Mons. Ramón Castro/ Presidente de la CEM
Hermanos y hermanas, la Iglesia nació para extender el reino de Cristo y hacer que todos los hombres y mujeres participen de la salvación. Toda actividad que hacemos con este fin se llama apostolado, y aunque en la Iglesia hay diferentes ministerios, todos participamos de esa gran misión. Los laicos son parte fundamental del cuerpo de Cristo y están destinados al apostolado.
La fuerza para cumplir esta misión de evangelizar y santificar viene de alimentarse con los sacramentos, la oración y la participación en la liturgia. Como dijo Jesús, el que permanece en mí da mucho fruto, porque sin mí nada pueden hacer. A los laicos les corresponde especialmente ordenar todo lo temporal hacia Dios.
Esto significa que toda actividad en este mundo, la política, el comercio, la técnica, los diferentes oficios, la enseñanza, la producción, debe estar guiada por la luz del Evangelio. Cada uno de ustedes tiene una profesión específica, un papel en la sociedad, una responsabilidad familiar. Pues bien, cada uno, donde se encuentra, tiene la gran oportunidad y responsabilidad de hacer que los principios cristianos transformen esas realidades.
Cada uno puede y debe hacer que el amor, la justicia, el respeto, la honestidad y la sinceridad humanicen los ambientes y haga esta vida más bella. Recuerden que la caridad debe ser el distintivo de su acción. San Francisco decía, ten cuidado con tu vida, quizás sea el único Evangelio que muchos vayan a leer.
Es muy cierto, muchas veces sus obras son más fuertes que sus palabras. El Concilio Vaticano II nos recuerda que los laicos están llamados por Dios para que, desempeñando su profesión, guiados por el Espíritu del Evangelio, contribuyan a la santificación del mundo desde dentro, como levadura. Ustedes están llamados a ser esa levadura que fermente a toda la masa, en sus familias, en sus barrios, en sus trabajos.
Recuerden ser levadura, viviendo cristianamente, haciendo muy bien lo que les toca hacer y viviendo la caridad con creatividad y valentía. Queridos laicos de México, sean valientes y vivan con pasión su vocación. Sean libres y creativos.
Destáquense por ser mejores profesionales, por ser honestos y muy buenos ciudadanos. Y nunca dejen de ver en María, nuestra madre de Guadalupe, el modelo perfecto de vida espiritual y apostólica. Mientras llevaba una vida como la de todos nosotros, llena de preocupaciones familiares y trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo.
María, Reina de los Apóstoles, cooperó de manera única en la obra del Salvador, que ya nos enseña a vivir nuestra vocación laical con la misma entrega y amor. Venga a nosotros tu reina.
































































