Pbro. Eduardo Hayen Cuarón/Director de Presencia
La Diócesis de Ciudad Juárez, a partir del miércoles 22 de julio, día en que nuestro señor obispo tomará posesión de su nueva sede en Ecatepec, pasará a ser sede vacante. Como al apóstol san Pablo la comunidad de presbíteros de Éfeso, para despedirlo lo acompañó hasta el puerto de Mileto, así un grupo de sacerdotes y laicos iremos esta semana, Dios mediante, a la catedral de Ecatepec para encomendar a don Guadalupe en su nueva misión como obispo de aquella diócesis.
Durante los dos últimos meses, don Guadalupe ha tenido la oportunidad de decir adiós a muchas parroquias y comunidades que le han mostrado su cariño con múltiples eventos de acción de gracias. Desde su nombramiento como obispo de Ecatepec hemos podido reflexionar, con gratitud sincera, sobre los dones que hemos recibido a través de su ministerio: los sacerdotes ordenados y diáconos permanentes, su proyecto pastoral, su servicio a los inmigrantes, su alegre motivación a caminar juntos, la atención a los sacerdotes mayores y enfermos en la Casa Sacerdotal San Juan XXIII, el impulso a movimientos de apostolado que llegaron a la diócesis, entre otros.
Nuestro deber como hijos de la Iglesia es agradecer al Señor por los sucesores de los Apóstoles que nos han pastoreado y aceptar que Jesucristo es quien conduce la Iglesia Universal y la nuestra en particular. Los designios de Dios son sabios, misteriosos, y nosotros hemos de permanecer abiertos a que se haga su voluntad.
Esta semana agradezcamos, de corazón, a Dios por don Guadalupe que, si bien hará su partida, se quedará vivo en la memoria de nuestra comunidad y en el corazón de su pueblo. Cada obispo que nos ha pastoreado ha sido un enviado de Jesucristo, el buen pastor, que para nosotros ha sido padre, hermano y colaborador del Evangelio.
En su camino de casi 70 años, la Iglesia de Ciudad Juárez ha sido muy bendecida por cuatro magníficos obispos que aportaron sus propias riquezas espirituales y pastorales. Cada uno ha sido enviado por la Providencia de Dios para conducirnos, así que mantengamos la confianza en que es la mano pródiga del Padre Celestial quien seguirá abriendo para nosotros, Iglesia diocesana, caminos hacia el futuro.
Nos corresponde orar con humildad por aquel nuevo pastor que vendrá, a quien Jesucristo ya lo tiene «in péctore», así como también para cultivar una actitud de corazón abierto para recibirlo con alegría.





























































