Catequesis 13. La transformación del mundo en el mandamiento del amor
Mons. Ramón Castro Castro/CEM
Discípulos del amor: hemos visto como el reino supone una sociedad reconciliada en la justicia y en la paz. Estos dos rasgos encuentran su plenitud en el mandamiento nuevo del amor. Ámense los unos a los otros, así como yo los he amado. Ámense también ustedes los unos a los otros. Este mandamiento está dirigido a todos los hombres y mujeres, especialmente a los cristianos.
En nuestro querido México, hombres y mujeres, niños y adultos se enfrentan cotidianamente a circunstancias donde, lejos de ser amados, son usados, violentados, desaparecidos, son descartados en medio de las dinámicas generadas por la cultura de la muerte.
Vemos esto en los feminicidios que enlutan a familias enteras, en la trata de personas que explota a los más vulnerables, en la violencia de narcotráfico que siembra terror en comunidades enteras. Todos los cristianos, ante estos escenarios que no nos deben resultar ajenos, estamos llamados a procurar la conversión en sentido amplio. Como dice la Doctrina Social de la Iglesia, reordenar esas dinámicas contrarias a la dignidad humana, hacia lo que es propio del hombre, el amor.
Abrir a todos los seres humanos los caminos del amor y esforzarse por construir la familia humana en Cristo, no son cosas inútiles. Es la certeza de que otro México es posible, un México donde reine el amor y no la muerte. Para sumarnos a esta conversión de la cultura de muerte, hacia la civilización del amor, es indispensable que los cristianos nos apostemos por transformaciones culturales profundas, especialmente en la educación, desde donde se pueden sentar las bases para esta nueva civilización.
Necesitamos una educación que forme no sólo profesionistas exitosos, sino seres humanos íntegros. Una educación que enseñe a nuestros jóvenes que el éxito no está en tener más, sino en amar más. Que la verdadera riqueza está en construir fraternidad, pero no es una tarea exclusiva de los católicos.
Para que estos esfuerzos den fruto del reino, debemos animar la participación, ese actuar junto con nosotros, con quienes, aun no compartiendo completamente pensamientos o creencias, sí encontramos unidad en lo fundamental. Podemos trabajar junto con personas de otras religiones, con organizaciones civiles, con todos los que buscan el bien común, unidos en la defensa de la vida, en la protección de los migrantes, en la lucha contra la corrupción.
Enfrentemos juntos los desafíos que el mundo nos presenta, la pobreza que margina, la violencia que destruye familias, la corrupción que roba oportunidades, el narcotráfico que pervierte a nuestros jóvenes.
Trabajemos para edificar aquí, ahora y para todos, las condiciones dignas para los hijos de Dios, para los herederos del Reino. Un México donde cada niño pueda soñar sin miedo, donde cada familia viva en paz, donde cada joven tenga oportunidades. El Reino del amor no es una utopía lejana, se construye en cada gesto de perdón que rompe el ciclo de venganza, en cada mano tendida el migrante, en cada no a la corrupción, en cada sí a la vida.
Cuando un joven decide dejar las drogas y estudiar, ahí está el Reino. Cuando una comunidad se organiza para protegerá sus niños, ahí está el Reino. Cuando alguien decide denunciar la corrupción en lugar de participar en ella, ahí está el Reino. Cuando un empresario paga salarios justos, ahí está el Reino del amor.
Que la madre del amor hermoso, nuestra Virgen de Guadalupe, interceda por nosotros y nos alcance las gracias para cumplir esta vocación a la que todos sus hijos hemos sido llamados. Transformar México es el mandamiento del amor.
Venga a nosotros tu Reino.

































































