Las últimas frases pronunciadas por Jesucristo durante su crucifixión el Viernes Santo, recopiladas de los cuatro evangelios, resumen la enseñanza, misión redentora y humanidad de Jesucristo…aquí una reflexion con la guía de sacerdote…

Pbro. Lic. Marcelino Delfín Poso/Presidente de la Comisión Diocesana de Liturgia
Las siete palabras de Cristo en la cruz fueron recopiladas y analizadas en detalle por vez primera por el monje cisterciense Arnaud de Bonneval (+1156) en el siglo XII. A partir de ese momento las consideraciones teológicas o piadosas de esas palabras se multiplican. Pero fue san Roberto Berlarmino (Doctor de la Iglesia, 1542-1621) quién más impulsó su difusión y práctica al escribir el tratado sobre las siete palabras pronunciadas por Cristo en la cruz. Desde entonces se propagó la costumbre de predicar el tradicional «sermón de las siete palabras» en la mañana o mediodía del Viernes Santo.
Primera palabra
Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen
Jesús mira el interior del hombre, allí donde se encuentra el pozo de agua viva. Él mira cuánta capacidad de amar posee y cuánta de amarse. Y descubre lo que cada uno busca mantener secreto.
Es consciente de la debilidad del hombre,
si le falta el impulso del amor verdadero,
y por ello se hizo hombre para curarnos por dentro.
No los perdona desde un espíritu de superioridad, sino desde la sinceridad más profunda, siente en su alma que no son culpables, no lo son ni ellos ni ninguno, al menos no del todo. Sabe que todos, unos y otros, solo han caído en una marea de maldad que les ha arrastrado al desacierto.
No perdona porque se lo merezcan o por dar ejemplo, perdona por su propia bondad, que siendo tan maravillosa, es solo una brizna de aire fresco.
Esta sociedad vive de la meritocracia, de hacer, hacer y hacer, perdiendo en el camino las enormes bondades de lo que uno es y en qué le convierte ese camino. Hemos de caminar en la verdad, sabiéndonos elegidos, sabiéndonos amados, y sabiéndonos por todo ello inspirados por Dios en Cristo.
No saben lo que hacen, pues para saber primero hay que conocer al otro, y ahí anida la gran pobreza de este mundo, que descarta a todos quedándose con poco.
Cristo anuncia con su vida, con su ejemplo y entrega. No seguimos a un buen hombre, ni al primer comunista, ni seguimos a un mesías, seguimos sencillamente a Dios que se hizo hombre y de entre todos los hombres asumió la condición de esclavo para desde ahí elevarnos al cielo, al cielo de los sueños y esperanzas, al cielo de la verdad sin faltas.
Segunda palabra
Yo te aseguro: Hoy estarás conmigo en el Paraíso
Hasta el último instante todo cuenta, como muestra Jesús con este gesto al “buen ladrón”, pero no podemos olvidar que, si bien un ladrón pidió perdón y por eso fue al cielo, hubo otro que no lo pidió y por tanto no lo fue.
Jesús siempre tiene la mano tendida y el corazón abierto,
siempre está al servicio y la entrega dispuesto,
siempre tendrá la puerta orientada a decir te quiero.
En demasiadas ocasiones no tenemos tanta paciencia con los demás, no esperamos ese último instante, ese último gesto, esa conversión final. Incluso cuando llega, desconfiamos que sea sincera y sentida. Por desgracia hemos sufrido muchos palos en la vida, y todos y cada uno han dejado cicatriz.
Pero también Jesús sufrió palos, latigazos, escupitajos e insultos.
Cristo sufrió el desprecio, la calumnia, la falsedad de un juicio injusto.
La clave para tener paciencia con los demás, es tener el corazón lleno de autoconfianza, si estás preocupado por lo que tienes que hacer te preocupa mucho menos lo que los demás interpreten o te impidan. Tu camino está por encima de los baches y de las espinas, tu camino tiene sentido en la meta, no en las dificultades que encuentras.
Cristo nos enseña a buscar la verdad siendo la cruz el destino,
del mismo modo todo es superable si en tu corazón brilla el sentido.
Tercera palabra
Mujer, ahí tienes a tu hijo […] Ahí tienes a tu madre
Clavado en la cruz, sufriendo el dolor del peso sobre los clavos, Cristo mira a su madre, mira a Juan, y ve en ellos a su familia, a sus hermanos.
A lo largo de toda su vida Jesús vivió con su familia, con sus seres queridos, y eso no cambió ni cuando comenzó a predicar el evangelio. Si primero fueron sus padres, luego fueron sus nuevos hermanos, esos que llamó por su nombre para que le siguieran en su caminar diario.
Jesús siente como propio, no la sangre ni apellidos,
sino el amor que desborda y que le pone de orgullo el pecho henchido.
¡Mujer! pues María es más que una madre, es una gran mujer, es la mujer que supo vivir sin pecado, supo servir sin ansias, supo estar siempre a su lado. María no ocupó un lugar que no debiera, supo estar siempre allí donde a Dios servía y a su hijo conviniera. Ella es ejemplo de sabiduría, de esperanza y de consuelo, aunque sea madre, es mujer que con su vida logró unir a todos con su afán de cariño y amor sincero.
María es la certeza de la entrega y el corazón lleno,
guarda en él las mil historias, alegrías e incluso sus miedos.
Aunque en el interior de María anidase la preocupación, nunca lo exteriorizó, y en estos momentos de mayor dolor, solo cabía en su alma el sufrimiento que ve en su hijo. No reclama para sí nada, aunque legítimamente pudiera pedirle a Dios lo que quisiera, ella bien sabe que todo eso es injusto e innecesario, pero mira a su hijo, haciendo suyo su calvario. Quisiera borrarle con sus lágrimas el sufrimiento que ve, y es por ello que no se priva de acompañarle en todo momento, pues si en algo puede, quiere ser ella su sostén.
En Juan, el discípulo amado, nos podemos ver todos reflejados, si María fue para Jesús el paño para aliviarlo, Juan lo es de Jesús para ser te quiero a su madre y a sus hermanos. Nosotros también somos discípulos amados, que hemos de servir como paño para aliviarlo, también lo somos para sus discípulos y seres amados.
Cuarta palabra
¡Dios mío Dios Mío!, ¿ Por qué me has abandonado?
(Mateo, 27, 46 y Marcos, 15, 34).
Era de esperarse, Señor. La circunstancia en la que estabas lo preveía y anunciaba.
Crucificado y elevado sobre la tierra, sentiste en tu carne y en tu alma, la sensación dolorosa del fracaso total, y del abandono de Dios.
En tu perfecta humanidad experimentaste lo que muchas veces experimentamos todos nosotros.
¿Dónde está Dios?… ¿Por qué permitió esto para ti?… ¿Acaso no hiciste todo lo que él quería que hicieras?… ¿Acaso no fue precisamente, el seguimiento puntual de su voluntad lo que te llevó al lugar donde estás ahora?…
En nuestro mundo hay muchísimas personas que sufren abandono y soledad. ¡Y cuántas veces hemos sido nosotros mismos, víctimas de ellos!
Producen un dolor profundo, difícil de soportar.
Apagan el ánimo y dan unas ganas enormes de dejarlo todo. El mundo se ve oscuro y vacío… El futuro no existe… Nada tiene sentido…
La gran tentación es, sin duda, dejar de luchar y de creer. Tu grito, Jesús, es nuestro grito y el de miles de millones de personas más, en todos los rincones de la tierra. Un grito que Dios escucha con su corazón de Padre, y que, sin duda, responderá en el momento oportuno. Un grito que, en nuestro tiempo, todos nosotros debemos oír y responder, como hermanos que somos, los unos de los otros.
Quinta palabra
Tengo sed
Dos simples palabras y un mundo de sufrimiento.
La sed es uno de las necesidades básicas que es preciso satisfacer con más urgencia, porque causa una gran ansiedad y un enorme desequilibrio corporal.
Era apenas lógico que la tuvieras, y que la manifestaras con tanta fuerza.
La sed y el hambre son hoy, dos grandes flagelos de la humanidad.
En el mundo hay más de mil millones de personas que padecen hambre. ¡Física hambre!… Y cerca del cuarenta por ciento de la población mundial, no dispone de agua potable, un elemento absolutamente imprescindible para mantener la vida.
Unos y otros están sometidos, además, a diversas enfermedades derivadas de estas graves carencias. Cada año mueren un millón setecientos mil niños por enfermedades producidas o agravadas por carencia de alimentos y de agua potable. Dicen los expertos, que no pasará mucho tiempo, antes de que la falta de agua se extienda por toda la tierra.
Y todos nosotros sabemos que el flagelo del hambre crece a pasos de gigante, en nuestra ciudad, en nuestro país, en nuestro continente americano, y en el mundo.
¡Y no porque no haya alimentos, sino porque muchas personas los desperdician, y otras más no tienen cómo comprarlos! Todo es consecuencia clara de nuestra inconsciencia; de los daños que hemos causado a la naturaleza; y también, por supuesto, del egoísmo que llevamos dentro, y contamina todas nuestras acciones. De nuestra codicia que nos mueve a acaparar, lo que es para compartir
Sexta palabra
Todo está cumplido
La vida se te escapa, Señor. Apenas tienes fuerzas para respirar.
Sin embargo, conservas tu conciencia, y puedes realizar un recorrido mental por lo que ha sido tu existencia en el mundo, y al terminarlo, exclamar con gran convicción: ¡Todo está cumplido!
Todo lo que quería mi Padre que hiciera, lo he hecho. Todo lo que quería que dijera, lo he dicho. Todo lo que esperaba que fuera, lo he sido. Ahora ya estoy listo para ir a su encuentro, con la certeza de haber llevado a cabo su plan de salvación en lo que me correspondía. Nos alegra por ti, Jesús, pero estamos seguros de que Dios Padre no quería que murieras así. No podía quererlo. Hemos sido nosotros los que te llevamos a la cruz; hemos sido nosotros los que hemos hecho que todo sucediera como sucedió… con tanta injusticia…. con tanta violencia.
Y lo más triste es que sigue sucediendo, en todos los lugares de la tierra. Cientos, miles de personas, mueren cada año en el mundo, de manera violenta. Cientos, miles, millones de personas, son víctimas de nuestras injusticias, aquí y allá. Tú realizaste el plan que Dios Padre te encomendó, pero nosotros estamos cada día más lejos de hacerlo.
En el plan de Dios no están contempladas gran parte de las cosas que alimentan nuestra cotidianidad. En el plan de Dios no está, por ejemplo, que los pobres sean cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. Y mucho menos, que el número de ricos disminuya y el número de pobres aumente. En el plan de Dios no está la estratificación de la sociedad; ni la discriminación de las mujeres, de los negros, de los indígenas, de los inmigrantes y refugiados, de los ancianos y de los niños, de los homosexuales, o cualquier otra clase de discriminación.
En el plan de Dios no están las rivalidades que creamos en nuestras relaciones; ni la estigmatización de las personas por sus debilidades, por sus creencias, por sus ideas políticas. En el plan de Dios no está que podamos juzgar y condenar a los demás, según nuestros criterios y valores. En el plan de Dios no está nada que signifique odio, violencia, rencor, injusticia, soberbia, vanidad, codicia. En el plan de Dios no está nada que implique irrespeto al ser humano y a su integridad física y espiritual, ofensas a la vida, o manipulación y abuso de nuestra facultad de procrear.
Séptima palabra
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu
La oscuridad se cierne sobre Jerusalén. En el Calvario reina el silencio. En el rostro de Jesús surcado por la sangre que le hizo derramar la corona de espinas, se puede ver y sentir la proximidad de la muerte. Con las pocas fuerzas que le quedan, Jesús hace su confesión final, y exhala su último aliento, apenas perceptible. Recogemos con inmensa devoción, Jesús, tus últimas palabras. Son para todos nosotros, palabras de fe y de esperanza.
Abrimos, como tú, nuestra mente y nuestro corazón, al amor infinito del Padre. En sus manos ponemos lo que somos y lo que tenemos, como tú lo hiciste. No importa lo que suceda en nuestra vida. No importan los dolores que tengamos que soportar.
No importan las situaciones que debamos enfrentar. Sabemos perfectamente, estamos absolutamente seguros, de que Dios Padre está con nosotros, y que su amor subsiste por siempre. Es la gran lección que nos das desde la cruz, Señor.
La misma que nos diste a lo largo de tu vida en el mundo, pero ahora es más directa y clara, y toca las fibras más íntimas de nuestro ser.

































































