Ana María Ibarra
La capilla Santiago Apóstol, en la colonia Granjas, nació del esfuerzo de la comunidad mazahua que encontró en la Iglesia un espacio para preservar sus tradiciones, fortalecer su vida de fe y hacer valer sus derechos como indígenas.
Leticia Nava de Jesús y Benigno Segundo Ruiz es uno de los matrimonios fundadores de la comunidad. En entrevista compartieron con Presencia la historia de su comunidad.
Comienzo en la calle
Fue entre 1985 y 1990 cuando llegaron los primeros pobladores de origen Mazahua a Ciudad Juárez y se asentaron en la colonia Granjas de Chapultepec.
“Llegué en 1987 y ya estaba aquí la comunidad, eran muy pocas familias. Íbamos a misa a Catedral”, compartió Benigno Segundo Ruíz.
“Llegué a Ciudad Juárez en 1991. Desde entonces sentía interés por participar en la vida de la Iglesia. Me presentaron al padre Alejandro, quien atendía la parroquia El Señor de los Afligidos, y comencé a asistir a misa ahí”, recordó por su parte Leticia Nava de Jesús.
Hacia 1992, recordó Leticia, iniciaron labores de evangelización las Misioneras de María Dolorosa, quienes servían en la parroquia Jesús Obrero.

“Se comenzaron a hacer reuniones en las casas de las familias. En 1994 o 1995, llegó la hermana Verónica, de las Siervas de los Pobres. Vino a evangelizar y se encuentra con nosotros, indígenas de un pueblo originario. Esto le llamó la atención y decidió acompañarnos de manera más cercana”, abundó Leticia.
A partir de ese momento, la comunidad Mazahua se dio cuenta que eran parte del sector parroquial de El Señor de los Afligidos.
“Ella estuvo caminando con nosotros unos dos años y empezamos a formar a los niños en el Catecismo y a los jóvenes para la Confirmación. Fue muy buena la respuesta, éramos bastantes. En ese entonces estaba el padre José de Jesús Sigala y se invitó al obispo don Renato para que conociera la comunidad y la celebración de las confirmaciones”, recordó Leticia.
Aquel primer encuentro con el obispo fue en la calle, donde se celebraron los bautizos, las primeras comuniones y las confirmaciones.
“Tenemos la costumbre que para cualquier sacramento se haga convivio. Nos organizamos para hacer la misa y el convivio en la calle, porque era la primera vez que celebrábamos sacramentos y por la visita del obispo”, añadió.
Terreno donado
A raíz de esa visita, el obispo don Renato preguntó si existía la posibilidad de conseguir un terreno para construir una capilla en un lugar céntrico para la comunidad. El sitio donde hoy se encuentra la capilla pertenecía al matrimonio formado por Daniel Ramírez y Francisca Martínez.
“Ellos tenían un hijo viviendo este lugar y le pidieron que lo dejara para edificar la capilla, que ellos le ayudarían a buscar otro lugar. No se nos vendió como debería, fue más una donación”, explicó el matrimonio.

Y añadió: “Al principio solamente había una pequeña construcción de cartón y madera. Se limpió el terreno, se colocó una mesa que sirviera de altar y las celebraciones más importantes se realizaban al aire libre, con carpas y sillas”.
Al momento en que se les autorizó edificar el templo, el obispo les concedió que ellos eligieran el nombre para la capilla.
“En el pueblo nosotros veneramos a Santiago Apóstol y decidimos poner el mismo nombre. El obispo nos dijo que sí y empezamos a celebrar su fiesta el 25 de julio cada año, como en el pueblo, y también a la Virgen de Guadalupe. Desde entonces, elegimos el mes de febrero para ir con el obispo y hacerle la invitación a la fiesta”.
Conservar tradiciones
El padre Pablo Masson, sacerdote estadounidense misionero de MaryKnoll, fue fundamental en esta etapa, ya que él quien consiguió apoyo económico, buscó benefactores y gestionó recursos para continuar la construcción de la capilla.
“El padre Pablo nos apoyó monetariamente, pero también entre toda la comunidad se cooperó para comprar el terreno, se dividió entre las familias. Empezamos a hacer kermeses. Cuando se terminaros las paredes y el techo, el padre Pablo dijo que era hora de que se nos reembolsara lo que habíamos invertido y se quedaron las ganancias”.
Posteriormente, se adquirieron las bancas que fueron elaboradas por un carpintero de la comunidad, quien ofreció un precio solidario.
Leticia y Benigno resaltaron que don Renato caminó siempre muy de cerca con la comunidad Santiago Apóstol. Colocó la primera piedra del templo y estuvo pendiente de todo el proceso de construcción. Además, les dejó una recomendación muy importante: conservar sus tradiciones como pueblo originario y no permitir que desaparecieran con los cambios de sacerdotes.

Años después, entre 2008 y 2009, la parroquia El Señor de los Afligidos se dividió y la capilla pasó a formar parte de la nueva parroquia La Virgen de la Luz.
“En 2009, la religiosa que nos acompañaba era la madre Ángeles y en ese momento nos anunció que se iba. El padre Pablo también se fue. Nos quedamos sin padre y sin madre por unos tres meses. Y llegó el padre Luis Escudero. Él se reunió con nosotros y le platicamos lo que habíamos avanzado. La capilla la administramos a través de un grupo de fiscales, es como un comité. Ellos administran los recursos, supervisan las necesidades materiales del templo y coordinan los trabajos. Cada año, el 12 de diciembre, se cambia el equipo”, explicaron.
Actualmente muchos de quienes iniciaron este proyecto ya han fallecido. Son pocos los que permanecen desde aquellos primeros años, mientras nuevas generaciones continúan el camino.
Los más numerosos
Cabe mencionar que, al inicio, la comunidad Mazahua estaba integrada por aproximadamente cincuenta familias. Hoy la población mazahua en Ciudad Juárez supera las cinco mil familias, de acuerdo con registros que Leticia realizó en 2019.
“Hay varias comunidades de indígenas en Ciudad Juárez, pero somos una de las comunidades indígenas más numerosas de la ciudad. El municipio y el Estado han reconocido que somos mayoría la comunidad mazahua”, dijo Leticia.
Según los entrevistados, esas familias viven en colonias como Municipio Libre, Tierra Nueva, San Francisco y los kilómetros, y la mayoría acuden a cada festividad a Santiago Apóstol para celebrar como pueblo originario.
Leticia es una de las representantes de este pueblo originario, conoció y hoy defiende los derechos de su pueblo como indígenas, y durante los últimos años ha gestionado apoyos para mejorar la infraestructura del sector. Incluso, la comunidad participó en un proyecto dirigido a pueblos originarios que habitan en ciudades fronterizas y aunque fue aprobado, los recursos nunca llegaron a la comunidad. A pesar de ello, Leticia no ha perdido la esperanza.
“Cuando llegamos, desconocía nuestros derechos. No sabía que ser indígena era un privilegio. La madre Quina me ayudó a salir adelante, a descubrir mi valor como mujer. Estudié, aprendí sobre mi Iglesia y me empecé a relacionar en la política. No pierdo la esperanza de caminar con mis tacones por la banqueta desde mi casa a la capilla. Seguimos adelante convencidos de que Dios actúa a su tiempo y de que vale la pena continuar luchando por nuestra comunidad”, concluyó.






























































