Catequesis 14: Ser un don para los demás
Mons. Ramón Castro Castro/ Presidente CEM
La persona humana es verdadera imagen de Dios, en la intimidad de su ser, Dios es un Padre que se entrega totalmente a su Hijo y el Hijo al Padre, el Espíritu Santo es el vínculo mismo de amor que se da a nosotros como don. Como nos enseña San Agustín, la humanidad que viene de Dios es Dios, es el Espíritu Santo, por el que se derrama el amor de Dios en nuestros corazones, haciendo que habite en nosotros la Trinidad.
El Papa León XIV nos recuerda que el Espíritu abre las fronteras, ante todo dentro de nosotros, es el don que abre nuestra vida al amor, esta presencia del Señor disuelve nuestras durezas, nuestros miedos, los egoísmos que nos paralizan.
En nuestro México actual, muchas veces nos encerramos por miedo, miedo a la violencia, miedo a confiar en el otro, miedo a que nos defraude, pero el Espíritu Santo viene a desafiar esa vida que se está atrofiando, absorbida por el individualismo, Dios es amor y Dios es don.
Puesto que somos imagen de Dios, en la medida en que somos un don para los demás, reflejamos más la viva imagen de Dios en nosotros, nuestro ser tiene una estructura de entrega y cuando vivimos así, nos sentimos realmente felices.
Una madre y un padre reflejan esta vocación cuando se dan a sus hijos, los educan, los cuidan, los protegen, los aman, En un país donde tantas familias están separadas por la migración o la violencia, cada gesto de amor familiar es un milagro de resistencia. Los hijos son un don para sus padres cuando obedecen con amor, cuando estudian con seriedad, cuando ayudan en el hogar. En tiempos difíciles como los que vivimos un joven que elige el estudio sobre las drogas, el trabajo sobre la violencia es un regalo de esperanza. Los amigos son un don unos para otros en la paciencia, la escucha, la compañía. En una sociedad polarizada donde las redes sociales dividen más que unir, la amistad verdadera es un tesoro que construye puentes. Los ciudadanos son un don para su ciudad y su patria cuando cumplen las leyes, cuando viven honestamente, cuando cooperan en la construcción de la paz. En un México donde la corrupción se ha normalizado, cada acto de honestidad es un acto revolucionario, los gobernantes son un don para su pueblo cuando trabajan por el bien común, cuando generan condiciones de desarrollo para todos.
En tiempos de desconfianza hacia la clase política necesitamos desesperadamente líderes que entiendan que gobernar es servir, especialmente cuando cuidan de los más vulnerables, los migrantes que huyen de la violencia, las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, los jóvenes que no encuentran oportunidades, las familias que luchan contra la pobreza.
La Doctrina Social de la Iglesia nos invita a vivir la vida en una clave de don, de darse, a poner nuestros talentos al servicio de los demás, nuestros bienes deben cumplir con un destino universal y ser ocasión de beneficio para todos, eso significa que el empresario próspero debe generar empleos dignos, que el médico exitoso debe atender también a quien no puede pagar, que el maestro debe educar con excelencia a todos sus alumnos, no solo a los de familias acomodadas.
En el reino de Cristo cada talento es una responsabilidad, cada bendición es una oportunidad de bendecir a otros, el reino se construye cuando dejamos de preguntarnos ¿qué puedo obtener? y empezamos a preguntarnos ¿qué puedo dar?
Cuando un policía rechaza una mordida es un don para la justicia, cuando un maestro queda después de clases para ayudar a un alumno es un don para el futuro, cuando una familia acoge a un migrante es un don para la humanidad.
En Cristo Rey encontramos el modelo perfecto de vida donada, Él se entregó completamente por nosotros, que su ejemplo nos inspire a vivir no para nosotros mismos, sino como don para los demás, construyendo así su reino de amor en nuestra tierra mexicana
¡Venga a nosotros tu Reino!


































































