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Prescencia

Reflexiones de Cuaresma 2026

Julius Maximus Texto: Julius Maximus
1 abril, 2026
en Fe Católica
Reading Time: 10 mins read

El Espíritu, la Sangre y el agua

Fr. Raniero Cantalamessa, OFM Cap./ Teólogo

Un día, en la época en que el templo de Jerusalén estaba destruido y el pueblo desterrado en Babilonia, el profeta Ezequiel tuvo una visión. Vio ante sí el templo reconstruido y vio que, bajo el umbral del templo, por el lado derecho, manaba agua hacia oriente. Se puso a seguir aquel arroyico de agua y se dio cuenta de que la corriente iba creciendo más y más, a medida que avanzaba, hasta llegarle primero a los tobillos, después a las rodillas, luego a la cintura, hasta convertirse en un río que no se podía vadear. Vio que en la orilla del río crecía una gran cantidad de árboles frutales y oyó una voz que decía: «Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hacia la estepa, desembocarán en el mar de las aguas pútridas y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente tendrán vida, y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida adondequiera que llegue la corriente» (Ez 47,lss).

 

Ríos de Agua Viva

El evangelista Juan vio realizada esta profecía en la Pasión de Cristo. «Uno de los soldados —escribe— con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,34). La liturgia de la Iglesia ha recogido esta enseñanza al hacernos cantar, al principio de todas las Misas solemnes del tiempo pascual, aquellas palabras del profeta, aplicándoselas a Cristo: «Vidi aquam egredientem de templo – Vi que manaba agua del templo».

Jesús es el templo que los hombres destruyeron, pero que Dios ha vuelto a edificar, resucitándolo de la muerte: «Destruid este templo —había dicho él mismo—, y en tres días lo levantaré»; y el evangelista explica que «él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2,19-21). El cuerpo de Cristo en la cruz es, pues, el templo nuevo, el centro del nuevo culto, el lugar definitivo de la gloria y de la presencia de Dios entre los hombres. Y ahora, del costado derecho de este nuevo templo ha brotado agua. También esa agua, como la que vio el profeta, empezó siendo un arroyito, pero fue creciendo más y más hasta convertirse también ella en un gran río. En efecto, de aquel arroyo de agua proviene, espiritualmente, el agua de todas las pilas bautismales de la Iglesia. En la pila bautismal de San Juan de Letrán, el papa san León Magno hizo grabar dos versos latinos que, traducidos, dicen: «Ésta es la fuente que lavó al mundo entero — trayendo su origen de la llaga de Cristo» «Fons hic est qui totum diluit orbem – sumens de Christi vulnere principium». Verdaderamente, de su costado manaron «ríos de agua viva», es decir ¡del costado de Cristo en la cruz!

 

Ultimo y primer suspiro

¿Y qué simboliza el agua? Un día -era el último día de la fiesta de las tiendas—, Jesús, puesto en pie, exclamó a voz en grito: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba». Y el evangelista comenta: «Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él» (Jn 7,37-39).

El agua, pues, simboliza al Espíritu. «Tres son los testigos —leemos en la primera carta de san Juan en relación con este episodio—: el Espíritu, el agua y la sangre» (1 Jn 5,7-8). Estas tres cosas no están en el mismo plano: el agua y la sangre fue lo que se vio salir del costado; eran señales, sacramentos; el Espíritu era la realidad invisible que en ellos se escondía y que en ellos actuaba.

Antes de este momento, aún no estaba el Espíritu en el mundo; pero ahora que Jesús ha muerto por nosotros, purificándonos de nuestros pecados, el Espíritu se cierne de nuevo sobre las aguas, como en los albores de la creación (cf Gn 1,2). Después de exclamar: «Todo está cumplido!», Jesús «entregó el espíritu» (Jn 19,30), es decir: dio su último suspiro, murió, pero también: entregó el Espíritu, el Espíritu Santo. En ambos significados piensa el evangelista. El último suspiro de Jesús se convirtió en el primer suspiro de la Iglesia. Y ésta es la coronación de toda la obra de la redención, su fruto más precioso. Porque la redención no consistió solamente en el perdón de los pecados, sino también, positivamente, en el don de la vida nueva del Espíritu. Es más, todo se dirigía a esto, y la misma remisión de los pecados no se realiza hoy en la Iglesia sino en virtud del Espíritu Santo.

 

Corriente de gracia

Es cierto que el Espíritu Santo vino sobre la Iglesia, de manera solemne y pública, el día de Pentecostés; pero Juan ha querido señalar, en su evangelio, de dónde proviene ese Espíritu que el día de Pentecostés irrumpió desde lo alto sobre los apóstoles; cuál es su origen en la historia. Ese origen es el cuerpo de Cristo glorificado en la cruz. En la encarnación, y luego, de una manera nueva, en el bautismo del Jordán, el Padre envió sobre su Hijo la plenitud del Espíritu Santo. Ese Espíritu se concentró todo él en la humanidad del Salvador; santificó su actividad humana, inspiró sus palabras y guió todas sus decisiones. Por él, «se acostumbró a vivir entre los hombres» (san Ireneo). Pero durante su vida terrena estaba oculto a los ojos de los hombres, como el perfume que contenía aquel frasco de alabastro de la mujer (cf Jn 12,iss). Pero luego aquel vaso de alabastro que era la humanidad purísima de Cristo se rompió durante su pasión, y el perfume que se derramó inundó toda la casa, que es la Iglesia.

«Adondequiera que llegue la corriente —decía la profecía—, habrá vida». Eso fue lo que ocurrió también con esa corriente que brotó del costado de Cristo. Esa corriente trajo al mundo la vida. De tal forma que, cuando la Iglesia quiso condensar en pocas palabras su fe en la tercera Persona de la Trinidad, en Constantinopla, en el año 381, no encontró nada más esencial que decir sobre el Espíritu Santo que él es quien da la vida: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida».

 

Algo distinto

Este anuncio del Espíritu como dador de vida es más necesario y más esperado que nunca en el mundo en que vivimos. Cuando san Pablo llegó a Atenas, vio que, en medio de la idolatría que asolaba la ciudad, estaba también, oculta, la esperanza en una divinidad distinta, a la que, sin conocerla, los atenienses habían erigido un altar con la inscripción: «Al Dios desconocido». Entonces el Apóstol empezó a predicar y a decir: «Atenienses, eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo» (Hch 17,22-23). Y empezó a hablar de Jesús muerto y resucitado. Algo parecido ocurre también hoy. En medio de toda la nueva idolatría y del materialismo con que se trata de cubrirla, existe en nuestra sociedad la necesidad difusa de algo nuevo y distinto, de algo que no se acabe con nosotros, que dé un sentido eterno a la vida. Existe una profunda insatisfacción que no puede depender de la falta de cosas, porque con frecuencia es mayor justamente donde más abundancia hay de cosas. Un indicio de ello es la tristeza, una tristeza que impresiona a quien no se ha acostumbrado a ella y a los que vienen de lejos. Incluso a nuestros niños se los educa silenciosamente en la tristeza.

Un filósofo de nuestros días hablaba de una «nostalgia del absolutamente Otro» que aflora acá y acullá en el mundo de hoy. Pues bien, la Iglesia grita a los hombres de hoy lo que aquel día dijo el Apóstol a los atenienses: «Eso que andáis buscando sin conocerlo, yo os lo anuncio». Ese algo «distinto», de lo que sentís nostalgia, existe: ¡es el Espíritu de Dios! El Espíritu es libertad, es novedad, es gratuidad, es belleza, es alegría. El Espíritu es vida. ¡Cuánto se lucha hoy en día por mejorar, como se dice, «la calidad de vida»! Al hacerlo, no habría que perder de vista que existe una vida de calidad distinta, sin la cual todo será en vano. En efecto, ¿de qué sirve vivir bien, si no podemos vivir para siempre?

Las dulces palabras de Jesús en la Cruz

Por eso, ¡Qué dulces suenan las palabras que Jesús nos dirige en silencio, en este día, desde lo alto de la cruz!

«¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero:

venid, comprad trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde» (Is 55,1).

Para vosotros se ha abierto esta herida en mi costado. «Gustad y ved qué bueno es el Señor». Que vengan también los que no tienen con qué pagar: los que no tienen méritos, los que se sienten indignos y pecadores, los que ya no tienen ni fuerzas para rezar. Sólo una cosa os pido a cambio: vuestra sed, vuestro deseo: que nos os sintáis ahítos de todo, auto-suficientes. ¡Os pido fe!

Pero ahora aquel templo que era su cuerpo ya no está entre nosotros; entonces, ¿adónde nos invita a ir Jesús con esas palabras? Nos invita a la Iglesia, a los sacramentos de la Iglesia. Ya no existe visiblemente aquel templo que era su cuerpo físico, el que nació de María y fue clavado a la cruz; pero aún existe ese otro cuerpo suyo que es la Iglesia.

El mismo evangelista Juan que nos mostró en el evangelio el cumplimiento de la profecía de Ezequiel en la cruz, nos muestra en el Apocalipsis su cumplimiento en la Iglesia. «El ángel del Señor —dice— me mostró el río de agua viva, luciente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. A mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados del río, crecía un árbol de la vida…» (Ap 22,1-2). El agua de la vida corre ahora por en medio de la ciudad santa, la nueva Jerusalén que es la Iglesia. A ella deben acudir todos los que tienen verdadera sed del Espíritu. San Ireneo — que bebió su doctrina de los labios mismos de un discípulo de Juan— nos advierte: «El Don de Dios le ha sido confiado a la Iglesia… Porque donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios allí está también la Iglesia. No participan de él los que no se alimentan a los pechos de su Madre para la vida y no beben en la fuente purísima que brota del cuerpo de Cristo, sino que se excavan ‘cisternas agrietadas’ y, haciéndose fosas en la tierra, beben el agua putrefacta de los pantanos» (1 IRENEO, Contra las herejías, III, 24,2.).

 

Nueva condición: Dador de vida

Al anochecer del día de Pascua, entró Jesús en el lugar donde estaban sus discípulos, «exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). Esto no lo hizo de una vez para siempre, en su primera Pascua, para luego desaparecer de Ja historia dejando a la Iglesia caminar sola, con los medios con que la había dotado, hasta su vuelta. No. Aquel día Jesús, al conceder a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, inauguró, de forma solemne y visible, su nueva condición de «dador de vida» (cf 1 Co 15,45). Y ahora vive para siempre exhalando su aliento» sobre la Iglesia, y ni por un momento ha dejado de hacerlo. Y lo hace también ahora, en esta liturgia.

Si él «retira su Espíritu», todo en la Iglesia «expira y vuelve a ser polvo», exactamente como dice en otro sentido la Escritura que ocurre con la creación (cf Sal 194,29). «Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo sigue en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad dominio, la misión propaganda, el culto simple evocación y el proceder cristiano una moral de esclavos. Pero con el Espíritu Santo, el cosmos se levanta y gime con los dolores del Reino, Cristo resucitado se hace presente, el Evangelio es fuerza vital, la misión es un Pentecostés, la liturgia es memorial y espera y el proceder cristiano queda deificado» (Ignacio de Latakia).

Jesús, pues, está siempre «exhalando su Espíritu»; pero nosotros, los hombres, no siempre hemos recogido ni recogemos su aliento, no siempre le hacemos caso, fiándonos de nuestro propio esfuerzo y de nuestra pericia humana, preocupados como estamos por producir, por hacer, por proyectar y por discutir entre nosotros. Algo, sin embargo, nos impele de manera irresistible a detenernos y a exponernos de nuevo, a rostro descubierto y con el corazón rebosante de un secreto anhelo, al soplo potente del Resucitado. Un «viento recio» vuelve a sacudir la casa desde que se ha invocado sobre la Iglesia un nuevo Pentecostés».

«Llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán» (Jn 5,25). Sí, ha llegado la hora y es ésta. Hoy, aun en medio de las espesas tinieblas que envuelven el mundo, innumerables vidas cristianas, apagadas o tibias, vuelven a florecer al contacto con el Espíritu de Cristo. Renacen, vuelven a descubrir la grandeza de su bautismo, se alegran de ponerse al servicio de la Iglesia para evangelizar y, aun en medio de las tribulaciones, entonan un cántico nuevo, de alabanza y de júbilo, a Dios que ha hecho en ellos maravillas de gracia. Acá y acullá, al calor de ese soplo divino, están brotando bellísimas flores de santidad en medio del pueblo de Dios.

 

Para los sacerdotes

En este despertar «pentecostal» tienen un papel decisivo los sacerdotes de la Iglesia, que justo por eso no pueden quedarse al margen, como simples espectadores, por miedo a lo nuevo. A nosotros, los sacerdotes, recurren con frecuencia los hombres que sienten aquella nostalgia del absolutamente Otro. Somos nosotros los que debemos administrar a los fieles «espíritu y vida». No les defraudemos; no demos palabras cansadas y desvaídas sobre Dios a quien anda buscando al Dios vivo. Que no tenga que decirse también hoy, como en tiempos de Isaías: «Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la hay» (Is 41,17).

Aquel día, junto a la cruz de Jesús, estaba con María el discípulo al que Jesús tanto quería, el más joven de los discípulos; él «vio y dio testimonio». También hoy Jesús llama a los jóvenes junto a él al pie de la cruz. Jóvenes de puro corazón, ¡os necesitamos en la Iglesia para el «servicio del Espíritu»! Es hermoso dejarlo todo por Cristo, para ponerse a su servicio en la vida religiosa o sacerdotal. Es hermoso formar una familia humana, pero es aún más hermoso trabajar para reunir a la familia de Dios.

Hoy, pues, si oís su llamada, no endurezcáis el corazón. ¡Venid! No os dejéis desalentar por nuestra mediocridad; vosotros podéis ser —y lo seréis— mejores sacerdotes que nosotros: ¡los sacerdotes nuevos de una Iglesia nueva!

Y termino con una oración. Señor Jesús, exhala con fuerza tu aliento sobre tu Iglesia, reunida en todo el mundo para celebrar en esta hora tu pasión; pronuncia también sobre nosotros aquella palabra tuya soberana: «¡Recibid el Espíritu Santo!».

 

 

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