Gustavo Méndez Aguayo/ Abogado y contador
La frase «¿Y si sí?», se convirtió en mucho más que un lema deportivo, ya que esta, expresó la esperanza de millones de mexicanos que, aun frente a las dificultades decidieron creer que lo que parecía imposible podía hacerse realidad. Durante unos días, no hubo colores partidistas, todos fuimos simplemente mexicanos, la ilusión unió a un país entero, en cada partido en el Azteca recordó que la fe, el esfuerzo y el trabajo en equipo pueden despertar lo mejor de una comunidad, incluso cuando el resultado final no sea el esperado.
Como cristianos, esa misma pregunta puede transformarse en un desafío para nuestra vida de fe: ¿Y si sí podemos convertir nuestro corazón? ¿Y si sí podemos vivir el Evangelio con mayor autenticidad? El Papa León XIV con motivo del mundial de futbol 2026 lo expresó con una imagen sencilla y profunda: «Quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, aún no ha comprendido el juego. Y quien no sabe vivir con los demás y para los demás aún no ha comprendido la vida.» La conversión comienza cuando dejamos de pensar únicamente en nosotros y aprendemos a poner nuestros dones y/o talentos al servicio de los demás. Así como un equipo triunfa cuando cada jugador aporta lo mejor de sí para el bien común, la Iglesia y nuestras familias crecen cuando vivimos la fraternidad, la solidaridad y el amor.
A la luz de la encíclica “Magnifica Humanitas”, del Papa León XIV, podríamos igualmente preguntarnos con esperanza: ¿Y si sí?
- Buscamos la verdad antes de juzgar
- Encontramos sentido en medio de las dificultades
- Promovemos la reconciliación en lugar del resentimiento
- Defendemos la dignidad de quienes sufren discriminación
- Educamos con paciencia y respeto
- Cuidamos la Creación
- Ponemos el conocimiento al servicio de los demás
- Ayudamos sin esperar reconocimiento
Una sencilla pregunta que despertó esperanza en millones de mexicanos, puede también traérnosla a nosotros como cristianos de tener un mundo mejor.
Ahora bien, a nivel diocesano y al considerar que en los próximos días quedará la sede episcopal vacante en nuestra diócesis, quedaremos en espera de la llegada de un nuevo pastor, por lo que, haciendo eco de la frase que comento, podríamos plantearnos lo siguiente:
¿Y si la llegada de un nuevo obispo es la oportunidad que Dios nos concede para renovar nuestra esperanza, fortalecer nuestra fe y seguir construyendo una Iglesia cada vez más unida y comprometida con el Evangelio?
¿Y si confiamos en que el Espíritu Santo guiará a nuestro nuevo pastor para que dé continuidad a todo aquello que ha dado buenos frutos en nuestra diócesis y, con sabiduría y discernimiento, ayude a corregir aquello en lo que aún se necesita crecer y fortalecer?
¿Y si le pedimos a Dios que nuestro aún obispo, a donde va, sea recibido con generosidad e igualmente sea generoso en su nueva misión?, ¿Y si le pedimos a Dios que los frutos cosechados con nosotros se multipliquen en la diócesis que ahora le ha sido confiada?
Y no es que yo sea un aguafiestas pero, ¿y si reconocemos nuestros errores para, a partir de ahí, redireccionar nuestras vidas asumiendo nuestra responsabilidad, para que generemos un cambio interior y poder así crecer en comunión, esperanza y santidad?






























































