En el crepúsculo del jueves 25 de diciembre de 2025, en la solemnidad de la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo, y bajo una lluvia persistente en Roma, numerosos peregrinos se congregaron en el templo mariano Santa María la Mayor, para presenciar el rito de clausura de la Puerta Santa, presidido por el cardenal arcipreste Rolandas Makrickas.
El cardenal instó a los fieles a abrirse a la escucha de la Palabra, a la acogida del prójimo y al perdón. La esperanza es una luz que debe traducirse en oración y atención a los pobres para ser una Iglesia “con el Evangelio en las manos y el hermano en el corazón”.
«Al cerrar esta Puerta Santa, creemos que el corazón del Resucitado, fuente inagotable de vida nueva, permanece siempre abierto para quien espera en Él», afirmó.
Tras sus palabras, en un clima de profundo silencio, el purpurado subió los peldaños que conducen a la Puerta. De rodillas sobre el umbral, se detuvo en oración antes de ponerse en pie y cerrar los batientes.

Puertas abiertas para los demás
Ha pasado casi un año desde su apertura el 1 de enero de 2025. La elección del 25 de diciembre para su clausura no es casual: Santa María la Mayor custodia las reliquias de la Sagrada Cuna donde fue depositado el Niño Jesús al nacer.
“Lo que se cierra no es la gracia divina, sino un tiempo especial de la Iglesia; lo que queda abierto para siempre es el corazón misericordioso de Dios”, subrayó Makrickas durante la misa posterior.
“Hoy hemos visto cómo se cerraba la Puerta Santa —manifestó el purpurado—, pero la puerta que realmente cuenta es la de nuestro corazón: se abre al escuchar la Palabra de Dios, se ensancha al acoger al hermano y se fortalece al perdonar y pedir perdón”. Por ello, invitó a recordar que “cruzar la Puerta Santa fue un don, y convertirnos desde hoy en puertas abiertas para los demás es nuestra misión de futuro”. Un gesto sencillo y solemne que se transforma en “memoria agradecida y misión valiente”.
Un Jubileo, dos Papas
En su homilía, el arcipreste destacó la peculiaridad de este «Jubileo de la Esperanza» que llega a su fin: un Año Santo iniciado por el Papa Francisco y continuado por el Papa León XIV. Un precedente similar solo se encuentra en el Año Santo de 1700, inaugurado por Inocencio XII y clausurado por Clemente XI. Sin embargo, hoy como entonces, se trata de “un relevo que nos entrega la imagen de una vida de la Iglesia que nunca se interrumpe”, porque “el Señor jamás abandona a su Iglesia”.
El Jubileo de la Esperanza ha sido un tiempo en el que la Iglesia ha anunciado al mundo que Dios no está lejos, que la paz es posible y que la misericordia es más fuerte que el pecado.
Desde la basílica que custodia el icono de la Salus Populi Romani y los restos del Papa Francisco, el cardenal exhortó a los fieles a traducir el Jubileo en oración renovada, atención a los pobres y reconciliación familiar. Solo así se podrá ser “una Iglesia con el Evangelio en las manos y el hermano en el corazón”.
A continuación, el sábado 27 de diciembre, se llevó a cabo el cierre de la Puerta Santa de la Basílica de San Juan de Letrán. El rito fue presidido por el cardenal arcipreste Baldo Reina, Vicario General de Su Santidad para la Diócesis de Roma.
Al día siguiente, domingo 28 de diciembre, el cardenal arcipreste de la Basílica de San Pablo Extramuros, James Michael Harvey, presidió el rito análogo de clausura de la Puerta Santa.
Por último, la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro será clausurada el 6 de enero de 2026, en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, por el Papa León XIV. De este modo, concluirá oficialmente el Jubileo Ordinario de 2025.

































































