A unos días de que se celebre la Solemnidad de Corpus Christi, sacerdotes reflexionan sobre la importancia de esta fiesta para los fieles, así como la necesidad de presentarse ante el Santísimo Sacramento como fuente de vida.

Presencia
En el ajetreo de la vida diaria es fácil olvidar que la vida cristiana es, ante todo, una relación constante con Dios. Y aunque en todo momento el cristiano puede sentir la presencia de Dios, también necesita de momentos concretos y de lugares específicos para detenerse y dialogar de frente con el Dueño y Señor de la vida.
A las puertas de la solemnidad de Corpus Christi, presentamos esta entrevista sobre una de las devociones más profundas, íntimas y arraigadas de la Iglesia católica: la visita al Santísimo Sacramento.

¿Qué significa realmente este encuentro con Jesús Sacramentado en la cotidianidad? ¿De dónde nace esta tradición y cómo evolucionó a lo largo de los siglos frente a las dudas de fe? Y, en la práctica, ¿cómo distingue la Iglesia entre una visita breve, una Hora Santa y la adoración profunda?
El padre Orlando Porta, CCR, vicario de la parroquia Espíritu Santo responde a estas y otras preguntas:

¿Qué significa para la vida del cristiano una visita al Santísimo?
Por una parte, hay que distinguir algunos elementos. Visitar al Santísimo es un momento particular, es un momento concreto, pero para la vida del cristiano debe estar la conciencia de que siempre estamos en la presencia de Dios. Ciertamente el visitar al Santísimo en un templo, en una parroquia, es ese momento concreto en el que damos un espacio dentro de nuestro día y nuestro tiempo a platicar concretamente con Él, sabiendo que todo el día estamos en su presencia.
Entonces visitar al Santísimo es ese momento en que conscientemente, en un lugar concreto, damos esa oportunidad al diálogo con Dios en ese encuentro íntimo que tenemos con Él…pero esto no debe quitarnos esa conciencia de que todo el tiempo estamos delante de Dios. A veces se nos olvida, ¿verdad? Pareciera que cuando estamos en casa, cuando estamos en la escuela, cuando estamos en el trabajo, no podemos platicar con Dios, cuando en realidad siempre estamos en la presencia de Dios, pero de manera especial, la visita al Santísimo Sacramento es reconocer la presencia real de Cristo en la Eucaristía y en las especies eucarísticas que están reservadas y protegidas en las iglesias, en el Tabernáculo. Entonces esa visita con Él, ese encuentro, es un encuentro concreto sabiendo que Él está ahí presente y nos está esperando. Pero en nuestra vida cotidiana en cualquier momento podemos platicar con Dios, alabar a Dios, dialogar con Él, hacer oración. Entonces no nos esperemos únicamente a esos momentos. Sí hay que favorecerlos. ¿Por qué? Porque ahí está de verdad en la Eucaristía nuestro Señor.

¿Desde cuándo y por qué se realiza esta práctica de visitar al Santísimo?
Nos acercamos a la fiesta del Corpus Christi y ciertamente la fiesta en específico del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor tiene una historia especial que incluso ronda alrededor del siglo IX con algunas discusiones sobre la presencia de Nuestro Señor en la Eucaristía. Pero vamos a regresarnos todavía muchísimo antes. En los primeros siglos la conciencia de la comunidad cristiana de la presencia de Cristo en la Eucaristía era muy clara, muy sincera.
Incluso ahí habría que justamente meternos en esa situación porque la conciencia de que Cristo estaba en medio de ellos era tan real que no los llevaba a discutir esa presencia. Pero en el desarrollo de la vida de la comunidad en los primeros siglos no existía el sagrario, no existía el tabernáculo. ¿Por qué? Porque Cristo estaba presente no sólo en la Eucaristía sino en la comunidad, en el fiel. De hecho, por mucho tiempo la presencia real, el cuerpo de Cristo era la Iglesia y el cuerpo místico era la Eucaristía. Después nuestra mentalidad fue cambiando un poco y llamamos al cuerpo real, la Eucaristía y al cuerpo místico, la Iglesia. Pero en esos primeros siglos donde la conciencia era tan real de que Cristo está en medio de nosotros, pues por eso no necesitaban un sagrario dónde ir a platicar con Él porque todo el día platicaban con Él.
Cristo está en nosotros, Dios está en medio de nosotros y cuando nos reunimos y en mi alma, como hijo, como bautizado, pues ahí está el Señor y no tengo que moverme a la Iglesia para platicar con Él. En los primeros siglos era esa conciencia tan real. Fue pasando el tiempo y se empezaron a generar los sagrarios, pero sobre todo por el apoyo a los enfermos. El tabernáculo empezó a ser el lugar donde se reservaba la Eucaristía para los enfermos, no para un lugar de adoración. Ahí estaba el Señor, ahí estaba presente en la Eucaristía, pero la Eucaristía se reservaba para los enfermos. Incluso la misa no se celebraba todos los días, los fieles no podían comulgar todos los días. Y conforme fue pasando el tiempo, efectivamente, fueron surgiendo muchas dudas y por eso comentaba que incluso esta discusión va del siglo IX al siglo XI, empiezan dudas de si realmente estará presente el Señor en la Eucaristía. Si nosotros lo vemos en la vida de la Iglesia, los milagros eucarísticos surgen por faltas de fe. Muchos de ellos por faltas de fe de los sacerdotes, de los ministros que confeccionan el sacramento. Berengario era uno de ellos. Tenemos milagros famosos como el milagro de Lanciano y varios de ellos justamente son porque el sacerdote dudaba de la presencia. A pesar de estar celebrando la Eucaristía, decían, ¿realmente estará aquí nuestro Señor? Y nuestro Señor nos dio una gran lección de fe y una cachetada directamente: ¿por qué dudas? Aquí estoy. Y de manera visible hizo presente, valga la redundancia, su presencia en la Eucaristía. Aquí está mi sangre, aquí está mi cuerpo, para que no dudáramos. Y entonces, alrededor de 1264, el Papa Urbano IV finalmente dictamina que la fiesta del Corpus sea para toda la Iglesia con esa conciencia de recordarnos, que no se nos olvide que en la Eucaristía está el Cuerpo y la Sangre del Señor. Entonces, justamente esta cuestión de la visita al Santísimo Sacramento en el Tabernáculo, pues sí es el deseo de encontrarnos con Jesús vivo en la Eucaristía. ¿Desde cuándo? Pues desde que justamente empieza esta conciencia, siglo XI, en que ahí está el Señor.
¿Cuál es la diferencia entre una visita al Santísimo, la adoración eucarística y una hora santa?
De alguna manera simple, yo diría que la distinción primera está en el tiempo. La visita al Santísimo la consideramos comúnmente, está en nuestro modo de sentir, de una manera breve, de una manera sencilla, es una visita concreta. A lo mejor tengo poco tiempo, voy y dedico ahí 5 minutos, 10 minutos delante del Santísimo. Eso es lo que nosotros comúnmente consideramos como visita al Santísimo. La cuestión de la hora santa y la adoración al Santísimo, podríamos ahí considerar una cuestión de tiempo bastante más larga. La hora santa, así como la llamamos, es un momento prolongado, al menos una hora de estar delante de Él. Y la adoración es esa disposición de la persona a hablar y a reconocer al que está presente ahí, Cristo nuestro Señor, que, como Rey y Soberano, lo consideramos presente en el Santísimo Sacramento, en el altar, en la custodia que nos revela -de una manera artística, hermosa-, la presencia de Dios. Por eso también en el arte cristiano, las custodias, que es el lugar donde se pone la hostia consagrada para que nosotros podamos estar delante de Él, también revela en su forma y en su figura que está ahí presente Cristo. Muchas de ellas parecieran formas de sol, porque es la gloria divina que irradia sobre los fieles presentes. Entonces la adoración y hora santa, digamos, es un periodo alargado, aunque dentro de estos momentos, la disposición es siempre la misma: Dialogo con el Señor.
Ahora, aquí valdría la pena que pudiéramos platicar sobre la adoración, tenemos distintos modos, por ejemplo, está la Adoración Nocturna Mexicana, que dedica toda la noche, ¿a qué? a dialogar con el Señor. Siempre sigue siendo un diálogo. Lo importante de todas estas metodologías distintas para estar delante de Él, es que nos lleven al Señor, que nos lleven a dialogar con Él.
¿Se necesita un lugar específico para la visita al Santísimo? y donde no hay, ¿qué pasa?
Para la oración y para la adoración, digamos, no hay ningún lugar. Para cuando hablamos de las especies eucarísticas, de la presencia real de Cristo en el sacramento de la Eucaristía, las hostias consagradas, sí está previsto que tiene que haber un sitio en cada lugar de culto. Es decir, aquí incluso podemos distinguir, están las catedrales, las parroquias, los oratorios. Por ejemplo, una catedral debe tener un lugar, una parroquia debe tener un lugar. Ahora, en los lugares donde a lo mejor no siempre hay culto y sobre todo no hay seguridad por el cuidado de nuestro Señor, a lo mejor puede no haberlo y si lo hay, debe ser una cosa muy cuidada.
En ese aspecto nos ayuda la institución general del Misal Romano a entenderlo. Esta instrucción, en sus números 314 y siguientes lo expresa muy bien: Debe haber un lugar donde se pueda conservar el Santísimo Sacramento que nosotros llamamos Tabernáculo o Sagrario. Y tiene que ser un lugar digno, importante, visible, debidamente ornamentado, apto para la oración.
Y puede ser en el presbiterio, puede ser una capilla propia. Aquí hablamos de las distintas posibilidades. Por ejemplo, catedrales antiguas, dependiendo un poco de la época, incluso el rito anterior antes del Concilio Vaticano II, el Sagrario se colocaba al centro del altar, un poquito por encima, lo que nosotros llamamos los altares pegados a la pared, donde se celebraba la misa de espaldas al pueblo. Porque el fiel que entraba encontraba la centralidad del Sacramento ahí presente en la Eucaristía. Después del Concilio Vaticano II se fomentó y se pidió sobre todo que se distinguieran los lugares porque, aun así, en la misa la presencia de Dios Nuestro Señor está en todo el momento eucarístico. Desde ‘en el nombre del Padre’ hasta ‘pueden ir en paz’.
Y por eso, si está presente el tabernáculo en el presbiterio durante la misa, el signo de reconocimiento que ahí está el Señor es al inicio de la misa, el sacerdote al entrar hace la reverencia al altar y la genuflexión al Santísimo. Y lo mismo al retirarse. Pero durante la misa no hay más momentos de genuflexión, a no ser que se vaya al Sagrario para tomar el Santísimo Sacramento para la comunión de los fieles.
Y ahora, depende de cómo está construida nuestra parroquia o cómo la pensó el arquitecto, puede dedicarse una capilla específica para que también ahí pueda darse la adoración de los fieles y que sea un lugar propio, visible para todos, pero accesible y que nos pueda dar un lugar un poquito más privado para la oración. Entonces, ¿tiene que haber? Sí, debe haber un Sagrario. El espacio suficiente para que puedan entrar los copones, las hostias consagradas y que sea suficientemente seguro para que nadie pudiera robar al Santísimo. Incluso muchas veces en nuestros sagrarios encontramos verdaderas cajas fuertes. ¿Por qué? Porque había que custodiar lo más precioso. Hoy en día incluso vemos el ingenio de los rateros y de aquellos que quieren hacerlo y que a veces, pues, abren incluso estas cajas fuertes. Y nos hemos enterado en muchos lugares de profanaciones. Pero por eso tiene que ser bien cuidado, ¿Dónde lo colocamos? Bueno, dependiendo de cómo está dispuesta nuestra parroquia, pues sí, ya sea en la nave principal, donde se lleva la misa, pero no en el centro, para que el altar esté al centro y se distinga porque a lo mejor puede estar a un costado y si se puede, pues en una capilla propia.
Por último, ¿cómo debería ser una visita al Santísimo si pudiera darnos consejitos, una guía?
Sí, mira, yo creo que justamente lo más esencial es la sinceridad de corazón, el llegar a Dios como eres. Si eres muy platicador, pues platica con Él. A veces hay que moderarnos, ciertamente, buscar los momentos propicios. Si tengo un tiempecito, darme esa oportunidad de visitar al Señor. Si me gusta mucho platicar y me ayuda a concentrarme más y estoy solo en el lugar, bueno, a lo mejor puedo murmurar un poquillo. Si estoy ya en el Santísimo Sacramento y el espacio no es muy amplio y ya tengo una persona a mi costado, pues yo no puedo murmurar tan bien, pues porque la otra persona se distrae con mi oración. Pero lo importante es siempre llegar con esa sinceridad de corazón a dialogar con un amigo. Y eso es lo más importante, abrirnos de corazón. ¿Por qué? Porque Dios no tiene protocolos. Los hemos hecho nosotros, sí, porque reconocemos que Él es el Rey y Señor, y por eso cada vez que llegamos con Él, pues nos hincamos, ¿verdad? Volvamos a la cuestión. El modo en el que yo me pongo en la oración debe ayudarme en la oración. Si estoy hincado y de ese modo puedo dialogar mejor con Dios, me pongo de rodillas. Pero si a lo mejor ya por mi edad, por mi situación, me duelen mucho las rodillas, pues a lo mejor me siento. Pero si yo sé que me siento y a los dos minutos ya me empiezo a dormir y yo lo que quería era platicar con Dios, pues mejor busco el modo, entonces que la postura corporal me ayude también a dialogar con Dios.
Recuerdo cuando aún era monaguillo, tenía yo creo 11, 12 años, en la parroquia había una capilla del Santísimo…había unos libritos -que aún se venden hoy- donde venía un modelo de oración, dialogado, que era 15 minutos en compañía de Jesús sacramentado, que también estaba la versión todavía más breve, 5 minutos en compañía de Jesús sacramentado. Y de alguna manera da una buena idea de lo que es acercarse con Dios. Es un diálogo. Yo salía lleno, pleno, feliz de estar en diálogo con el Señor y me ayudaba esa metodología, ese librito. Pero volvemos a que lo importante es que, mientras se algo que me ayude a encontrarme con Dios, adelante. Y en el momento en que uno ya sabe andar en bicicleta sin llantitas, pues hay que dejar las llantitas:
¿Algo más que quisiera agregar?
Sobre todo que podamos vivir esta fiesta del Corpus Christi con fe renovada, con una conciencia muy real de que también lo que vamos a vivir es un privilegio y una cuestión muy clara en nuestra sociedad aquí en México. Todavía en este año estamos festejando 100 años de la Guerra Cristera, tenemos la oportunidad como hijos de Dios, como cristianos, como católicos de profesar nuestra fe públicamente, pero si recordamos las leyes de la Reforma, la Ley Calles, que de alguna manera todavía están activas, aunque no tan utilizables, digamos, se nos permite que tengamos estas manifestaciones públicas de fe. En algún Estado por ahí se quiso proponer que hubiese un pago para que pudiésemos hacer pública nuestra manifestación de fe. Y es una cosa que debemos de considerar. Mientras más la sociedad se vuelva lejana a nuestro Señor, pues estos momentos de fe van a ser más significativos, porque manifestarán propiamente la sinceridad de la fe. Nosotros hoy todavía podemos relativamente salir tranquilos a las calles (y gritar viva Cristo Rey, cantar al Santísimo Sacramento, pero ya vemos en las mismas calles como el tráfico no quiere respetar al Señor….Y son manifestaciones concretas de una sociedad que cada vez más se aleja de nuestro Señor. Nosotros tenemos esta gracia y esta oportunidad todavía de poder manifestar en lo público nuestra fe y de no dejarla en lo privado únicamente. Entonces vivamos con alegría este encuentro con el Señor Real presente en la Eucaristía, ey del Universo y que podamos también manifestar, ser luz para las gentes, en nuestra ciudad, en nuestra diócesis. ¿Para qué? Para que los demás encuentren una sincera manifestación de parte de nosotros, que vean rostros felices de estar caminando en procesión detrás del Santísimo Sacramento.
Por último quisiera recordar un pequeño detalle en este cambio de pontificado. Por desgracia el Papa Francisco, también por situaciones personales, le costaba mucho el caminar, su situación también de respiración era ya deficiente, y por eso también él ya quitó en la diócesis de Roma la peregrinación o la procesión del cosmos cristiano. Papa León, ahora que regresa, nuevamente retoma esta antigua tradición, incluso de empezar desde la Basílica de San Juan de Letrán en la Catedral y llevar el Santísimo Sacramento hasta la Basílica de Santa María la Mayor, pero es un momento impresionante en el que se ve y se vive la catolicidad de esta manifestación de fe pública, porque es la diócesis de Roma junto con el Pastor Universal, presentes ahí los cardenales, obispos, dispuestos en una procesión que nos manifiesta también el honor de Cristo presente en esta fiesta, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo.
































































