Mensaje al pueblo de dios de la CXX Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano…
En este tiempo de Pascua, en el que celebramos que la vida ha vencido a la muerte, reciban la paz del Resucitado, que renueva nuestros corazones y nos impulsa a caminar en esperanza.
Celebramos nuestra CXX Asamblea Plenaria en una semana marcada por contextos de guerra, corazones endurecidos, pueblos y culturas amenazadas, la lenta erosión de las instituciones en nuestra patria, el paulatino derrumbe del orden mundial, la necesidad de fe del pueblo y, al mismo tiempo, por oportunidades que se abren para caminar hacia la reconciliación y construir la fraternidad entre los pueblos.
El papa Francisco, cuyo primer aniversario luctuoso recordamos este 21 de abril, nos insistía en que «la fraternidad es la nueva frontera de la humanidad» (Mensaje para el primer Día de la Fraternidad Humana, 2021), y nos exhortaba a que, incluso en los escenarios más adversos, «¡no nos dejemos robar la esperanza!» (Evangelii Gaudium, 86).
Mientras los obispos de México nos reuníamos, el papa León XIV iniciaba el 13 de abril su Viaje Apostólico a África, presentándose ante el mundo como «peregrino de paz». Días antes, desde una multitudinaria vigilia en la Basílica de San Pedro, sus palabras sacudieron la conciencia del mundo: «¡Basta de idolatría del yo y del dinero! ¡Basta de ostentación de poder! ¡Basta de guerra!» Y en Argel, ante gobernantes y diplomáticos del mundo entero, pronunció palabras que resuenan con fuerza particular en nuestra realidad mexicana: «Multipliquemos los oasis de paz, denunciemos y eliminemos las causas de la desesperación, luchemos contra quienes lucran con la desgracia ajena».
Estas palabras interpelan a gobernantes y ciudadanos, a grupos armados y a todos los que tienen en sus manos decisiones que afectan la vida de las personas. La paz no se construye con armas ni con discursos vacíos: se construye-como nos dice el Papa- multiplicando oasis, denunciando causas y luchando contra quienes medran con el sufrimiento ajeno.
Los trabajos y momentos de este encuentro de los obispos de México hemos tenido como finalidad animar y renovar nuestro compromiso de ser la Iglesia que el Resucitado quiere para nuestro tiempo, en diálogo con las nuevas realidades que vivimos, y así contribuir a la construcción de la paz. No podemos acostumbrarnos al dolor ni volvernos indiferentes ante estas realidades. Detrás de cada crisis hay personas heridas, en búsqueda de sentido de vida que merecen ser acompañadas.
Nos sigue preocupando la situación de inseguridad que vivimos en el país mostrada en los acontecimientos del pasado mes de febrero. Callar ante la inseguridad es traicionar el evangelio. Un país que normaliza la muerte pierde vida, la violencia no solo destruye vidas, corrompe la esperanza. Hacemos una llamada a la sociedad civil organizada para seguir trabajando por la paz y la reconciliación en el país, y construir juntos una historia cuyos frutos lo gocen las futuras generaciones.
La memoria cristera, cuyo centenario estamos celebrando, es testimonio de fe, donde miles de personas dieron su vida por la libertad religiosa con valentía y fidelidad. No es una memoria de confrontación, se recuerda con gratitud, no para dividir, sino aprender y construir.
Recordamos las palabras de Jesús en la víspera de su Pascua: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado» (cf. Jn 15,12).
Estamos convencidos que en este amor se encuentra el camino para reconstruir el tejido social y sanar nuestras heridas más profundas. La mayor riqueza de nuestro pueblo no es material, sino el don que Dios ha puesto en nuestro interior: la capacidad de amar.
Durante este encuentro también reflexionamos sobre el valor que cada persona tiene y la relevancia de la vocación, no entendida como una realidad exclusiva del ministerio sacerdotal o de la vida consagrada, sino como la llamada personal que Dios, desde su infinito amor, dirige a cada persona para participar, desde su estado de vida y sus carismas, en la sociedad. Nuestra juventud busca dar sentido a su vida desde la fe, en la escucha y acompañamiento con un lenguaje concreto para descubrir y vivir plenamente su propia vocación bautismal.
La celebración del próximo campeonato mundial de fútbol, nos invita a los participantes y asistentes a hacer de este evento un signo de la vocación humana a la comunión entre los pueblos y una oportunidad para mostrar que es posible vivir la fraternidad en la diversidad, respetarnos y reconocernos como una sola familia humana.
Que Santa María de Guadalupe, Reina de la paz, interceda por nuestra nación, para que aprendamos a mirarnos como hermanos y a tender puentes con un futuro reconciliado, que brota de la justicia y la misericordia.
Con nuestra bendición y cercanía.
Los Obispos de México
Cuautitlán Izcalli, Estado de México, 16 de abril de 2026

































































