Diana Adriano
Como cada 6 de enero, en México se celebra el Día Nacional de la Enfermera y el Enfermero, una fecha instituida en 1931 por el Dr. José Castro Villagrana, entonces director del Hospital Juárez de México, quien consideró a las enfermeras como un verdadero “regalo de Reyes” por la esperanza y el cuidado que brindan a los pacientes.

En este marco conmemorativo, el Movimiento de Enfermeras de Acción Católica se reunió en la parroquia de El Señor de la Misericordia, donde participaron en una misa especial en la que se consagraron a Dios y renovaron su compromiso de servicio al enfermo, reconociendo en cada paciente el rostro de Cristo.
La celebración eucarística fue presidida por el padre Jesús Caldera, párroco de San Ignacio de Loyola y asesor auxiliar de MEAC, quien en su homilía destacó que esta fecha es una acción de gracias por una vocación “bella y profundamente humana”.

Una realidad cotidiana
Señaló que, para las enfermeras católicas, la Epifanía no es solo una fiesta religiosa, sino una realidad cotidiana que se manifiesta cada vez que entran a una habitación, curan una herida o consuelan al enfermo.
El sacerdote recordó las palabras del Evangelio: “Estuve enfermo y me visitaste”, enfatizando que el cuidado del enfermo, cuando se realiza con amor, se convierte en una manifestación concreta de Dios.
Añadió que cuando la medicina se vacía de amor, corre el riesgo de volverse fría y deshumanizada, olvidando que quien está frente al personal de salud no es un número, sino una persona con nombre, historia y rostro.
Asimismo, reconoció que la labor de enfermería implica cansancio, desgaste e incluso indiferencia social, pero invitó a las presentes a vivir una constante conversión interior, mirando al enfermo no solo como un caso clínico, sino como un hermano.
Destacó que su servicio es una forma de mística cotidiana, en la que la unión con Dios se concreta en las relaciones diarias y en el contacto directo con el dolor humano.

Administran esperanza
El padre Jesús también expresó que Dios ve y acompaña a las enfermeras en los turnos nocturnos, en el silencio, en el agotamiento y en esos momentos en los que son las únicas que sostienen la mano de un enfermo solo.
Afirmó que su vocación es una extensión del amor de Cristo, pues no solo administran medicamentos, sino también esperanza.
Al finalizar la celebración eucarística, las enfermeras pasaron una a una frente al altar para recibir una bendición especial por parte del sacerdote, quien encomendó a Dios su vida, su vocación y su servicio diario, pidiendo fortaleza, sabiduría y amor para que continúen siendo instrumentos de consuelo y esperanza para los enfermos.


































































