Jerusalén – Roma: el asombro de los primeros testigos
Comenzamos esta nueva serie en la que uno de los mayores expertos del cristianismo primitivo, nos presenta este recorrido por la apasionante vida de los primeros seguidores de Cristo con precisión científica, amenidad y piedad.
Adalbert G. Hamman/Autor
El texto abre con una imagen poderosa: el contraste entre la humilde Galilea y la majestuosa Roma imperial. Imagina el asombro que debieron sentir Pedro, el pescador de Galilea, y Pablo de Tarso al llegar a la capital del mundo, contemplando sus templos, termas y palacios. En apenas una generación, estos hombres recorrieron en sentido inverso los caminos abiertos por las legiones romanas, surcaron el Mediterráneo y llevaron el Evangelio a Éfeso, Filipos, Corinto, Atenas y, más allá de Roma, “a los límites de Occidente”, que el autor identifica claramente con España.
Esta nueva religión se extendió con tal vigor que, ya en el año 64 d.C., inquietó al emperador Nerón y provocó la primera gran persecución. En ella perdieron la vida Pedro, primer obispo de Roma, y Pablo, decapitado probablemente en la vía Apia en el año 67. El historiador Tácito, en sus Anales, describe el incendio de Roma y cómo Nerón, para acallar los rumores que lo acusaban, culpó a los cristianos, a quienes presenta como “odiados por sus abominaciones”. Tácito menciona que el fundador de este movimiento, llamado Cristo, había sido ejecutado bajo Poncio Pilato durante el reinado de Tiberio. Así, el Imperio romano aparece como juez del Galileo y, al mismo tiempo, testigo involuntario de su paso por la historia. El autor señala que pronto llegaría el momento en que el mismo poder romano reconocería la victoria de Cristo.

La primera comunidad cristiana de Roma
La lista de los primeros obispos de Roma revela que la Iglesia primitiva de la capital era cualquier cosa menos latina. Los cristianos hablaban griego. Sirios, asiáticos y griegos apátridas formaban el núcleo de la comunidad. Asia estaba representada por un solo obispo, mientras que los griegos constituían aproximadamente un tercio de la lista episcopal. Esto muestra que el cristianismo se liberaba progresivamente de su tutela judía y se abría a las naciones. Roma, la Urbe, se convertía en metrópoli espiritual gracias al martirio de Pedro, y los cristianos, como los pueblos conquistados, miraban hacia ella, aunque con una mirada distinta.
El mapa de la Iglesia en el siglo II: una geografía mediterránea y marítima
Hasta el final del siglo II, la geografía cristiana es fundamentalmente mediterránea y marítima. Las Iglesias se disponen como un collar de puertos a lo largo de la costa oriental: desde Azoto hasta Antioquía, pasando por Jope, Sebasta, Cesarea de Palestina, Ptolomea, Tiro y Sidón. Pequeñas embarcaciones de cabotaje bastaban para unir estos puntos.
El impulso del año 112: la carta de Plinio el Joven a Trajano
A finales del siglo I y comienzos del II, la Iglesia da un segundo gran impulso y penetra hacia el interior de Siria y Asia Menor. Plinio el Joven, gobernador de Bitinia-Ponto, encuentra en el año 112 una “multitud considerable” de cristianos, incluso en zonas rurales. Su famosa carta a Trajano es un documento administrativo de primer orden: revela que el cristianismo ya no es un fenómeno exclusivamente urbano, sino que invade “burgos y campiñas”. Esta expansión inquieta a las autoridades porque amenaza las instituciones religiosas y sociales paganas. Plinio describe la vida cotidiana de los fieles: se reúnen antes del amanecer para cantar himnos a Cristo “como a un dios”, se comprometen con juramentos éticos y comparten una comida simple.
El documento define por primera vez la situación jurídica de los cristianos en el Imperio. Antioquía se consolida como el nuevo centro de difusión del cristianismo en Asia, desplazando a Jerusalén. Desde allí parten rutas terrestres y marítimas hacia Roma. La comunidad antioquena, enriquecida por los refugiados de Jerusalén tras el año 70, está formada mayoritariamente por fieles de origen pagano. De ella saldrá Ignacio de Antioquía, una de las figuras más nobles del siglo II, cuya ruta hacia el martirio en Roma será seguida por muchos sirios que se establecen en el valle del Po, en la Galia y hasta las orillas del Rin.
Asia Menor: el corazón espiritual y comercial
Toda la costa oriental del Mediterráneo, desde Antioquía hasta Pérgamo, está ya organizada en “iglesias” que gravitan alrededor de Éfeso y Esmirna. Éfeso, con su gran puerto y sus atarazanas, era el mercado más próspero de Asia. Importaba vinos del Egeo e Italia y exportaba madera, cera, lana y azafrán. Sus ferias comerciales y fiestas religiosas atraían multitudes. El templo de Artemisa y el culto a Cibeles (extendido hasta el Rin) muestran el ambiente religioso efervescente de la región. Pablo y Juan dejaron allí comunidades sólidas. Ignacio, poco después de la muerte de Juan, testimonia en sus cartas la vitalidad y la avanzada organización de estas iglesias.
Los habitantes de Asia Menor eran comerciantes natos, elocuentes, flexibles y adaptables. Se integraron rápidamente en la sociedad cosmopolita de Roma. Sin embargo, esta misma tierra generosa y crédula dio origen, en el oscuro burgo de Ardabau (frontera entre Frigia y Misia), al montanismo. Montano, un recién convertido exaltado, se presentó como encarnación del Espíritu Santo. El movimiento se extendió desde Asia hasta Roma y Cartago, generando preocupaciones doctrinales durante todo el siglo II.

Bajo Marco Aurelio (161-180): la gran expansión
Cincuenta años después, durante el reinado del emperador filósofo Marco Aurelio, la Iglesia cubre una nueva etapa decisiva. El mapa cristiano se abre en abanico desde Germania hasta Mesopotamia (el actual Irak), desde el Rin hasta el Éufrates y el Tigris. La expansión es especialmente notable en la costa africana del Mediterráneo, con dos grandes focos: Alejandría y Cartago. La navegación facilitó la evangelización; el fervor de los convertidos hizo el resto hacia el interior.
La Galia: puertos y rutas fluviales
En la Galia, los puertos principales fueron Narbona, Arles, Marsella y Fréjus. Desde la costa se llegaba fácilmente a Lyon y Vienne por vía fluvial y terrestre. Marsella concentraba la ruta del norte y la vía marítima. Era un centro intelectual donde los romanos estudiaban filosofía y medicina (relacionada con Alejandría). Inscripciones sugieren presencia cristiana desde el siglo II. Lyon, gran centro manufacturero y comercial, atraía a una numerosa colonia de orientales de Asia y Frigia. En el año 177, la iglesia de Lyon (asociada a la de Vienne) era ya lo suficientemente importante como para sufrir una dura persecución. Sus mártires, con nombres griegos y latinos, reflejan una comunidad mixta de asiáticos y autóctonos, comerciantes y mujeres.
África: Cartago, el granero de Roma
Las tres provincias romanas de África (Proconsular, Numidia y Mauritania) se extendían desde el golfo de Gabes hasta el Atlántico. Cartago, fundada por fenicios de Tiro y Sidón, era el centro geográfico, administrativo y comercial de una “Italia transmarina”. Dominaba el comercio del trigo y el olivo. Antes del cristianismo, había sido escenario de sacrificios humanos a Baal Hammón y Tanit, prácticas bárbaras que los emperadores no lograron erradicar del todo.
No existen textos precisos sobre los orígenes cristianos en Cartago. Tertuliano y Agustín afirman que el Evangelio llegó desde Oriente. Las primeras conversiones probablemente se dieron entre las colonias judías de los puertos, aumentadas por refugiados de Jerusalén. El Evangelio llegó por mar (en barcos de cabotaje) o por tierra a través de Egipto y Libia. La primera comunidad fue variada: judíos emigrados, autóctonos pobres, griegos industriales y, más tarde, latinos.
El cristianismo se propagó rápidamente “de prójimo en prójimo”, coincidiendo con la urbanización de la provincia. A mediados del siglo II penetró en burgos y pueblos del interior. En el año 180, doce cristianos de Scili (un villorrio insignificante), entre ellos cinco mujeres, fueron denunciados, llevados a Cartago y decapitados el 17 de julio. Es el primer documento cristiano escrito en latín y el primer texto conservado de la Iglesia africana. Estos mártires rurales muestran que el Evangelio había llegado ya a las zonas campesinas.
Tertuliano, con su habitual vehemencia, habla de “millares de personas de todo sexo, edad y rango” y afirma que en cada ciudad más de la mitad de los habitantes eran cristianos. Aunque retórico, el dato se apoya en el hecho de que hacia el año 220 (o antes) el concilio convocado por Agripino reunió a setenta obispos. Cartago ya tenía lugares de reunión y cementerios propios.
Alejandría: el faro intelectual
Alejandría, segunda ciudad del Imperio con cerca de un millón de habitantes, era el gran mercado donde confluían marfil africano, especias de Arabia, algodón y seda de la India. Su población era tan variada como hoy: griegos, sirios, árabes, mercaderes romanos y turistas. Los judíos ocupaban dos barrios importantes (especialmente el Delta) y su riqueza provocaba tensiones.
Eusebio menciona la tradición de que Marcos evangelizó Egipto. Es posible que Apolo se convirtiera allí. Los primeros vestigios seguros son fragmentos del Evangelio en griego de comienzos del siglo II. Las traducciones al copto (siglo III) demuestran que el Evangelio había penetrado cuatrocientos kilómetros Nilo arriba.
En Alejandría, el cristianismo adquirió un fuerte tono intelectual. Surgió la famosa “escuela de Alejandría” con figuras como Clemente, Orígenes, Dionisio, Atanasio, Arrio y Cirilo. Demetrio fue un obispo de gran estatura. En el año 202, mártires de Egipto y de la Tebaida fueron ejecutados en Alejandría, lo que prueba la extensión del cristianismo por todo el valle del Nilo durante el siglo II.
Asia oriental: Edesa y la ruta hacia la India
El cristianismo penetró también en la región del Éufrates y el Tigris (actual Irak). Edesa, importante mercado de caravanas, estaba abierta a influencias de Oriente y Occidente. El comercio de la seda atrajo a muchos judíos, algunos de los cuales pudieron haber sido testigos de Pentecostés.
Los historiadores antiguos atribuyen a Tomás la evangelización de los partos y persas. Desde el siglo III se venera en Edesa el sepulcro del apóstol. Tradición o leyenda, el itinerario de Tomás sigue la ruta natural que tomó el Evangelio hacia el reino de la India.

Conclusión
En apenas dos siglos, los herederos espirituales del “nuevo Israel” del que habla san Pablo llevaron la luz del Evangelio hasta tierras lejanas, incluyendo la de su remoto antecesor Abraham. El mapa cristiano pasó de ser un pequeño arco mediterráneo a extenderse desde el Rin hasta Mesopotamia y desde la Galia hasta las profundidades de África y Asia. Puertos, rutas comerciales, colonias orientales, fervor de convertidos y el testimonio de los mártires fueron los vehículos de esta sorprendente expansión.
El documento subraya constantemente tres ideas:
- El cristianismo se sirvió de la infraestructura del Imperio romano (caminos, puertos, paz romana) pero la superó y la trascendió.
- Fue una religión popular que se extendió “de abajo hacia arriba”, entre humildes, comerciantes, artesanos y mujeres, aunque también conquistó mentes cultivadas.
- Su geografía fue, en sus primeros dos siglos, esencialmente marítima y portuaria, antes de penetrar decididamente hacia el interior continental.


































































