Incluso los santos de la estatura moral de Madre Teresa de Calcuta, admirada por creyentes y no creyentes, dan testimonio de haber sufrido algo que suena sorprendente para quien piensa que los santos vivieron en una burbuja de perfección aparte de la cotidianidad que afecta a los seres humanos “comunes”: el concepto de “la noche oscura del alma”.
Ni la vocación a la vida religiosa libra a un cristiano de la prueba espiritual.
Está claro que no siempre esa prueba es propiamente la enfermedad física y psíquica que hoy conocemos como depresión. Sin embargo, hay santos que, por los síntomas descritos por ellos mismos o por otros biógrafos, muy probablemente enfrentaron ese cuadro que actualmente es visto como “el mal del siglo”.
Algunos de los santos que posiblemente padecieran depresión son:
1. San Agustín/ Siglo IV.
Agustín buscaba con intensa sinceridad la verdad y el sentido de la existencia, pero, en sus andanzas sin norte y según sus propios términos, él la buscaba en la apariencia de las cosas creadas, en los deleites y placeres de los sentidos, lejos de Dios y cada vez más lejos de sí mismo.
Se convirtió y llegó a ser obispo, pero después de morir su mamá (Santa Mónica), y durante los más de cuarenta años que siguieron, su personalidad se manifestaría con frecuencia en la propensión a la rabia implacable y a la … depresión severa.
San Agustín se levantaba de esos abismos por medio de la oración, del sacrificio y el trabajo.
Ocuparse fue un gran remedio, tanto en las muchas responsabilidades de obispo como en las muchas horas de reflexión, estudio y oración que lo transformaron en gran defensor de la Doctrina de la Iglesia.
2. Santa Flora de Beaulieu/ Siglo XIV.
Ella tuvo una infancia normal, pero cuando sus papás empezaron a buscarle marido, lo rehusó y anunció que iba a dedicar la vida a Dios entrando en un convento.
Sin embargo, esa decisión, tomada en un contexto turbulento, desencadenó una fase intensa y prolongada de depresión que afectaba de tal modo su comportamiento que incluso para las otras hermanas era una prueba convivir con ella.
Con la gracia de Dios, el tiempo y la ayuda de un confesor comprensivo, Flora hizo gran progreso espiritual precisamente a causa del desafío que ella enfrentó con empeño.
3. San Ignacio de Loyola/ Siglo XVI.
Después de convertirse, Ignacio tuvo que luchar contra un feroz período de escrupulosidad, término que, en la ascesis cristiana, se refiere a la tentación de sentirse siempre en grave pecado por cada mínima falla personal en el cumplimiento de deberes y en la vivencia de las virtudes.
Esa prueba vino seguida de una depresión tan seria que él llegó a pensar en el suicidio.

El propio Ignacio define como “desolación” la experiencia que enfrentó en sus ejercicios espirituales: un estado de gran inquietud, irritabilidad, desconsuelo, inseguridad respecto a sí mismo y a sus decisiones, dudas atemorizantes, gran dificultad de perseverar en las buenas intenciones…
De acuerdo con Ignacio, Dios no causa desolación, sino que la permite para “sacudirnos” como pecadores y llamarnos a la conversión.
Él descubrió, en resumen, que la depresión puede ser un gran desafío espiritual y una excelente oportunidad de crecimiento.
Estos consejos siguen perfectamente válidos, pero hoy, es de importancia crucial añadir un consejo más: buscar ayuda médica adecuada.
4. San Juan María Vianney/ Siglo XIX.
Conocido como el Cura de Ars, él es uno de los sacerdotes más queridos de la historia de la Iglesia, modelo de párroco devoto y de pastor que superó las muchas y graves limitaciones intelectuales propias para guiar a las almas con maestría por el camino de la vida de gracia.
A pesar de todo el bien que hacía, él no lograba mirar su propia relevancia frente a Dios y convivía persistentemente con un fuerte complejo de inutilidad personal, síntoma de la depresión que lo acompañó durante toda la vida.
En los momentos más difíciles, él recurría al Señor y, a pesar del sufrimiento, renovaba la determinación de perseverar en su trabajo con confianza, fe y amor a Dios y al prójimo.
5. Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein)/ Siglo XX.
La santa carmelita descalza que había nacido judía y crecido atea sufrió con la depresión durante un largo periodo. Llegó a escribir:
“Me encontré gradualmente en profunda desesperación… No podía atravesar la calle sin querer que un carro me atropellara y no saliera viva de ahí”.
Desde antes de convertirse, principalmente en las muchas ocasiones en que fue despreciada y humillada por ser mujer y de origen judío, Edith sufrió intensamente la depresión.
Intelectual, filósofa, discípula y hasta asistente de Edmund Husserl, el fundador de la fenomenología, ella finalmente encontró en Dios la Verdad que tanto buscaba, a partir de la lectura de la obra de santa Teresa de Jesús.
Abrazó entonces la gracia con tanta sed que de ella sacaba las fuerzas para lidiar no sólo con sus dolorosos sufrimientos interiores, sino también con las tinieblas mortíferas del nazismo.
Tras convertirse y consagrarse a Dios radicalmente, fue capaz de perseverar hasta el martirio, manteniendo la lucidez, la fe, la esperanza y el amor incluso en la prisión y en la ejecución a la que fue sometida en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.
(Publicado en Aleteia)

































































