Presencia
Hace unas semanas, Ciudad Juárez se estremeció al conocer el caso de Eitan Daniel, un niño de aproximadamente un año y medio encontrado sin vida, arrojado en un costal en las afueras de la ciudad.
El caso generó una profunda indignación y conmoción en todo México por la brutalidad de la muerte del menor, ocurrida a manos de su propia madre y con el conocimiento de su padre y abuelos. Por ello la pregunta de esta semana es:
¿Qué soluciones se pueden ofrecer para prevenir casos como el del niño Eitan Daniel?

Héctor Molinar Apodaca/ Abogado Mediador
La muerte del niño Eitan Daniel no solo duele… sacude. Nos enfrenta con una realidad que quisiéramos negar: que el lugar llamado a proteger, amar y cuidar —la familia— puede, en casos extremos, convertirse en escenario de abandono y violencia.
Ante tragedias así, la reacción inmediata suele ser la indignación. Pero si queremos ser responsables como sociedad, debemos ir más allá del dolor y preguntarnos: ¿qué estamos haciendo para que esto no vuelva a ocurrir?
La primera respuesta es incómoda, pero necesaria: hemos normalizado señales de alerta. El descuido, el abandono emocional, la violencia cotidiana y las adicciones no aparecen de un día para otro. Son procesos que se van gestando en silencio, muchas veces a la vista de familiares, vecinos, escuelas e incluso instituciones. Sin embargo, preferimos no intervenir, no incomodarnos, no “meternos en problemas”. Ese silencio también lastima.
Prevenir estos casos exige reconstruir la cultura de corresponsabilidad. Los niños no son responsabilidad exclusiva de sus padres; son responsabilidad de todos. La comunidad debe recuperar la capacidad de observar, de acompañar y, cuando sea necesario, de denunciar. No como un acto de persecución, sino como un acto de protección.
En el ámbito institucional, es urgente fortalecer los mecanismos de detección temprana. Las escuelas, centros de salud y autoridades deben estar capacitados para identificar signos de riesgo: ausencias recurrentes, cambios de conducta, desnutrición, miedo constante. Y no basta con detectar; se requiere actuar con rapidez, coordinación y sensibilidad.
Desde el punto de vista jurídico, también es momento de repensar cómo intervenimos antes de que el daño sea irreversible. No todo debe esperar a convertirse en delito. Existen herramientas como la mediación familiar, la intervención comunitaria y las medidas de protección preventiva que pueden ayudar a reorganizar entornos familiares en crisis. La ley no solo debe castigar, también debe prevenir.
Pero ninguna política será suficiente si no recuperamos el sentido más profundo de la familia: su vocación de amor. Cuando el vínculo se rompe, cuando el otro deja de ser visto como persona y se convierte en carga o estorbo, se abre la puerta a la deshumanización.
Desde la fe, la respuesta es aún más clara. Cada niño es un don, una vida confiada por Dios. Cuidar de ellos no es solo una obligación legal o social, es un acto profundamente espiritual. Donde falta el amor, entra la oscuridad. Y donde alguien decide amar, incluso en medio de la dificultad, comienza la luz.
Prevenir tragedias como esta no depende de una sola institución ni de una sola ley. Depende de una sociedad que deje de mirar hacia otro lado. Depende de familias que pidan ayuda a tiempo. Depende de comunidades que se involucren. Y depende, sobre todo, de que no olvidemos que cada niño merece crecer en un entorno donde su vida sea protegida, respetada y amada.
Que el dolor por Eitan Daniel no se quede en una noticia más. Que nos mueva a actuar, a cuidar y a no callar nunca más ante el sufrimiento de un niño.
Rocío Estrada Lechuga, directora del CAMJ.
Casos como el de Eitan Daniel nos confrontan como sociedad.
No nacen de la nada… muchas veces son el resultado de soledad, desesperación, falta de apoyo y señales que no vimos a tiempo.
Hoy más que nunca necesitamos mirar con responsabilidad y actuar con amor. ¿Qué podemos hacer?
Sociedad: Dejar de juzgar y empezar a acompañar. Estar atentos a madres con embarazos en crisis, crear redes de apoyo y no ignorar señales de alerta como la depresión postparto.
Iglesia: Ser refugio y acompañar con misericordia, brindar espacios seguros y sostener espiritual y emocionalmente a quien lo necesita. Aprovechar los grupos de jóvenes para informar sobre los embarazos no deseados y las consecuencias de un aborto.
Gobierno: Fortalecer la salud mental materna, que sea obligatorio tomar una charla sobre la depresión postparto y crear líneas de ayuda accesibles, apoyar económicamente a mujeres con subsidios por crianza o hijos, Incentivos fiscales a familias con un solo ingreso, reconocer el trabajo del hogar como aportación social y actuar a tiempo ante situaciones de riesgo.
Prevenir también es amar.
Escuchar también es salvar.
Acompañar también es proteger.
Porque ningún niño debería crecer en dolor… y ninguna madre debería sentirse sola al punto de quebrarse.
Cuidarnos entre todos es la verdadera solución.
Pbro. Lic. Juan Carlos López/ director de Radio Guadalupana
Ante un problema tan complejo y tan triste, difícilmente pudiéramos dictar una fórmula o decir que existe una fórmula que resuelva; es más bien la necesidad de una respuesta compleja y larga que implica tiempo e inversión a nivel social, familiar, social, psicológico y emocional.
Hay muchos valores que se han perdido y esto se manifiesta no sólo en la violencia social, sino familiar, entre los esposos, para con los hijos, para con los papás. Es toda una política familiar, social y un trabajo también cívico el que se tiene que hacer.
El problema de nuestra sociedad es que no está la persona al centro, ni tampoco las dinámicas familiares lo están. Vivimos en una sociedad en la que se le da prioridad a otros valores que no son los fundamentales en la vida del ser humano, entonces somos testigos de una descomposición social y llega a estas expresiones tan fuertes, dramáticas y tristes.
La solución es volver a poner en el centro el valor de la vida humana, la santidad de la vida humana en cualquiera de sus etapas, desde su concepción hasta su muerte natural, volver a poner en el centro de la dinámica social aquello que constituye a la sociedad, que es la familia y volver a apostar en nuestras políticas sociales por el vínculo matrimonial, aunque sea solamente civil; ya a la Iglesia nos toca relanzar la importancia del sacramento matrimonial y el valor de la familia.
Es una situación compleja a nivel psicológico también, estamos viendo también cómo individuos, en una psicología dañada, desprecian la vida, la familia y desprecian a los más vulnerables.
El trabajo, que es más bien un camino, sin poder ofrecer respuestas específicas, es poner al centro la santidad de la vida, el vínculo familiar y el desarrollo humano-psicológico, sobre el desarrollo tecnológico-economico.
Yadira Margarita De Alba Ortega/ Caridad y Verdad
La noticia de Eitan Daniel nos ha sacudido el alma. Al enterarme, camino a la universidad, me embargaron el coraje y la tristeza. Me pregunté: ¿Cómo es posible tanta miseria humana? ¿Qué le espera a nuestra niñez si, como sociedad, hemos permitido que se desvanezca el valor de la dignidad humana, incluso desde el vientre materno?
Este acto sanguinario no es un evento aislado, sino el culmen de una crisis de conciencia y de salud mental que no hemos querido ver. Más que señalar con un dedo acusador, este suceso es un llamado urgente a levantarnos. No podemos seguir viviendo en la «plasta» del egoísmo y la indiferencia, asumiendo que «no nos toca».
Para prevenir que estas tragedias se repitan, la solución no vendrá solo de leyes o gobiernos, sino de un compromiso personal y comunitario:
Trabajar la conciencia desde el hogar: La propuesta principal es volver a casa. Es necesario apagar el televisor y el celular para encender la comunicación con nuestros hijos. El cansancio laboral no justifica el abandono emocional. Educar nuestras propias pasiones y pecados es el primer paso para no descargar nuestras frustraciones en los más débiles.
Activar la Doctrina Social: Debemos poner en marcha los valores que se nos han dado. Somos entes sociales por naturaleza y nos toca actuar en la escuela, en la iglesia y en el barrio. Necesitamos redes de apoyo que detecten a tiempo cuando una familia está en crisis de salud mental o espiritual.
Atención a la Salud Mental y Espiritual: Nadie en su sano juicio comete tales actos. Necesitamos normalizar la búsqueda de ayuda y el acompañamiento, dejando de lado la flojera espiritual que nos impide atendernos a nosotros mismos para poder atender a los demás.
Corresponsabilidad Ciudadana: Debemos quitarnos la venda de los ojos. Lo de Eitan es lo que salió a la luz, pero hay muchas «calamidades silenciosas» ocurriendo al lado de nuestra casa. Dejemos de ser espectadores de la destrucción y convirtámonos en guardianes de nuestro entorno.
Conclusión: Lo sucedido es el resultado de la dejadez de nuestra propia conciencia. Si no somos capaces de educar nuestro corazón y hacernos presentes en la vida de quienes amamos, seguiremos lamentando tragedias. El cambio comienza por el amor propio que se traduce en amor y protección para nuestra familia.






























































