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Prescencia

Cristo resucitado: referencia de nuestra futura resurrección

Periodico Presencia Texto: Periodico Presencia
17 abril, 2026
en Fe Católica
Reading Time: 7 mins read

Cándido Pozo, SJ (+)

Ya vimos cómo, según el Nuevo Testamento, nuestra futura resurrección gloriosa tendrá lugar a imagen de la resurrección de Cristo (cfr. 1 Co 15, 49).

Este dato está recogido por el magisterio de la Iglesia ya en tiempos de los Santos Padres. Así el concilio XI de Toledo (675) profesa su fe en la resurrección futura «por el ejemplo de nuestra Cabeza» 23, lo que es tanto como decir que hay que explicarla a la luz de la resurrección de Cristo. Ahora bien, podemos señalar cuatro datos fundamentales de la resurrección de Jesús, que hay que tener en cuenta para explicar nuestra resurrección futura: el tema del sepulcro vacío, el lenguaje técnico de las apariciones, las escenas de reconocimiento y la transformación gloriosa del cuerpo del Señor resucitado.

El sepulcro vacío

Los relatos evangélicos de los acontecimientos del domingo de Pascua comienzan todos narrando que las mujeres encontraron vacío el sepulcro de Jesús. No es éste el momento de discutir la historicidad de este hecho; aparte de remitir a estudios exegéticos serios sobre este punto, nos basta aquí algo mucho más simple. Es importante ser conscientes de «que el mensaje de la resurrección de Jesús no habría podido mantenerse un solo día en Jerusalén, si realmente no se hubiera mostrado un sepulcro vacío, reconocido también generalmente como el sepulcro de Jesús». «Los predicadores de la resurrección de Jesús habrían sido objeto de irrisión pública, si lo que se veía en el sepulcro de Jesús no hubiera hablado a favor de ella» y, por el contrario, «se hubiera podido señalar un sepulcro con el cadáver asesinado de Jesús».

Pero lo verdaderamente esencial es señalar la importancia teológica de este hecho. Muflner ha escrito: «Precisamente, el sepulcro vacío de Jesús implica la identidad corpórea entre el crucificado y el resucitado, con tal que no se deje de ser consciente de la diversidad cualitativa del cuerpo glorificado de Jesús». No me detengo ahora en la última afirmación de este párrafo de Muflner, que se refiere ya al tema de la transformación gloriosa del cuerpo del resucitado, de la que nos ocuparemos más adelante. La idea de identidad corpórea entre el crucificado y el resucitado se encuentra en la forma primitiva de la «parádosis» sobre el evento pascual que nos conserva 1 Co 15, 3-4, en la cual las fórmulas «murió por nuestros pecados», «fue sepultado» y «resucitó» están en una íntima conexión; con ello se indica que «el muerto en la cruz fue sepultado y el sepultado fue resucitado»; de este modo se subraya que «ha resucitado al tercer día» aquel cuyo cuerpo fue crucificado y «sepultado».

Una manera de concebir, muy paralela a la de 1 Co 15, 3-4, se encuentra en el discurso de Pedro el día de Pentecostés. Según parece, la lectura crítica correcta de Hch 2, 31, sería: «[David] habló de la resurrección de Cristo, cuya alma no sería abandonada en el sheol ni cuya carne vería la corrupción». Ello entra en la línea lógica del discurso de Pedro, que en el v. 27 cita Sal 16, 10, según los LXX y no según el texto hebreo: «porque no abandonarás mi alma en el sheol, ni permitirás que tu Santo vea la corrupción». Con estas premisas, la proclamación del v. 32 («A este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos») hace referencia a los dos elementos humanos de Jesús: a su alma que había descendido al sheol, pero que no sería abandonada en él; y a su cuerpo que descansaba en el sepulcro, pero que no permanecería en él hasta ver la corrupción. Si se supone que en Hch 2, 31, hay que leer no como hemos indicado, sino «[David] habló de la resurrección de Cristo que no sería abandonado en el sheol ni cuya carne vería la corrupción», aunque entonces el texto sería menos explícito, la exégesis tendría que ser la misma a la luz de la cita de Sal 16 [15], 10, que se hace en el v. 27 («no abandonarás mi alma en el sheol») y que constituye el trasfondo de toda la argumentación del discurso de Pedro. Por ello, es necesario mantener, a propósito de la resurrección de Jesús, una restitución de su unidad existencial destruida por la muerte, una nueva revivificación de su cuerpo por su alma, revivificación que debe completarse con la idea de transformación, como explicaremos más adelante.

El sepulcro vacío de Jesús, a no ser que se suponga que los apóstoles robaran su cuerpo (Mt 28, 11-15), es indicativo de que la resurrección del Señor se refiere al cuerpo que pendió muerto en la cruz y que descansaba en el sepulcro. No parece que haya otras explicaciones posibles, mucho menos si tenemos en cuenta el modo de hablar de los evangelios a propósito de las apariciones de Cristo resucitado.

 

El lenguaje técnico de las apariciones

En el kerygma sobre la resurrección de Jesús conservado por Pablo en 1 Co 15, 3-8, de cuyos primeros versículos nos hemos ocupado ya, llama la atención que, para hablar de las apariciones del resucitado, se repite cuatro veces la palabra orthé; se trata del aoristo pasivo del verbo órao (= ver). Esta palabra se utiliza también en otras ocasiones en el Nuevo Testamento para hablar de las apariciones de Cristo resucitado. Hay que insistir en que la traducción exacta de esta palabra no es «se apareció», sino «se mostró», «se hizo ver», «se dio a ver». Pero sólo si se está presuponiendo la realidad del cuerpo del resucitado, tiene sentido afirmar que ese cuerpo «se dio a ver».  Se habla así de un encuentro real con el cuerpo real del resucitado.

En Hch 10, 40, encontramos una interpretación del sentido del término orthé, referido a las apariciones del resucitado: «Dios lo resucitó al tercer día y le dio hacerse manifiesto». Una vez más, al igual de lo que sucedía con la palabra orthé hay que insistir en que «hacerse manifiesto» presupone la realidad del cuerpo que se manifiesta en las apariciones.

Pero no puede olvidarse que la palabra («se dio a ver») se encuentra cuatro veces en el kerygma de 1 Co 15, 3-8. Ahora bien, ya hemos visto cómo en los versículos 3-4 de esa perícopa se yuxtaponían los verbos «murió», «fue sepultado», «resucitó»; a partir de esta concatenación de verbos, se sigue afirmando: «se dio a ver». De este modo, hay que decir no sólo que el cuerpo que estuvo en la cruz y fue sepultado, es el cuerpo que resucitó, sino que ese mismo cuerpo es el que «se dio a ver».

 

Las escenas de reconocimiento

Dentro de las apariciones del Señor resucitado, hay que atribuir una especial importancia teológica a las llamadas «escenas de reconocimiento». Entre ellas se sitúa la aparición de Jesús en la tarde del mismo domingo de Pascua, narrada en Le 24, 36-43. Jesús se aparece en medio de los apóstoles. Ante su aparición inesperada, los apóstoles sienten temor, porque «creían ver un espíritu» (v. 37). Frente a este sentimiento de miedo, el relato subraya una doble insistencia de Jesús. Por un lado, invita a los apóstoles a que lo toquen para que comprueben que no es un fantasma inmaterial: «palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo» (v. 39). En esta misma línea se coloca la petición de comer que hace Jesús y el hecho de que comió realmente delante de los apóstoles el trozo de pez asado que ellos mismos le habían presentado (v. 42-43). Hay, por tanto, una primera insistencia en que tienen ante los ojos un cuerpo real. Pero hay otra insistencia ulterior por parte de Jesús: «ved mis manos y mis pies, porque yo soy el mismo». Es curioso que Jesús muestra, como medios de reconocimiento, las manos y los pies, que normalmente no son medio para reconocer a alguien (el medio normal es evidentemente el rostro); ello no es inteligible, si no hay algo especial en esas manos y esos pies que permite reconocer el cuerpo que tienen delante, como el cuerpo que estuvo crucificado. La alusión a las llagas es evidente, tanto más que, como veremos, la misma alusión a las llagas va a reaparecer también en las dos escenas de reconocimiento que se relatan en el c. 20 del evangelio de san Juan. En todo caso, el sentido de la segunda insistencia, más allá de afirmación de la realidad física del cuerpo del resucitado, es mostrar que el cuerpo que tienen ante los ojos, es el mismo que estuvo crucificado. Se trata, por tanto, de una neta afirmación de identidad corpórea.

La misma insistencia aparece en las dos escenas de reconocimiento, contenidas en Jn 20, 19-29. Baste recordar que, en la primera de ellas, Jesús al aparecerse a los apóstoles, «les mostró las manos y el costado» (Jn 20, 20). Manos y costado son el punto de referencia de la condición que Tomás pone para creer (Jn 20, 25). En la segunda escena, Jesús invita a Tomás: «Trae acá tu dedo, mira mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20, 27). Una vez más, la repetida comprobación a través de las manos y el costado tiene el sentido de mostrar que el cuerpo que tienen delante, es el mismo que estuvo crucificado.

 

 

La transformación gloriosa del cuerpo del Señor resucitado

 

La resurrección de Jesús no puede colocarse en paralelismo con los milagros de resurrección (resurrección de la hija de Jairo, la del hijo de la viuda de Naim o la de Lázaro) que Él mismo realizó durante su vida pública. En todos estos casos, tiene lugar una vuelta a la vida terrena; se resucita entonces para volver a las condiciones normales de la vida de aquí abajo y a estar sujeto al dolor, a la enfermedad y finalmente, de nuevo, a la muerte. Por el contrario, «Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre Él» (Rm 6, 9). La sustracción del cuerpo resucitado de Jesús a la muerte sólo es posible porque ese cuerpo ha sido objeto de una profunda transformación, en virtud de la cual pasa a ser «el cuerpo de su gloria» (Flp 3, 21).

Este nuevo modo de ser del cuerpo resucitado de Jesús se manifiesta en la manera misma de realizar sus apariciones. En ellas se hace presente en un determinado espacio terreno y actúa en él; pero el modo de hacerse presente y de actuar indica que su corporeidad, aunque plenamente real, no pertenece ya a este mundo terreno.

Aludiendo a la aparición a los dos discípulos de Emaús, el final de Marcos afirma que se les mostró «en otra forma» (Mc 16, 12); no pocos exegetas ven afirmado en estas palabras, lo que sería una mera consecuencia de la transformación gloriosa del cuerpo de Jesús. Repercusión de esta transformación sería el hecho de que los discípulos en un primer contacto con Jesús no lo conocen, aunque después lo «reconocen» (cfr. Lc 24, 16 y 31; Jn 20, 15-16).

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