«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.» (Mt 28:19-20)
Luisa Fernanda Castillo/Académica
El Señor resucitado no lanzó una invitación opcional ni un ideal para los más generosos, nos impuso un precepto. Y ese precepto lleva dos mil años buscando corazones dispuestos a tomarlo en serio. Hace cien años, el Papa Pío XI recogió esa urgencia en la encíclica Rerum Ecclesiae (1926) y la convirtió en un llamado concreto para toda la Iglesia. Hoy ese llamado llega hasta nosotros. El Concilio Vaticano II lo formuló con precisión: «La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre» (Ad Gentes, 2). No es que la Iglesia tenga una rama misionera entre otras actividades. La misión no es un departamento, es la identidad misma de la Iglesia. Y si somos Iglesia, somos misioneros. Pío XI lo dijo sin rodeos: la Iglesia «no tiene otra razón de existir sino la de hacer partícipes a todos los hombres de la Redención salvadora.» De esa convicción brotó también su llamado a cada bautizado: «los fieles se persuadan a su vez que también ellos deben concurrir a una empresa tan santa.» No los sacerdotes o religiosos solos. Todos los fieles. Incluidos, tú y yo.
San Pablo nos da la imagen más exacta de por qué esto importa: «El cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo. Así también Cristo.» (1 Cor 12:12). Como en un solo cuerpo cada miembro existe para los demás, así en el Cuerpo Místico ninguno de nosotros es discípulo para sí mismo. Somos miembros de un cuerpo que fue enviado. Cuando permanecemos inactivos en la misión, no solo perdemos algo nosotros, sino que el cuerpo entero lo resiente. Por eso el mismo Pío XI citaba al profeta Isaías sin suavizar el tono: «Da voces y no ceses.» Y añadía desde su propio corazón de pastor: «El deber de nuestro amor exige.» No una obligación fría y legal, sino la respuesta inevitable de quien ha recibido algo demasiado bueno para guardarlo en silencio. San Pablo lo vivió en carne propia: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5:14). Ser testigo de Cristo involucra tres movimientos inseparables: verlo, proclamarlo y estar dispuesto a sufrir por Él. Los que salieron de Pentecostés no llevaban un plan; llevaban una experiencia que no podían callar.
Ese mismo Espíritu que los impulsó ha seguido obrando a lo largo de los siglos. La creación de las Obras Misionales Pontificias tiene su origen en ese mismo Pentecostés del Espíritu que, con sus carismas, ha hecho instituir y realizar estas Obras para la Misión. Dos mujeres, un obispo y un sacerdote se convirtieron en los fundadores carismáticos de un gran movimiento de cooperación misionera en la Iglesia: Pauline Marie Jaricot, Jeanne Bigard, Charles de Forbin-Janson y el padre Paolo Manna. A ellos debemos el horizonte que sigue orientándonos: «Toda la Iglesia para la conversión de todo el mundo.»
Y la unidad es la condición de ese horizonte. Jesús mismo lo pidió en el Cenáculo: «Que todos sean uno… para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17:21). No somos más eficaces en la misión a pesar de estar unidos; somos capaces de misión precisamente porque estamos unidos. La comunidad que se ama es ella misma el argumento más elocuente del Evangelio que anuncia.
En este centenario del DOMUND, la pregunta no es si deberíamos salir. La pregunta es: ¿cómo voy a responder yo, en mi vida, a la llamada que ya recibí en el bautismo? Las Obras Misionales Pontificias son el cauce ordinario por el que la Iglesia universal ora, acompaña y sostiene la misión en todos los confines de la tierra. Participar en el DOMUND no es un gesto de generosidad entre otros: es reconocer en voz alta que somos parte del mismo Cuerpo, corresponsables de que cada miembro reciba la misma vida que nosotros hemos recibido gratuitamente.
Pío XI encomendó la obra misionera a la Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles. Ella, que dijo sí sin calcular el costo, que esperó en oración con los discípulos antes de Pentecostés y que acompañó a la Iglesia naciente en sus primeros pasos, intercede hoy por quienes todavía no han escuchado el nombre de su Hijo. Que su intercesión nos cure de la comodidad del silencio y nos devuelva la urgencia del amor.
«Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt 28:20)
El mandato continúa. La promesa también.

































































