Iván González Ibarra | Historiador-Red Binacional de Estudios Históricos Juárez-El Paso
Son las seis de la tarde del jueves 7 de octubre de 1993 y el Estadio Benito Juárez, en Ciudad Juárez, empieza a llenarse de familias, jóvenes, niños y seminaristas. Nadie lo sabe todavía, pero esta noche nace una costumbre. Más de tres décadas después, esa costumbre sigue reuniendo a la frontera Juárez-El Paso.
Una semana después, el 14 de octubre, El Paso Times lo llevó a la primera plana de Vecinos -con firma de María Fernanda Calleja- como un estallido de fervor religioso en Juárez. El titular lo dijo en una línea: «30 mil personas en una muestra de fe». Y el pie de la fotografía fue más allá: hasta entonces, la ceremonia religiosa más importante en muchos años.
¿Cómo se había llegado hasta allí? La Diócesis de Ciudad Juárez, erigida en 1957 con Manuel Talamás Camandari como primer obispo, tenía entonces treinta y seis años y un pastor reciente: Juan Sandoval Íñiguez, al frente desde julio de 1992. Bajo su dirección, según la crónica, un grupo de evangelizadores marianos se echó a cuestas la tarea de festejar a la Virgen con el rosario. Era, subrayó la reportera, la primera vez que algo así se hacía en nuestra frontera, y reunía la buena voluntad de católicos de ambos lados del Río Bravo.
La respuesta no tenía rostros conocidos: siete personas anónimas, con el apoyo de la comunidad católica juarense y paseña. Ocho semanas de trabajo, con departamentos de tesorería, publicidad y donativos. Y un detalle que dice mucho de esa comunidad: el uso del estadio se pagó con trabajo comunitario, el equivalente al tiempo y esfuerzo necesarios para sembrar árboles frente al edificio.
La noche traería seminaristas con sus coros, escenas de la vida de María, dos horas y media de meditación y, al final, cirios encendidos. Pero antes, la espera.
Caía la tarde y el estadio guardaba silencio. Al centro del campo, bajo la luz de los reflectores, aguardaban el obispo Juan Sandoval Íñiguez, los sacerdotes, los acólitos y los seminaristas; a su alrededor, hincados sobre el pasto, monaguillos y fieles. Entonces entró la imagen de la Virgen, coronada y de blanco, y el prelado salió a su encuentro con las manos extendidas. Al fondo, un gran crucifijo; en las gradas, las mantas de la UACJ. Víctor Gámez, el fotógrafo que retrataría también las ediciones de 1994 y 1996, fijó el instante para la primera plana: una Virgen luminosa frente a un mar de rostros. Había nacido una imagen. Faltaba saber si había nacido también una costumbre.
El segundo año (1994)
La respuesta llegó al año siguiente. Cinco días antes de la segunda cita, el 2 de octubre de 1994, Presencia, el periódico de la Diócesis, ya la anunciaba en su sección «Presencia de la Comunidad»: viernes 7, a las 5:30 de la tarde, en el Estadio Olímpico Benito Juárez. Habría transporte desde las parroquias y una consigna sencilla: «Llevar vela y rosario. ¡No falten!»
Y no faltaron. Ese viernes, un año después de la primera noche, el estadio volvió a llenarse, o casi: unas 30 mil personas, según Sandy Salinas, corresponsal de El Paso Times. Entre ellas iba Jesús Estrada, quien un año antes había sufrido una embolia que le dejó paralizada la mitad del cuerpo. Aun así, ahí estaba con su hijo Jesús Manuel, de ocho años, alumno de la Escuela Primaria de la Ciudad del Niño. Preguntado por qué había ido, respondió con sencillez: «para pedir a la Virgen por mi curación y por el cuidado de mi hijo».
Al ritmo de la Banda de Guerra del CBTIS 114 entró la imagen de la Virgen de Guadalupe, entre monaguillos y boy scouts, dejando olor a incienso. Tras ella iba una gigantesca bandera mexicana, cargada por la escolta de la misma institución educativa. En lugar de los cincuenta y nueve granos del rosario había focos, y un niño vestido de ángel encendía uno al final de cada oración, mientras los actores representaban cada misterio. Ya con el cielo oscuro y la imagen completamente iluminada, Alicia Castañeda no pudo contener la ternura y la llamó madre suya.
Se rezó por la paz y se recordó la turbulencia que vivía el país.
No era una frase hueca. En mayo de 1993, el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, arzobispo de Guadalajara, había sido asesinado en el aeropuerto de esa ciudad. El año de 1994 había comenzado con el levantamiento en Chiapas; el candidato presidencial Luis Donaldo Colosio fue asesinado en Tijuana el 23 de marzo. Y nueve días antes de aquel viernes había sido asesinado también José Francisco Ruiz Massieu. En casa, además, había relevo: Sandoval Íñiguez fue nombrado en abril arzobispo de Guadalajara, a la silla del cardenal ultimado, y Renato Ascencio León sería designado obispo de Juárez ese mismo octubre.
Del acontecimiento a la costumbre
Antes de la pregunta, una precisión. La cifra de treinta mil se repite en 1993, 1994 y 1996, y conviene leerla como lo que es: una estimación de prensa, no un censo. El propio estadio invita a la cautela: según la UACJ, solo caben 22,800 espectadores, unos siete mil menos de los que consignó la prensa. Tal vez la cuenta incluyó a quienes se hincaron sobre el pasto y la pista; tal vez el fervor hizo el resto.
Y ahora sí, la pregunta: ¿en qué momento un acto deja de ser acontecimiento y se convierte en tradición? La prensa de 1994 ya hablaba de costumbre anual cuando apenas había transcurrido un año, y precisaba que aquel era el segundo Rosario Viviente. Quizá la respuesta esté en el estadio pagado con árboles: la tradición nace cuando la comunidad pasa de solo asistir a hacerse cargo. Un pueblo que siembra para poder rezar ya no es un público: es un autor.
Treinta y tres años después
El sábado 17 de octubre de 2026 el Estadio Olímpico Benito Juárez volverá a llenarse de rezos. Contando desde aquella primera noche de 1993, será la edición número 33: ni la pandemia logró interrumpir la cuenta.
La pandemia puso a prueba la costumbre: dos años sin estadio. En 2020, la edición número 28 se rezó desde la Catedral, con muy poca gente, por Canal 44 y Radio Guadalupana: la primera vez, según Presencia, que el rosario no fue presencial. La enfermera Imelda Zandate, del área Covid del hospital 66, oró en nombre del personal médico: «no estamos solos, tú nos acompañas en silencio».
En 2021 el rezo fue presencial y virtual a la vez, con un aforo de 300 fieles en el Instituto México. Una asistente, Graciela Muñoz, resumió la tarea de entonces: «seguir rezando desde nuestras casas y como familia».
Y en 2022, al volver al estadio tras la pandemia, se rezó por las víctimas de la violencia y por la paz: la misma súplica que en 1994 se elevaba por un país en turbulencia.
Cambiaron las formas. La peregrinación partía, por lo regular, del Parque Borunda; los Caballeros de Colón llevaban en andas la imagen de la Virgen. Estudiantes de la UACJ escenificaron en 2017 las apariciones de Fátima, y las velas de 1996 se volvieron velas led y luces de teléfono. No cambió la raíz. El padre Eduardo Hayen, coordinador del evento, recordó que desde la primera edición hubo escenificaciones entre los misterios y estadio lleno.
«Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5, 14). Cada año, el Estadio Benito Juárez tiene dos firmamentos: el de arriba, que nadie enciende, y el de abajo, que encienden miles de manos. La frontera, que tantas veces se nombra por lo que separa, se deja nombrar por lo que alumbra.
































































