Pbro. Eduardo Hayen Cuarón
El pasado 5 de mayo la Secretaría del Sínodo del Vaticano publicó un documento de trabajo que incluye dos testimonios de dos hombres con atracción al mismo sexo, uno portugués y el otro estadounidense. Se trata de un texto oficial del Vaticano que presenta una propuesta no definitiva sino discutible, y que será llevada al papa León XIV para su estudio y evaluación.
En uno de los informes se afirma textualmente: “el pecado, en su raíz, no consiste en la relación de pareja (del mismo sexo), sino en la falta de fe en un Dios que desea nuestro cumplimiento”. Se critica duramente las terapias reparativas –como las promovidas por el grupo Courage– por “separar fe y sexualidad”, se condena su “efecto devastador” y se presenta la comunidad cristiana como lugar de “acogida, sanación e inclusión” sin matizar que las relaciones homosexuales son objetivamente desordenadas.
Es muy confuso para la Iglesia que el Sínodo incluya en su documento estas experiencias y evite los testimonios de cientos de personas con atracción hacia el mismo sexo que, gracias al apostolado Courage, tienen acompañamiento en su camino de renuncia a los actos homosexuales y en la vivencia de la virtud de la castidad. Si la Iglesia siempre ha enseñado que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden tener aprobación en ningún caso, decir que «el pecado no está en la relación de pareja» es una negación práctica de la enseñanza de la Iglesia sobre este tema.
Las experiencias situacionales de pecado que vivimos las personas no pueden ser un criterio teológico para decir que en ellas Dios se manifiesta. Es cierto que Jesús se hace cercano a todo tipo de miserias que los seres humanos vivimos, pero no para aprobarlas sino para llamarnos la conversión y curar nuestras heridas. Afirmar que Dios aprueba las relaciones homosexuales es negar el poder que el Señor tiene para transformar el corazón de quienes sufren, y es afirmar que la Iglesia es la que debe adaptarse a la mentalidad del mundo. Esto es modernismo puro.
La herejía modernista dice que la religión nace de una experiencia interior o de un sentimiento religioso. La fe no es la adhesión a una verdad revelada objetiva sino a un impulso vital. Afirma el modernismo que Dios no se revela desde fuera mediante la Escritura, la Tradición y el Magisterio, sino que emerge de la experiencia humana. Dios no es quien habla al hombre sino que es el hombre el que «siente» a Dios.
El modernismo lleva a pensar, entonces, que no existen dogmas inmutables creados por Dios, sino que son expresiones históricas que evolucionan según la cultura, la ciencia y las experiencias de cada época. Si una vez se dijo que los actos homosexuales son malos intrínsecamente, hoy se podría decir lo contrario: no existen normas morales absolutas sino que cambian dependiendo de la época y de la conciencia de cada persona. Tiene prioridad la experiencia vivida sobre la ley divina y la ley natural.
¿Ha desaparecido el modernismo tras la condena de san Pío X? Absolutamente no. La teología de la liberación, la reinterpretación de la moral sexual, la sinodalidad entendida como democracia eclesial y no en su auténtico sentido de escuchar y caminar juntos, y la priorización de las «experiencias» como lugar teológico –como ha sido la del reciente informe sinodal sobre el tema de la homosexualidad– son prueba de que el modernismo sigue vivo. Estamos ante una fe vaciada de contenido sobrenatural y convertida en mero humanismo religioso.
El documento de trabajo de la Secretaría del Sínodo del Vaticano no debe desanimarnos sino al contrario: hemos de orar por quienes dirigen la Iglesia de Cristo así como fortalecer nuestra posición clara, fiel y sin ambigüedades a la verdad católica. No se trata de negar la acogida al pecador, la cual siempre ha existido, sino de nunca aceptar el pecado como estilo de vida legítimo, y acompañarnos juntos en el camino de la conversión que a Dios conduce.





























































