Dra. Luisa Fernanda Castillo
El apóstol San Pablo escribió una frase que sigue siendo relevante para nosotros: «¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes?» (1 Corintios 6:19-20). Un templo no es un edificio cualquiera: es un espacio consagrado, cuidado con esmero, porque allí habita lo sagrado. Si el cuerpo es ese espacio, la forma en que lo alimentamos y lo cuidamos deja de ser un asunto meramente físico y se convierte en una expresión de fe.
Cuidar la alimentación, bajo esta luz, es una responsabilidad individual. El cuerpo no es una propiedad personal sobre la que tenemos derechos absolutos, sino un don recibido para una misión particular, distinta en cada vida según la propia vocación. Descuidar la salud y la forma física equivale, en cierto sentido, a tratar el cuerpo como algo que no pertenece a Dios ni fue dado con un propósito. La misión de un discípulo suele exigir energía, resistencia y a veces renuncia; un cuerpo sano sostiene mejor esas exigencias. Esta visión se apoya en algo más profundo: alma y cuerpo no son realidades separadas ni enemigas entre sí. Santo Tomás de Aquino nos enseñaba que es el alma la que da forma y sostiene al cuerpo, lo cual sugiere que la salud del alma y la salud del cuerpo están profundamente entrelazadas. Cuando descuidamos el cuerpo, el efecto no se queda en lo físico: también desgasta el ánimo, la claridad mental y la disposición para la oración y el servicio. Cuerpo y alma están llamados a florecer juntos. De este principio se desprende una regla práctica sencilla: comer para vivir, no vivir para comer.
En culturas donde el alimento abunda y se ofrece en cada esquina, es fácil convertir el placer de comer en un fin en sí mismo. No hay nada malo en disfrutar de una buena comida, pero el cuerpo agradece más una alimentación pensada para nutrir que una guiada únicamente por el antojo.
El calendario litúrgico nos ofrece un ritmo sabio para vivir esto sin rigidez ni culpa. Reservar los platos más festivos y los postres más elaborados para las solemnidades y fiestas, mientras que en el resto de los días se mantiene una alimentación más sencilla y moderada, evitará tanto la privación constante como el exceso permanente. Con tantas fiestas dignas de celebrarse a lo largo del año, nadie se sentiría realmente privado de sus comidas favoritas, y al mismo tiempo se cultivará una santa templanza en el día a día.
Otro criterio útil es preferir, en la medida de lo posible, los alimentos más naturales por encima de los ultraprocesados. La conveniencia de estos últimos es real, pero rara vez igualan el aporte nutricional de lo natural.
Finalmente, el cuerpo fue hecho para el movimiento. Una vida cada vez más sedentaria, favorecida por la tecnología y la comodidad, termina por debilitar lo que fue diseñado para moverse. Buscar espacios diarios para caminar, hacer ejercicio o algo de trabajo de fuerza no es vanidad, sino una forma más de mantener ese templo en condiciones de cumplir su misión.
Nada de esto exige perfección. La gracia no pide un cuerpo impecable ni una dieta sin fallas; pide intención y constancia. Pequeños hábitos sostenidos con el tiempo i.e., comer con propósito, moverse a diario, guardar los gustos para los días de fiesta, elegir lo natural sobre lo ultraprocesado, hacen más por nuestro templo que cualquier régimen extremo de corta duración. Cuidar el cuerpo, al final, es una forma silenciosa de gratitud: reconocer que este templo, con sus límites y necesidades, fue diseñado para un fin sagrado.
































































