Y para las catequistas de jóvenes, aquí van estos consejos de Fernando Merino, de Catholic Link.
1. Sé cercano. ¡Háblales en su lenguaje!
Imagínate llegar a un país donde no entiendes el lenguaje, donde te obliguen a bailar de una forma rara, y te inviten a realizar gestos y acciones que nunca habías hecho antes. ¿Cómo te sentirías?, ¿cómodo?, ¿en casa? O te preguntarías ¿qué rayos hago aquí?
Muchas veces, así se sienten los jóvenes que van por primera vez a nuestras catequesis, al encontrarse con palabras, gestos, canciones, frases, y otras cosas más que no pertenecen «a su mundo». ¿Entonces cambiamos el mensaje? ¡No! No se trata de cambiar la esencia, pero sí la forma.
¿Cómo viven los jóvenes de tu zona?, ¿qué música escuchan?, ¿qué luchas tienen?, ¿qué videojuego siguen?, ¿qué influencers admiran?, ¿qué series de Netflix están viendo?, ¿qué palabras usan?, ¿a qué juegan? Está buenísimo saber esto, no para ser chismosos, sino para traducir la Buena Noticia en su idioma. Así nos sentirán cercanos y entenderán que el Dios del que les hablamos, también lo es.
2. ¡Que sea relevante! Diles algo que les importe
Jesús le daba a la gente lo que necesitaban. Al ciego le devolvió la vista, al paralítico la posibilidad de caminar y a la mujer su dignidad. ¿Nuestras charlas están respondiendo a las necesidades de los jóvenes?
Si ellos sienten que lo que les dices es útil para su felicidad, se sentirán atraídos. Por eso es muy importante preguntarnos ¿qué están necesitando los jóvenes de mi zona?, ¿qué luchas están teniendo?, ¿qué les está apagando la vida?
Uno de los temas de catequesis más difícil de dar es «Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre». Por hacerlo tan abstracto o académico muchos jóvenes se preguntan ¿y esto para qué me sirve?… ¡Veamos! Una de las cosas que más necesitan los jóvenes hoy es comprensión, que alguien les diga «te entiendo».
¿No te parece emocionante decirles que Jesús fue verdadero Dios, pero también verdadero hombre? Que sintió miedo a la hora de pensar en el futuro, así como ellos a la hora de pensar qué harán con sus vidas acabando el colegio. O que sintió soledad cuando sus discípulos lo abandonaron, así como ellos a la hora de llegar a casa y ver que papá o mamá casi nunca están.
O que sintió tristeza cuando Pedro lo traicionó, así como ellos a la hora de que uno de sus amigos divulgara ese secreto tan valioso que le habían confiado. ¿No les parece interesante decirle esto a los jóvenes e invitarlos a que cuando se acerquen a Dios en la oración, lo hagan con la certeza de que es un Dios que los entiende porque ha vivido lo que ellos viven actualmente y que pueden hablarle con toda libertad y confianza, sin pensar que sus problemas son irrelevantes para Dios?
3. Regálales preguntas
Esta es una sencilla pero gran técnica. Cuando les haces preguntas a los jóvenes es como tocar la puerta de sus vidas para que te la abran, entres a la sala y les hables con mucha más cercanía. Una vez dentro, conectarás mucho mejor con ellos. Es como si personalizaras la charla para cada uno de los participantes.
¿Con qué persona de tu familia tienes la relación un poco dañada y te gustaría reconstruirla? O ¿A qué amigo haz dañado últimamente que crees que es necesario pedirle perdón?
¡Claro! Cuando eso pasa, los jóvenes piensan en rostros, en vidas concretas, en situaciones reales y hace que lo que tú estés hablando aterrice de la mejor forma en sus vidas.
Los jóvenes no quieren respuestas, quieren preguntas que les inquieten la vida. ¿Tus charlas están inquietando sus corazones?
4. Cuéntales un pedacito de tu vida
No hay nada más aburrido que escuchar a alguien que pretende ser alguien que no es. A veces queremos mostrarnos como los perfectos o fuertes porque creemos que esa es la imagen que tenemos que proyectar. ¿Quién nos hizo creer eso? Somos de carne y hueso, con heridas, victorias, miedos, aciertos, luchas, fracasos.
Los jóvenes aprecian que nos mostremos vulnerables, que seamos transparentes, que les hablemos con ejemplos de nuestra vida.
¡Pero ojo! sin maquillarlos ni decorarlos, sino mostrándolos de la forma más transparente posible para que se puedan sentir identificados y así, cuando les hablemos de lo que Dios va haciendo en nuestra vida, ellos sepan que también lo puede hacer en la suya.
¿Y tú? ¿Qué anécdota contarás en tu próxima charla?
































































