¡Cristo ha resucitado y es nuestra esperanza en la resurrección de la carne!

Cándido Pozo, SJ (+)
La centralidad que el tema de la resurrección de Jesús tiene dentro del Nuevo Testamento, es un hecho bien conocido. El anuncio que Pablo hace de ella a los Corintios, resuena con acentos de especial solemnidad: «Pues os transmití en primer lugar lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado; y que resucitó al tercer día según las Escrituras» (1 Co 15, 3-4).
De la realidad de la resurrección de Jesús depende que tanto la predicación apostólica como la fe de los cristianos no sean vacías: «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana vuestra fe» (1 Co 15, 14). Ahora bien, el hecho de la resurrección de Jesús no es un acontecimiento cerrado en sí mismo. En efecto, Jesús no sólo ha resucitado, sino que es «la resurrección y la vida» (Jn 11, 25) . «Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que duermen» (1 Co 15, 20).
Verdades que se afirman
La palabra aparjé sugiere un proceso que se abre con la resurrección de Él para extenderse, un día, a la nuestra. Se trata de la misma idea expresada en Col 1, 18: Cristo «es el principio, primogénito de entre los muertos».
La conexión entre la resurrección de Jesús y la nuestra explica que en las profesiones de fe —baste referirse aquí al Credo Niceno-Constantinopolitano, a la «fórmula de la tradición inmortal de la Santa Iglesia de Dios», como lo denominó Pablo VI —los creyentes proclaman su fe en Jesucristo que «resucitó al tercer día según las Escrituras», para concluir añadiendo: «Esperamos la resurrección de los muertos». Si ambas aserciones se encuentran en un mismo Credo, ello no sucede como mera yuxtaposición de dos verdades creídas; se afirman ambas sucesivamente, porque la primera es el fundamento de la segunda.
Sobre la resurrección sacramental
La relación entre la resurrección de Jesús y la nuestra es múltiple. En primer lugar, la resurrección de Cristo es causa de nuestra resurrección futura: «como por un hombre [Adán] vino la muerte, también por un hombre [Cristo] vino la resurrección de los muertos» (1 Co 15, 21) 6. Pero hay que añadir que nuestra futura resurrección gloriosa se hará a imagen de la resurrección de Cristo: «como hemos llevado la imagen del [Adán] terreno, llevaremos la imagen del [Adán] celeste» (1 Co 15, 49). La expresión «celeste» (se aplica a Cristo en cuanto que, por su resurrección, el cielo es la situación que le corresponde.
Por ser la resurrección de Jesús ejemplar de la nuestra, debe decirse que nuestra resurrección futura es «la extensión de la misma Resurrección de Cristo a los hombres» . Ello obliga, como veremos, a tomar la misma resurrección de Jesús como principio hermenéutico para explicar la nuestra.
En todo caso, la relación mutua entre la resurrección de Cristo y la nuestra no es inteligible, si no se reflexiona sobre la resurrección sacramental que para cada bautizando tiene lugar en el bautismo. En él hay un misterio de muerte y resurrección en cuanto que en el bautismo muere nuestro «hombre viejo» y resucita un «hombre nuevo» (cfr. Rm 6, 3-11). Este proceso puede asimiliarse igualmente a un nuevo nacimiento en el que nacemos virginalmente del agua y del Espíritu Santo (Jn 3, 5) o, como muy pronto interpretaron los Santos Padres, de la Iglesia y del Espíritu Santo.
Una explicación
Es la idea que está expresada en los conocidos versos del baptisterio de Letrán, de los que verosímilmente es autor san León Magno antes de su pontificado: «La madre Iglesia da a luz por el agua a los nacidos con parto virginal, que concibe por inspiración de Dios». De este modo, al Espíritu Santo se atribuye nuestro nuevo nacimiento o, lo que es lo mismo, nuestra resurrección espiritual. Pero esa resurrección tiene lugar «en Cristo» (cfr. Col 2, 12), es decir, por una incorporación vital a Cristo resucitado. De este modo, apuntan ya temas que, en un ulterior desarrollo, harán perceptible un encuadre trinitario de nuestra resurrección gloriosa.
No puede olvidarse además que el bautismo nos introduce en la Iglesia. El pecador aunque ciertamente es miembro de la Iglesia, no está plenamente incorporado a ella; por ello, si se mira sólo a los que poseen una plena incorporación a la Iglesia, se descubrirá el rostro de la Iglesia como una comunión de hombres espiritualmente resucitados, que están vitalmente unidos con su Cabeza que es Cristo ya corporalmente resucitado. Esto hace comprensible que la resurrección final tenga el sentido de hacer posible la plena comunión, también corpórea, entre los hombres ya entonces corporalmente resucitados y el Señor corporalmente glorioso, llevando así a su consumación la comunión que había tenido comienzo ya en el bautismo.
Sentido eclesial
Por otra parte, por ser consumación del misterio iniciado en el bautismo, en el momento de la incorporación vital del nuevo cristiano a la Iglesia, la resurrección final posee un claro sentido eclesial. Tenemos así los dos aspectos que Pablo reúne, cuando hablando de la resurrección gloriosa de los que son de Cristo, concluye: «y así estaremos siempre con el Señor» (1 Ts 4, 17); la frase está en plural, porque no se trata de un acontecimiento individual, sino eclesial; y sitúa, como meta de nuestra resurrección gloriosa, la plena comunión con el Señor resucitado.
La expresión suprema de nuestra esperanza puede resumirse en esta frase de san Pablo: «los que murieron en Cristo, resucitarán» (1 Ts 4, 16).
También Tertuliano formulaba con una impresionante energía: «La esperanza de los cristianos es la resurrección de los muertos; creyéndola, somos [cristianos]». Es una afirmación escandalosa para el mundo, en nuestros días y en cualquier otro tiempo, como escandalosa es también la afirmación de la resurrección de Jesús. Por haber proclamado ésta en el Areópago, Pablo fue objeto de burla por parte de los atenienses (cfr. Hch 17, 32).
Cuestión de fe
Orígenes describía en su tiempo una situación que no es diversa de aquélla en que nosotros nos encontramos hoy: «Además, el misterio de la resurrección, por no ser entendido, es la risa incesante de los infieles». Se trata de una verdad difícil, como reconoce Tertuliano: «Es más duro creer la resurrección de la carne que una sola divinidad». Él mismo confiesa haberse burlado, antes de su conversión, del conjunto de la fe cristiana, con mención concreta también de la resurrección: «También nosotros nos reímos de estas cosas en otro tiempo».
Algo parecido, en una situación semejante antecedente a su plena entrega a Cristo, reconocía san Gregorio Magno de sí mismo: «Pues muchos dudan de la resurrección, como en otro tiempo fue nuestro caso». San Agustín señalaba: «En ninguna cosa se contradice tanto a la fe cristiana como en la resurrección de la carne».
Estas burlas y estos ataques no consiguieron que los cristianos de los primeros siglos dejaran de profesar su fe en la resurrección. Buena prueba de ello es el hecho de que todos los Credos culminen en este artículo.
Tampoco los teólogos cristianos dejaron de exponer su sentido. La resurrección de los muertos es «el tema monográfico más frecuente de la teología preconstantiniana; apenas existe una obra de la teología cristiana primitiva que no hable de la resurrección».
Con esta misma audacia y confianza, con esta libertad en el hablar, también debemos afrontar hoy, tanto a nivel de creyentes como a nivel de teólogos, el tema de la resurrección.

































































