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Prescencia

Reflexiones de Cuaresma 2026: Crucificado por su debilidad, vive por la fuerza de Dios

Periodico Presencia Texto: Periodico Presencia
26 marzo, 2026
en Fe Católica
Reading Time: 9 mins read

Fr. Raniero Cantalamessa, OFM Cap./ Teólogo

En toda la Biblia, junto a la revelación de la fuerza de Dios, hay una revelación secreta, que podríamos llamar revelación de la debilidad de Dios. La debilidad de Dios está relacionada con lo que la Escritura llama con frecuencia «las entrañas misericordiosas de nuestro Dios» (cf Jr 31,20; Le 1,78). Esa debilidad lo vuelve, por así decirlo, impotente ante el hombre pecador y rebelde. El pueblo es «duro para convertirse», «se rebela con rebelión continua». ¿Y cuál es la respuesta de Dios? «¿Cómo podré dejarte, Efraín —dice—; entregarte a ti, Israel?… Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas» (Os 11,8). Y como excusándose de esa debilidad, Dios dice: «¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas?» (cf Is 49,15).

En realidad, ese amor es, por excelencia, el amor de una madre. Nace en esas profundidades donde se ha formado la criatura y se apodera después de toda la persona de la mujer —de su cuerpo y de su alma—, haciéndole sentir a su hijo como una parte de sí misma de la que ya nunca podrá desprenderse sin un profundo desgarrón en su propio ser.

 

Su debilidad

La causa de la debilidad de Dios es, pues, su amor al hombre. ¡Ver cómo la persona amada se destruye con sus propias manos y no poder hacer nada! Algo de eso saben el padre y la madre que ven cómo su hijo se va apagando, día a día, a causa de la droga, y no pueden ni aludir a su verdadera enfermedad, por miedo a perderlo del todo. ¿Y no podría impedirlo Dios, siendo omnipotente? Claro que podría, pero destruyendo también la libertad del hombre, o sea ¡destruyendo al hombre! Por eso, sólo puede amonestar, suplicar, amenazar, que es lo que hace desde siempre por medio de los profetas.

 

Pero la dimensión de ese sufrimiento de Dios no lo conocíamos hasta que no tomó cuerpo ante nuestros ojos en la pasión de Cristo. La pasión de Cristo no es sino la manifestación histórica y visible del sufrimiento del Padre por culpa del hombre. Es la suprema manifestación de la debilidad de Dios: Cristo —dice san Pablo— «fue crucificado por su debilidad» (2 Co 13,4). Los hombres vencieron a Dios, el pecado salió victorioso y se yergue triunfante ante la cruz de Cristo. La luz ha sido cubierta por las tinieblas… Pero sólo por un instante: Cristo fue crucificado por su debilidad, «pero vive por la fuerza de Dios», añade enseguida el Apóstol. ¡Vive, vive! Él mismo se lo repite ahora a su Iglesia: «Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Infierno» (Ap 1,18).

Verdaderamente, «lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cc 1,25). La cruz —precisamente la cruz— se ha convertido en fuerza de Dios, sabiduría de Dios, victoria de Dios. Dios ha vencido sin dejar su debilidad, más aún, llevándola al extremo. No se ha dejado arrastrar al terreno del enemigo: «Cuando lo insultaban, no devolvía el insulto» (1 P 2,23). A la voluntad del hombre de aniquilarlo, no respondió con la misma voluntad de destruirlo, sino con la voluntad de salvarlo: «Por mi vida —dice—, no quiero la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva» (Ez 33,11). Dios manifiesta su omnipotencia con la misericordia y el perdón (parcendo et miserendo), dice una oración de la Iglesia. Al grito «¡Crucificalo!’, él contesta con el grito: «¡Padre, perdónalos!» (Le 23,34).

 

Dos palabras

No hay en todo el mundo palabras como esas tres palabras: «¡Padre, perdónalos!» En ellas se encuentran encerradas toda la fuerza y la santidad de Dios. Son palabras indomables; no pueden ser superadas por ningún delito, porque han sido pronunciadas bajo el mayor de todos los delitos, en un momento en que el mal hizo su esfuerzo supremo, más allá del cual ya no se puede llegar. «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» (1 Co 16,55). Esas palabras se parecen a las palabras sacramentales. Ellas también, a su manera, «producen lo que significan» —la reconciliación del mundo con Dios— y hacen realidad lo que expresan.

Esa reconciliación empieza enseguida, en torno a la cruz, con los que crucificaron a Cristo. Yo estoy seguro de que los que crucificaron a Cristo se han salvado y de que los encontraremos en el paraíso. Estarán allí para dar testimonio, por los siglos eternos, de hasta dónde ha llegado la bondad del Señor. Jesús rezó por ellos con toda su autoridad, y el Padre, que siempre había escuchado la oración del Hijo durante su vida (cf Jn 11,42), no pudo dejar de escuchar esta oración que el Hijo le dirigió cuando estaba a punto de morir. Detrás de los que lo crucificaron viene el buen ladrón, y después el centurión romano (cf Mc 15,39), y luego la multitud que se convierte el día de Pentecostés. Es un cortejo que ha ido aumentando cada vez más, hasta abarcarnos también a nosotros que estamos aquí esta tarde celebrando la muerte de Cristo. Del Siervo sufriente Dios había dicho por medio del profeta Isaías: «Le daré como premio una multitud…, por haberse entregado a la muerte y haber compartido la suerte de los pecadores. Pues él cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores» (Is 53,12). Porque intercedió por los pecadores diciendo: «~Padre, perdónalos!», Dios le dio como premio a Jesús de Nazaret muchedumbres.

 

La Verdad

Nosotros los hombres tenemos una visión distorsionada de la redención, y esto nos acarrea muchos problemas en el campo de la fe. Pensamos en una especie de transacción: Jesús, mediador entre Dios y los hombres, paga al Padre un precio por nuestro rescate —un precio que es su sangre—, y el Padre, «satisfecho», perdona a los hombres sus culpas. Pero ésta es una forma de ver las cosas demasiado humana, inexacta, o al menos parcial. Una visión que nos resulta intolerable incluso humanamente hablando: ¡un padre que necesita la sangre de su hijo para sentirse aplacado!

La verdad es otra: el sufrimiento del Hijo es lo primero (~es espontáneo y libre!), y a los ojos del Padre es algo tan precioso que su respuesta es hacerle al Hijo el mayor regalo que podía hacerle: darle una multitud de hermanos, hacerlo «primogénito de muchos hermanos» (cf Rm 8,29). «Pídemelo —le dice—: te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra» (Sal 2,8).

No es, pues, el Hijo quien paga una deuda al Padre, sino el Padre quien paga una deuda al Hijo por haberle «devuelto a todos los hijos que estaban dispersos». Y lo paga al estilo de Dios, con una medida infinita, ya que ninguno de nosotros puede imaginar, ni de lejos, la gloria y la alegría que el Padre le ha dado a Cristo resucitado.

Un poeta cristiano, comentando la oración del Padre nuestro, pone en labios de Dios estas palabras que suenan aún más verdaderas si las aplicamos a la oración de Jesús en la cruz, como ahora vamos a hacerlo:

 

«Como la estela de un hermoso navío, va extendiéndose hasta desaparecer y perderse; pero empieza en una punta, y esa punta viene hacia mí.

Y el navío es mi propio Hijo, cargado con todos los pecados del mundo.

Y esa punta son estas dos o tres palabras:

¡Padre, perdónalos!

Sabía bien lo que hacía aquel día mi Hijo que tanto los amaba,

cuando puso entre ellos y yo esta barrera:

¡Padre, perdónalos!

Estas dos o tres palabras.

Como un hombre que se echa un manto sobre los hombros,

vuelto hacia mí se había vestido,

se había echado sobre los hombros

el manto de los pecados del mundo,

y ahora el pecador se esconde detrás de él de mi rostro.

Se han amontonado como miedosos, ¿y quién podrá reprochárselo?

Como tímidos gorrioncillos se han hacinado detrás de él, que es fuerte.

Y me presentan esa punta.

Y hienden así el viento de mi cólera

y vencen hasta la fuerza de la tempestad de mi justicia,

Y el soplo de mi cólera no puede hacer la menor presa

sobre esa masa angular de alas fugitivas.

Porque ellos me presentan este ángulo:

¡Padre, perdónalos!

Y a mí no me queda más remedio que tomarlos bajo ese ángulo»

(Charles P Guy. El misterio de los santos inocentes. París, ed. Gallimard, 1975, p 697ss)

 

Tal vez la estela de ese «navío» esté pasando a nuestro lado justo ahora, en esta Pascua: no nos quedemos fuera; echémonos en brazos de la misericordia de Dios; escondámonos al abrigo de esa punta. Unámonos al alegre cortejo de los que han sido rescatados por el Cordero. En estos momentos, la Iglesia nos suplica, con las palabras del apóstol Pablo: «¡Reconciliaos con Dios!» (2 Co 5,20). Dios ha sufrido por ti, por ti en persona, y estaría dispuesto a volver a hacerlo, si fuese necesario para salvarte. ¿Por qué quieres perderte? ¿Por qué haces sufrir a tu Dios, diciendo que a ti todo eso no te importa? A ti Dios no te importa, ¡pero tú si le importas a Dios! Le importas tanto, que ha muerto por ti. Ten compasión de tu Dios, no seas cruel con él y contigo mismo. Prepara en tu corazón las palabras que vas a decirle, como el hijo pródigo, y ponte en camino hacia él, que te está esperando.

 

 

Su Bautismo de sangre

Es bien sabido por qué mucha gente no quiere reconciliarse con Dios. Dicen: hay demasiados inocentes en el mundo, demasiados sufrimientos injustos. Reconciliarse con Dios supondría reconciliarse con la injusticia, aceptar el dolor de los inocentes, ¡y yo no quiero aceptarlo! No se puede creer en un Dios que permite el dolor de los inocentes (A. Camus); el sufrimiento de los inocentes es «la roca del ateísmo» (G. Büchner).

¡Pero eso es un terrible error! Esos inocentes están cantando ahora el cántico de victoria del Cordero: «Eres digno. Señor, de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación…» (Ap 5,9). Ellos siguen la «estela» del Cordero, mientras que nosotros seguimos ahí, en esa «roca» desdichada. Sí, hay mucho dolor inocente en el mundo, tanto que ni siquiera podemos imaginárnoslo, pero ese dolor no tiene alejado de Dios al que lo sufre (es más, lo une a Él más que ninguna otra cosa), sino sólo al que escribe ensayos o discute, sentado cómodamente en su mesa, sobre el dolor de los inocentes. Los inocentes que sufren (empezando por los millones de niños a los que se mata en el seno de su madre) forman un «bloque» con el inocente Hijo de Dios. Estén o no estén bautizados, forman parte de esa Iglesia más amplia y oculta que empezó con el justo Abel y que abraza a todos los perseguidos y a todas las víctimas del pecado del mundo: la Ecclesia ab Abel. El sufrimiento es su bautismo de sangre. Al igual que los Santos Inocentes, cuya fiesta celebra la liturgia inmediatamente después de la Navidad, ellos confiesan a Cristo, no hablando sino muriendo. Ellos son la sal de la tierra. De la misma manera que la muerte de Cristo fue el mayor pecado de la humanidad, y sin embargo salvó a la humanidad, así también el sufrimiento de esos millones de víctimas del hambre, de la injusticia y de la violencia son la mayor culpa de la humanidad de nuestros días, y sin embargo contribuyen a salvar a la humanidad. Si todavía no nos hemos hundido, tal vez se lo debamos también a ellos, ¿y podemos llamar a todo eso inútil y desperdiciado? Pensamos que es un sufrimiento perdido porque ya no creemos de verdad en la recompensa eterna de los justos, en la fidelidad de Dios. No es la imposibilidad de explicar el dolor lo que hace perder la fe, sino la pérdida de la fe lo que hace inexplicable el dolor.

 

 

Entrañas de misericordia

Y a los pastores de su pueblo, en un día como el Viernes Santo, Dios les dice: Perdonad como perdono yo; yo perdono de corazón, me compadezco hasta las entrañas por la miseria de mi pueblo. Tampoco vosotros debéis sólo pronunciar con los labios unas frías fórmulas de absolución; yo quiero servirme no sólo de vuestros labios, sino también de vuestro corazón, para trasladarles mi perdón y mi compasión. Revestíos también vosotros de «entrañas de misericordia». Que ningún pecado os parezca demasiado grande, demasiado espantoso; decíos siempre a vosotros mismos y al hermano que tenéis delante: «Sí, pero la misericordia de Dios es mucho, mucho más grande».

Sed como aquel padre de la parábola que sale al encuentro del hijo pródigo y le echa los brazos al cuello. Que el mundo no sienta tanto sobre sí el juicio de la Iglesia, cuanto la misericordia y la compasión de la Iglesia. No impongáis enseguida penitencias que el pecador no este aún en condiciones de cumplir; más bien, haced vosotros penitencia por él, y así os pareceréis a mi Hijo. Yo amo a esos hijos extraviados y por eso les daré también, a su tiempo, la posibilidad de expiar su pecado. ¡Amad, amad a mi pueblo, al que yo amo!

 

¡Padre, perdónalos!

A los que sufren en el alma o en el cuerpo —los ancianos, los enfermos, los que se sienten inútiles y que son un peso para la sociedad y que tal vez miran con envidia desde su lecho a los que están a su lado, en pie y sanos—, yo quisiera decirles con toda humildad: ¡Mirad cómo se ha comportado Dios! Hubo un tiempo, cuando la creación, en que también Dios obraba con fuerza y alegría; hablaba, y se hacía todo, mandaba y todo empezaba a existir. Pero cuando quiso hacer una cosa todavía más grande, entonces dejó de obrar y empezó a padecer; inventó el propio anonadamiento y así nos redimió. Porque también en Dios, y no sólo en los hombres, «la fuerza se manifiesta plenamente en la debilidad» (cf 2 Co 12,9). Vosotros estáis codo con codo con Cristo en la cruz. Si sufrís por culpa de otros, decid con Jesús: «¡Padre, perdónalos!» y el Padre os dará, como premio, a ese hermano para la vida eterna.

Finalmente, a todos quiero repetirles la gran noticia de este día: ¡Cristo fue crucificado por su debilidad, pero vive por la fuerza de Dios!

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