Mons. Ramón Castro Castro/Presidente CEM
Jesús nos enseña que todos estamos llamados a trabajar en su reino. En la parábola de los trabajadores de la viña, el dueño sale una y otra vez a buscar, a buscar a quienes están sin trabajo. A todos les ofrece la misma recompensa, la Vida Eterna.
Esta parábola revela la dignidad del trabajo y la preocupación de Dios por quienes no tienen oportunidades. En México, esta preocupación resuena con fuerza. Millones de personas carecen de empleo digno, especialmente jóvenes que ante la falta de opciones son tentados por caminos de violencia, por caminos de destrucción.
La falta de trabajo justo es una grave injusticia, atenta contra el derecho a vivir con dignidad. Por eso, son condenables la explotación, la trata de personas, la extorsión y toda forma de violencia que destruye la vida comunitaria. El crimen nunca puede ser considerado trabajo, es negación del bien común.
El trabajo auténtico es siempre con y para los demás. No es solo medio para obtener bienes materiales, sino don y misión para colaborar en el plan de Dios. Cuando se realiza con amor, el trabajo se convierte en oración.
Lo decía San Benito, ora et labora. El médico que atiende con vocación, el maestro que educa con pasión, el agricultor que cuida la tierra, la trabajadora del hogar que sirve con dignidad, todos construyen el reino con su labor diaria. El trabajo verdadero enriquece el alma, no solo el bolsillo.
En un país tentado por el dinero fácil y la corrupción, San José nos enseña la belleza del trabajo honesto. Una familia que vive de su esfuerzo limpio edifica más reino que quien se enriquece injustamente. Vemos el reino cuando cooperativas prosperan justamente, cuando pequeños empresarios generan empleos dignos, cuando profesionistas sirven a su comunidad con excelencia.
Corazones desprendidos
En el Evangelio, un joven se acerca a Jesús, preguntando qué debe hacer para alcanzar la vida eterna. Ha cumplido los mandamientos, pero Jesús le pide algo más.
Desprenderse de sus bienes y compartirlos con los pobres. El joven se entristece y se va. Su corazón estaba atado a las posesiones.
Este pasaje no condena la riqueza en sí, sino el apego. El desprendimiento evangélico no exige necesariamente quedarse sin bienes, sino reconocer que la riqueza es un medio, no el fin de la vida. El problema surge cuando los bienes ocupan el lugar de Dios y cierran el corazón al prójimo.
En nuestro país vemos con claridad esta tentación, acumulación sin solidaridad, indiferencia ante el sufrimiento, lujo excesivo frente a la pobreza extrema. Por eso la actividad económica debe orientarse siempre al bien común y a la dignidad de las personas. La Iglesia enseña que la propiedad privada tiene una hipoteca social.
Los bienes no existen sólo para beneficio individual, sino para servir a todos. Cuando esta dimensión se olvida, se generan injusticias que claman al cielo. Las empresas y los empresarios tienen una responsabilidad ética, generar empleos dignos, pagar salarios justos, cuidar los recursos naturales y contribuir al desarrollo comunitario.
Estamos llamados a una solidaridad constante y comprometida. Los rostros de la pobreza en México son muy concretos. Madres buscadoras, migrantes, pueblos indígenas despojados, jóvenes sin oportunidades, etc.
Construimos el reino cuando pasamos de la comodidad egoísta al compartir responsable. Cuando vemos en el pobre no una carga, sino un hermano que nos evangeliza con su esperanza.
Que Santa María de Guadalupe nos acompañe para que, siguiendo el ejemplo de San José, anunciemos con nuestro trabajo cotidiano el reino de Dios en México. Y desprendiéndonos de lo que nos ata, aprendamos a compartir.































































