿Podemos hacer algo para evitar que esto se repita?
No es fácil encontrar palabras que puedan abarcar el dolor de una pérdida así, pero sí es necesario hacer una pausa y reflexionar, no desde el juicio, sino desde la empatía, la humildad y
el deseo de conversión eclesial.
¿Qué puede llevar a un sacerdote a perder la esperanza?
El sacerdocio no exime al ser humano del sufrimiento, del cansancio, ni del desgaste interior. Al contrario, muchos presbíteros sufren en silencio, presos de una imagen de fortaleza que les impide expresar su vulnerabilidad.
Detrás del alzacuello hay un hombre que necesita lo mismo que cualquier otro: ser escuchado, comprendido, acompañado y amado. Cuando estas necesidades humanas básicas no encuentran cauce dentro del entorno eclesial —cuando incluso se considera peligroso o inadecuado mostrarlas— el resultado puede ser una soledad corrosiva que lleva a la desesperanza.
Muchos sacerdotes viven una especie de exilio emocional, atrapados entre la exigencia de ser modelos de virtud y la imposibilidad de expresar sus luchas más humanas. A esto se suma un fenómeno alarmante: la formación de sacerdotes desconectados emocionalmente, incapaces de establecer vínculos sanos, desconfiados de su propia comunidad laical.
A continuación, reflexionamos sobre el papel que juegan en esto el Seminario, el obispo, los hermanos sacerdotes y los laicos.
El Seminario
Muchos seminarios aún forman a los futuros sacerdotes bajo un modelo de rigidez estructural. El ideal sacerdotal que se propone es, muchas veces, más funcional que relacional: que celebre bien, que no se equivoque, que obedezca y no moleste.
Pero, ¿dónde queda el trabajo emocional? ¿El desarrollo afectivo? ¿La sanación de heridas familiares o vocacionales que muchos arrastran al llegar al Seminario?
Un hombre herido no puede convertirse mágicamente en pastor saludable con la imposición de manos. Y un corazón que no ha sido evangelizado en su profundidad es un terreno fértil para el aislamiento.
El obispo
El obispo, padre y pastor de su presbiterio, tiene la responsabilidad de cuidar a sus sacerdotes, no sólo en lo litúrgico o disciplinar, sino también en lo humano.
Pero muchos sacerdotes no se sienten escuchados ni acompañados por sus obispos, sino controlados o incluso temidos. Un obispo que no visita, que no llama, que no conoce el dolor de sus presbíteros, deja a su clero a la intemperie afectiva. Y en ese frío, es fácil que crezcan la desolación y el resentimiento.
Los hermanos sacerdotes
El aislamiento dentro del clero es otro factor preocupante. Muchos curas no tienen verdaderas amistades sacerdotales, ni espacios seguros para hablar sin ser juzgados. Se les forma para cumplir y no para compartir.
En parroquias grandes o rurales, el sacerdote puede vivir solo durante años. Si a eso se suma la falta de comunidad real entre presbíteros, el resultado es un cansancio espiritual que se vuelve crónico y peligroso.
Los fieles laicos
Aquí hay que hacer una distinción muy importante. A menudo se exhorta a los laicos a “acompañar a sus sacerdotes”, a “ser una red de apoyo para ellos”. Y es cierto. Pero también es verdad que muchos sacerdotes hoy se cierran de forma desproporcionada a la relación con los laicos, por miedo a la «familiaridad», a los chismes, a los escándalos, o simplemente por haber sido formados con una mentalidad defensiva.
Muchos laicos han intentado acercarse con respeto y caridad, pero se han encontrado con sacerdotes distantes, hoscos o inaccesibles. Se ha enseñado a algunos sacerdotes que deben evitar la «familiaridad» con los fieles como si fuera un veneno, lo cual los lleva a exagerar las medidas prudenciales al punto de cercarse emocionalmente.
En esos casos, los laicos no pueden hacer más que rezar por ellos, porque cualquier gesto humano es interpretado como amenaza, favoritismo o intromisión. Esta desconexión no sólo empobrece la vida parroquial, sino que deja al sacerdote sin una red de afectos concretos, sin rostros amigos que sostengan su vocación en los días grises.
Una Hipótesis
¿Por qué algunos sacerdotes se muestran tan desconfiados y distantes? Una hipótesis objetiva y dolorosa es esta: muchos sacerdotes contemporáneos han sido formados para sobrevivir, no para vivir.
Sobrevivir a la crítica, al escándalo, al rumor, al relativismo. Pero no se les ha enseñado a vivir la alegría del Evangelio en comunidad, a expresar su corazón, a dejarse amar.
Han sido enseñados a ver al laico como «otro» que puede ser peligroso, o como alguien que «no entenderá nunca» lo que vive un sacerdote. Esa distancia malentendida como «prudencia pastoral» los lleva a una desconexión afectiva que termina agravando sus heridas psicoemocionales.
Y un sacerdote desconectado es un hombre herido que camina solo. Y cuando un hombre herido camina solo… es fácil que un día ya no quiera seguir caminando.
¿Qué podemos hacer para evitar que esto se repita?
No hay respuestas mágicas, pero sí hay caminos:
* Reformar los Seminarios: No basta con formar buenos liturgistas. Se necesitan hombres capaces de vivir relaciones sanas, de reconocer sus heridas, de pedir ayuda.
* Humanizar el episcopado: Que el obispo vuelva a ser padre y no gerente. Que conozca, escuche, abrace, visite.
* Fortalecer la fraternidad presbiteral: Espacios regulares, seguros y sinceros de encuentro entre sacerdotes, sin máscaras ni competencias.
* Formar laicos empáticos y prudentes: Que se acerquen al sacerdote con caridad, pero también con respeto a sus límites personales.
* Animar la amistad espiritual y la dirección afectiva sana: Sacerdotes que acompañen a otros sacerdotes, o incluso laicos maduros que puedan sostenerlos desde la fe sin invadir su vocación.
* Fomentar una cultura eclesial del cuidado mutuo: No sólo de la doctrina, sino de las personas.
Conclusión
A veces, como laicos, sentimos un deseo sincero de acompañar, escuchar o simplemente estar cerca de nuestros sacerdotes. Queremos ser una red de apoyo, una presencia amiga, un rostro que les recuerde que no están solos. Pero en muchas ocasiones, ese intento choca contra un muro de desconfianza, frialdad o distancia. No porque no nos quieran, sino porque tal vez no saben —o no se atreven— a dejarse querer. Es profundamente doloroso querer estar ahí… y que no te dejen. Esta reflexión nace desde esa impotencia, desde ese amor contenido que muchos fieles sentimos cuando vemos a nuestros pastores cerrarse sobre sí mismos y, a veces, desaparecer en su dolor.
El fallecimiento del P. Matteo Balzano no debe ser un escándalo morboso ni una anécdota trágica. Debe ser una llamada a la conversión pastoral, formativa y comunitaria.
Una Iglesia que pierde a sus pastores por soledad, agotamiento o desesperanza tiene que repensar sus estructuras y su manera de acompañar.
Y todos —obispos, sacerdotes, laicos— estamos llamados a asumir nuestra parte.
Que el Señor reciba en su misericordia al padre Matteo. Que nos conceda ojos para ver a tiempo el dolor del otro. Y que nunca más un sacerdote tenga que cargar solo con una cruz que no fue hecha para llevar en soledad. (publicado en el Blog: Doctor Muelitas)
Para saber…
El pasado sábado 5 de julio, la noticia del fallecimiento del padre Matteo Balzano conmocionó a la pequeña localidad italiana de Cannobio, ubicada en la región de Piamonte. El sacerdote, que pertenecía a la diócesis de Novara, tenía 35 años.
Después de que el sacerdote no apareció para la celebración de la misa matutina, sus colaboradores más cercanos se preocuparon y acudieron a su vivienda, ubicada junto al templo del municipio. Allí hallaron el cuerpo sin vida del joven sacerdote y la diócesis confirmó en una nota oficial que se trataba de un suicidio.

































































