Iglesias e Iglesia
Adalbert G. Hamman/Autor
Tertuliano tiene una frase que se ha hecho célebre: «Formamos un solo cuerpo por la conciencia que tenemos de una religión, la unidad de disciplina y el lazo de la esperanza». Esta unidad no es rígida ni abstracta, sino fluida y sorprendente para el mundo pagano: cristianos dispersos por ciudades y regiones salen al encuentro unos de otros, se reconocen, se ayudan y se reúnen, conscientes de formar una realidad nueva que trasciende todas las divisiones anteriores.
Los paganos los llaman “la tercera raza”, sin saber la profunda verdad que encierran sus palabras. Ya no son griegos, judíos o bárbaros, sino un pueblo nuevo, una realidad histórica distinta. La Iglesia existe, pero también existen las iglesias: pequeñas comunidades que se reúnen en casas particulares, que se organizan, que se coordinan entre sí y que, a pesar de su diversidad geográfica, cultural y social, saben que constituyen juntas la única Iglesia de Dios. Las iglesias locales de Antioquía, Corinto, Filipos, Lyon o Esmirna están todas vinculadas espiritualmente a la Iglesia madre de Jerusalén.

La organización progresiva tras la era apostólica
El final del siglo I marca un momento decisivo: casi todos los Apóstoles han muerto; solo Juan permanece en Asia como testigo casi legendario. Clemente de Roma afirma que organizó comunidades que durante todo el siglo II invocan su autoridad. A partir de entonces, las comunidades quedan en manos de jefes locales que transmiten los Evangelios y las enseñanzas apostólicas. Se establece una estructura flexible, orgánica, que avanza por etapas perceptibles todavía hoy.
Las comunidades judeocristianas mantienen durante algún tiempo una dirección colegial (presbíteros o ancianos). Las nacidas en ambiente pagano se apoyan en el binomio obispo-diácono. Estas dos formas coexisten y se unifican gradualmente a lo largo del siglo II, no sin retrasos, vacilaciones y crisis ocasionales. La vida eclesial no es uniforme, sino que crece con la vitalidad explosiva de los comienzos. La actividad itinerante de apóstoles y profetas prepara el terreno para una organización permanente y una autoridad local estable. Algunos misioneros se fijan en un lugar (ejemplos: Potino e Ireneo en Lyon); otros continúan abriendo nuevos campos misioneros hasta finales del siglo II.
Eusebio resume bien el proceso: los apóstoles distribuyen bienes a los pobres, abandonan su patria, fundan la fe en tierras extranjeras y establecen pastores que cuidan de los convertidos. Así surgen figuras como Ignacio en Antioquía, Policarpo en Esmirna, Potino en Lyon, Cuadrato en Atenas o Dionisio en Corinto.
El término “obispo” (epíscopo = inspector o superintendente), tomado de la administración civil, se impone para designar la autoridad monárquica, aunque durante un tiempo fue sinónimo de presbítero.
La célula doméstica y el retrato del obispo
La primera evangelización se realiza en el marco de la casa hospitalaria. La conversión del cabeza de familia suele arrastrar a toda la “casa”. La casa se convierte en célula madre: centro de hospitalidad, de reunión, de Eucaristía y de irradiación. Cuando la comunidad crece y supera los cuarenta o cincuenta miembros, se alquilan salas o se donan casas enteras que se adaptan (ejemplo conservado: la iglesia-casa de Doura Europos). El huésped responsable se convierte en el jefe natural de la comunidad, tal como lo describe el Pastor de Hermas.
Las cartas pastorales ofrecen el “retrato robot” del obispo ideal: hombre irreprochable, casado una sola vez, sobrio, discreto, cortés, hospitalario, apto para enseñar, no bebedor ni peleón, indulgente, pacífico, desprendido del dinero, buen gobernante de su propia casa y educador de sus hijos en la dignidad. «Si no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo podrá hacerse cargo de la Iglesia de Dios?». Este perfil corresponde exactamente al padre de familia que gestiona bien sus asuntos y goza de estima general.
El obispo es asistido por un diácono, habitualmente más joven, que comparte con él la dirección de la asamblea, la celebración eucarística y la administración de bienes. Los presbíteros (ancianos), de origen judío (notables de la sinagoga), forman un consejo que se integra progresivamente. La transición de lo colegial a lo monárquico fue gradual y a veces conflictiva (como en Corinto, donde Clemente de Roma interviene por la rebelión de presbíteros jóvenes). En Roma, la fusión con los sucesores de Pedro parece haber sido más lenta; aún en tiempos de Clemente y Justino se habla de “presidente” más que de obispo único.
Ministerios y vida cotidiana
Los diáconos son la “mano activa” del obispo, especialmente en la caridad y el servicio social. Visitan pobres, enfermos, viudas, huérfanos; manejan las ofrendas y deben hacerlo con absoluta honestidad (el Pastor de Hermas denuncia abusos). En Oriente hay diaconisas, dedicadas al “sector femenino”: visitan gineceos, preparan catecúmenas casadas con paganos, ayudan en bautismos de mujeres y unciones. La Didascalia les prohíbe predicar o bautizar, recordando que “las mujeres no han sido establecidas para enseñar”.
Fuera de las grandes metrópolis, las comunidades conservan una dimensión familiar: pastores y fieles se conocen personalmente. El obispo es elegido en asamblea por voto oral; suele ser un hombre maduro (idealmente cincuenta años), de experiencia probada, a menudo rico en Oriente para socorrer a los necesitados. En algunas iglesias asiáticas el episcopado es casi hereditario. Después de la elección, obispos vecinos imponen las manos. Se exige conocimiento de la Escritura, integridad moral, desinterés y capacidad de ser “padre” de todos, sin acepción de personas.
Carismas, efervescencia espiritual y desafíos
La organización no extingue el Espíritu. El siglo II es fecundo en carismas: visiones, profecías, curaciones, lenguas, presciencia. Ignacio, Policarpo, Melitón e Ireneo son obispos claramente carismáticos. Justino e Ireneo afirman que es imposible enumerar todos los dones que la Iglesia recibe diariamente. Hermas, autor del Pastor, es un profeta humilde que somete sus visiones a la comunidad.
Sin embargo, surgen excesos y desviaciones. El montanismo (desde el año 172 en Frigia) es el caso más emblemático: éxtasis, profetisas, rigorismo extremo, venta de bienes, rechazo del matrimonio, espera exaltada del fin del mundo y de la Nueva Jerusalén que desciende del cielo. Se extiende rápidamente a África (donde Tertuliano se adhiere) y otras regiones. Fenómenos parecidos aparecen en Fenicia, Palestina, Siria y Lyon (caso del gnóstico Marcos que seduce a mujeres ricas con promesas extáticas). Ascetas “acuarianos” rechazan el vino incluso en la Eucaristía; otros profetas arrastran comunidades enteras al desierto.
La Iglesia responde con discernimiento: el obispo es el garante de la ortodoxia, separa la cizaña del trigo, modera el entusiasmo sin apagarlo, rechaza el desprecio del matrimonio y de la creación, prohíbe las auto-denuncias al martirio y ofrece la posibilidad de penitencia a los caídos. Reconoce carismas auténticos (apostolado, discernimiento de espíritus, gobierno) pero encauza la efervescencia para que sirva a la edificación de la comunidad.
Unidad, diversidad y catolicidad
Desde sus orígenes la Iglesia se sabe abierta a todas las naciones. No pertenece a una raza, clase o imperio, sino a todos. Ignacio afirma: «Donde está Cristo, está la Iglesia universal». El mártir Sanctus responde a sus verdugos: «Soy cristiano». Pionio declara: «Católica. No existe otra fundada por Jesucristo». La catolicidad no es solo geográfica, sino de misión y mensaje.
Las iglesias se comunican intensamente por cartas (Esmirna a Filomelio sobre el martirio de Policarpo; abundante correspondencia de Dionisio de Corinto). Resuelven problemas comunes en sínodos (montanismo, controversia pascual). No hay uniformidad: diversidad de lenguas (griego, siríaco, latín, dialectos galos), sensibilidades (Oriente místico y fogoso; Roma y Occidente más sobrios y ordenados) y prácticas litúrgicas. Ireneo, asiático en Lyon, encarna el diálogo fecundo entre ambas mentalidades. La diversidad enriquece sin romper la unidad esencial.
El primado de Roma
La capital eclesial se desplaza de Jerusalén a Roma, consagrada por el martirio de Pedro y Pablo. Clemente de Roma interviene con autoridad en Corinto a finales del siglo I, pidiendo la reintegración de presbíteros destituidos; su carta se lee todavía décadas después en las asambleas. Ignacio saluda a la Iglesia romana como «la que preside en la caridad». Abercio la describe como reina. En la controversia pascual, el papa Víctor impone la unidad, aunque su estilo autoritario genera resistencias (carta digna de Polícrates de Éfeso). Ireneo reconoce explícitamente la preeminencia romana y la sucesión apostólica: la comunión con Roma garantiza la comunión con la Iglesia entera. Herejes y ortodoxos buscan su aprobación por la misma razón.
Identidad de la Iglesia
La Iglesia nace y crece de forma orgánica: de la casa doméstica a la comunidad estructurada, del carisma explosivo a la institución estable, de las iglesias locales dispersas a la única Iglesia católica. El obispo es padre, pastor y centro de unidad; los diáconos, servidores de la caridad; los presbíteros, sabio consejo; los carismas, fermento vital; la diversidad cultural y litúrgica, riqueza; la unidad en la fe y la comunión, exigencia irrenunciable. Frente a exaltaciones, divisiones, gnosticismo y persecuciones, la Gran Iglesia mantiene el equilibrio entre fervor espiritual y estabilidad doctrinal, preparándose para las grandes pruebas del siglo III. Esta dinámica —unidad en la diversidad, institución al servicio del Espíritu, primado al servicio de la comunión universal— constituye su identidad más profunda desde los mismos orígenes.

































































