Por iniciativa de la Organización Mundial de la Salud, el mes de septiembre se conmemora y dedica a la Prevención del Suicidio, con el fin de visibilizar un fenómeno complejo y doloroso, que muchas veces se vive en silencio… Aquí algunas reflexiones sobre el tema…
En una realidad donde la salud mental se ha convertido en uno de los desafíos más apremiantes de la sociedad, el debate público suele centrarse en los factores psicológicos, emocionales y biológicos del ser humano. Sin embargo, abordar el bienestar integral exige integrar también la dimensión espiritual, donde se buscan el sentido de la existencia, la trascendencia y la esperanza en medio del sufrimiento.
En entrevista, el padre Jesús Manríquez, rector del Seminario y licenciado en psicología, reflexiona sobre la intersección entre la fe católica, la prevención del suicidio y el acompañamiento pastoral.
El sacerdote responde a preguntas sobre cómo la relación con Dios y la figura de Jesús pueden ser y son refugios de vida frente a la desesperanza de alguien que piensa en el suicidio, así como de qué manera la Iglesia, y la fe católica pueden aportar a la atención médica y psicológica para sostener a quienes atraviesan la oscuridad o enfrentan el duelo en familia por el tema del suicidio.
Aquí la entrevista:
¿Como se definiría la espiritualidad en el contexto de la salud mental? ¿Qué tienen qué ver Jesús y la espiritualidad, con la salud mental?

Cuando hablamos de salud mental, con frecuencia pensamos en nuestras emociones, pensamientos, relaciones y en la capacidad de afrontar las dificultades de la vida. Sin embargo, la persona humana es mucho más que un conjunto de procesos psicológicos. Tenemos también una dimensión espiritual: necesitamos encontrar un sentido a lo que vivimos, descubrir para qué estamos aquí, sentirnos amados y abrirnos a algo que trasciende nuestro propio yo.
Desde esta perspectiva, la espiritualidad puede entenderse como esa dimensión de la persona que le permite entrar en relación con Dios, con los demás y consigo misma, buscando un sentido profundo para su existencia. Una espiritualidad sana no consiste en evadir los problemas o negar el sufrimiento; al contrario, nos ayuda a mirar nuestra realidad con mayor profundidad y a integrarla.
Aquí es donde la persona de Jesús adquiere una importancia fundamental para nosotros los cristianos. Jesús no es solamente alguien que nos enseña determinadas verdades religiosas; es alguien que nos muestra quiénes somos y cómo estamos llamados a vivir. En Él descubrimos a un Dios que conoce nuestra fragilidad, que se acerca al que sufre, que escucha, que acompaña y que no abandona.
¿Qué dice la Iglesia católica sobre el suicidio? ¿Qué le dice a una persona con pensamientos suicidas?
La Iglesia enseña que la vida es un don de Dios y que toda persona posee una dignidad que debe ser respetada y protegida. Por eso, el suicidio es contrario al amor que debemos a nuestra propia vida. Sin embargo, la Iglesia también reconoce que una persona puede encontrarse en situaciones de profundo sufrimiento, angustia o trastorno psicológico que disminuyan su responsabilidad. Por eso, no podemos juzgar el destino eterno de quien muere por suicidio; confiamos en la misericordia de Dios y oramos por esa persona.
A quien tiene pensamientos suicidas, la Iglesia le diría ante todo: “No estás solo. Tu vida tiene valor, aunque ahora no puedas percibirlo. No tienes que enfrentar esto tú solo.” Dios no abandona a quien sufre y su amor permanece incluso en los momentos de mayor oscuridad.

¿Cómo la fe o la espiritualidad pueden prevenir el suicidio? (estudios demuestran que la fe disminuye las tasas de suicidio) ¿Cuáles son los mecanismos detrás de esto?
La fe y la espiritualidad pueden ser un factor protector frente al suicidio porque ayudan a la persona a descubrir que su vida tiene un sentido y un valor que va más allá de las circunstancias que está viviendo. La relación con Dios, la esperanza, la pertenencia a una comunidad y la posibilidad de sentirse amado y acompañado pueden convertirse en recursos importantes frente a la desesperanza.
¿Cómo colaboran o pueden colaborar la Iglesia y los sacerdotes en la prevención del suicidio?
Los sacerdotes podemos ayudar aprendiendo a reconocer señales de alarma, escuchando con empatía y tomando en serio expresiones como “ya no quiero vivir” o “sería mejor no estar aquí”. También podemos acompañar espiritualmente, favorecer la reconciliación con Dios y con uno mismo y, sobre todo, ayudar a la persona a acercarse a la atención psicológica o psiquiátrica que necesite.
¿Como se reconstruye la fe o la espiritualidad cuando ha ocurrido un suicidio en la familia?
Cuando ocurre un suicidio en una familia, la fe puede quedar profundamente herida. Aparecen preguntas, enojo, culpa, tristeza e incluso sentimientos de abandono por parte de Dios. No hay que apresurarse a responder todas esas preguntas. A veces, el primer paso de la fe es simplemente permitirse llorar y reconocer el dolor.

También es necesario liberar a la familia de una culpa que muchas veces no le corresponde. Después de un suicidio es común preguntarse: “¿Qué pude haber hecho?”, “¿Por qué no me di cuenta?”. Pero una persona en una situación de profundo sufrimiento puede tomar decisiones que los demás no podían prever ni controlar completamente.
¿Qué mensaje daría a quien enfrenta una batalla con ideas suicidas o con un familiar que se ha suicidado?
Una de las frases más conocidas de san Ireneo de Lyon dice:
“La gloria de Dios es el hombre viviente”.
Y podríamos decir que, cuando una persona está luchando con ideas suicidas, muchas veces siente que ha perdido toda posibilidad de plenitud. Sin embargo, desde la fe creemos que en Dios siempre existe un camino de esperanza y de vida.
Una posibilidad de acercarnos a una persona que tiene ideas suicidas, o a una familia que ha vivido un suicidio, es mostrarle nuevamente el camino de la plenitud en Cristo. El camino cristiano no elimina el sufrimiento, pero puede darle un sentido y ayudarnos a descubrir que el sufrimiento no tiene la última palabra.
Por eso, también necesitamos atrevernos a ser el ser humano que Dios soñó para nosotros: una persona llamada a la plenitud, capaz de buscar la vida y la esperanza aun en medio de las dificultades. La fe no niega nuestras heridas; nos ayuda a descubrir que, aun con ellas, nuestra vida sigue teniendo sentido.
Para saber:
En 2025, en Ciudad Juárez a través del 911 se brindó atención a más de 26 mil personas por situaciones relacionadas con salud mental y a 4 mil 948 por pensamientos suicidas.

































































