El ambiente social en los primeros años del cristianismo
Un recorrido por la apasionante vida de los primeros seguidores de Cristo.
Adalbert G. Hamman/Autor
Apenas nacido, el cristianismo se extiende como el fuego en los matorrales. Si bien, como en la misma vida, la mayoría son los humildes y los pobres, ya desde la primera hora se adhieren a él discípulos de todos los estratos de la sociedad. Esta circunstancia no es menos notable que su expansión geográfica; tanto la una como la otra derriban las barreras sociales, étnicas y culturales, no por oponerse a ellas, sino por la fraternidad que une a todos los creyentes en una comunión profunda y transformadora.

La procedencia social
El filósofo griego Celso se burla de la nueva religión cuyo fundador ha nacido de una madre trabajadora y cuyos primeros misioneros son pescadores de Galilea. En esa misma época, los paganos se mofan porque las comunidades cristianas se reclutan principalmente entre la gente insignificante. El Evangelio, dicen, no ejerce su seducción más que sobre los simples, los pequeños, los esclavos, las mujeres y los niños. El mismo Taciano hace un retrato del cristiano de su tiempo: huye del poder y de la riqueza; es ante todo un pobre y sin exigencias.
Una interpretación política del éxito del cristianismo pretende que se debe a una revancha del proletariado sobre el Imperio capitalista. Hay que precaverse contra una extrapolación tan tendenciosa y unos esquemas desmentidos por un análisis más riguroso. San Pablo convierte en Tesalónica al procónsul de Chipre, Sergio Paulo, y en Berea a muchas mujeres nobles. Los judíos convertidos Aquila y Priscila poseen una casa en Roma y otra en Éfeso; ambas son lo suficientemente amplias para acoger en ellas a la iglesia local en el triclinio o en el atrio. Desde su origen la Iglesia convierte a personas acomodadas, a veces con fortuna. En Corinto, el tesorero de la ciudad se suma a la comunidad.

Unidos en comunión
Menos de un siglo más tarde, Plinio el Joven, poco sospechoso de tener prejuicios, envía al emperador Trajano, después de haberse informado, una imagen detallada de las comunidades cristianas en Bitinia, en las que se encuentran fieles de todas las edades, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, esclavos y ciudadanos romanos, habitantes de las ciudades y del campo. Señala especialmente su gran número y la diversidad de su procedencia social. Lo que sabemos acerca de las comunidades contemporáneas de Cartago, Alejandría, Roma y Lyon, nos muestra grupos igualmente abigarrados. La fe nivela las clases y elimina las distinciones sociales, cuando la sociedad romana lo que hacía era dividirse en compartimientos estancos y levantar barreras. Amos y esclavos, ricos y pobres, patricios y filósofos se agrupan y se funden en una comunión más profunda que la de la sangre o la de la cultura. Todos se aúnan en la elección común y personal, que les lleva a llamarse con toda verdad hermano y hermana. Lo que produce una especie de trauma en el pagano socarrón es que todas las condiciones humanas se funden en la fraternidad cristiana. Esclavos o ciudadanos libres, todos tienen un alma de hombre libre, y la conciencia de esa igualdad es tan fuerte que casi nunca se hace alusión a la condición servil en los epitafios cristianos.

Los oficios
La profesión de cada cual señalaba a cada cristiano su lugar en la sociedad. La Iglesia rehabilita el trabajo y la condición del obrero. En los epitafios, el obrero es alabado por haber sido un buen trabajador. Trabajar para vivir, sin espíritu de codicia ni de avaricia, es el ideal cristiano. En el siglo II los fieles conservan su oficio anterior, cambiando solo el espíritu. Habitamos con vosotros este mundo dice Tertuliano: utilizamos el foro, los mercados, los baños, las tiendas, los talleres; navegamos, servimos en el ejército, trabajamos la tierra y practicamos el comercio.
Oficios manuales como agricultor, pescador, carpintero, panadero, sastre, alfarero, tejedor no plantean problemas si no trabajan para templos paganos. La medicina tiene valor humanitario. Juristas y jueces continúan. El comercio es admitido sin reticencias si se mantiene a raya la codicia. El Pastor de Hermas critica a los hombres de negocios que se dejan absorber por las riquezas. Clemente matiza contra el lujo y las falsas necesidades. Banqueros y préstamos a interés despiertan reticencias; el caso de Calixto, esclavo banquero que huye con la caja y luego se convierte en papa, es emblemático. El servicio al Estado y el militar no plantean problemas iniciales: llenamos vuestros campamentos alardea Tertuliano. El milagro de la legión de Melitene da testimonio. Filósofos como Justino otorgan carta de nobleza al pensamiento cristiano; Platón es pedagogo del Logos. Se rechazan oficios ligados a magia, astrología, circo, teatro, danzas e idolatría, lo que lleva al paro a muchos y obliga a la comunidad a procurar trabajo o mantenerlos.
Condición de la mujer
La Iglesia no es misógina. Mujeres con frecuencia ricas de fortuna contribuyen a la expansión cristiana. El Evangelio enseña la igualdad del hombre y de la mujer, la grandeza de la virginidad, la dignidad e indisolubilidad del matrimonio y asocia la práctica religiosa a la pureza. Flavia Domitila, Marcia, las hijas de Felipe, Ammia y figuras en Hechos apócrifos muestran su rol preeminente. Rechaza el aborto y la exposición de niños, plagas comunes en el paganismo. Recomienda velo, modestia y evita baños mixtos. Matrimonios mixtos generan dificultades y dramas domésticos que Tertuliano describe. Calixto autoriza uniones morganáticas entre superior y villano o esclavo, siempre fieles e indisolubles. En el martirio, el número de mujeres es notable por su heroísmo; paganos se ensañan especialmente en ellas.
A pesar de las debilidades y de los tropiezos en el fervor de la fe, la comunidad cristiana buscaba hacer surgir otra sociedad, una sociedad nueva en la que las barreras sociales, étnicas, sexuales se derrumbaban ante la voluntad impetuosa de vivir con toda verdad la fraternidad cristiana. El hermano, la hermana, rico o pobre, aparece, a la ley del Evangelio, no según las categorías humanas, sino en la comunidad de una misma vida y de una misma acción de gracias.
Roma
La comunidad romana tiene el aspecto de una parroquia de gran ciudad: la lana basta del manto de los artesanos y de los esclavos se roza con los tisús de oro, suntuosamente orlados, que llevaban las matronas y los notables. Si bien los extranjeros y las gentes modestas fueron los primeros en abrazar el Evangelio, ya desde el siglo II la corte imperial se abre también con el cónsul Clemente y su mujer Domitila. En tiempos de Cómodo encontramos al rico maestro de Calixto, un cristiano llamado Carpóforo, que pertenece a la casa del César. Ireneo afirma incluso que existe un grupo importante de fieles en la corte imperial, donde se codean caballeros y esclavos. Uno de los compañeros de martirio del filósofo Justino, Evelpisto, venido de Capadocia, es esclavo en la corte. La favorita del emperador Cómodo, Marcia, si bien ella misma no es cristiana, mantiene relaciones con la comunidad de Roma. En tiempos de Septimio Severo, la presencia de cristianos en la corte imperial es notoriamente pública, puesto que Tertuliano alude varias veces a ella. Igualmente, es muy verosímil que cristianos formasen parte de la guardia pretoriana.
En tiempos de Marco Aurelio, el Evangelio gana adeptos en la aristocracia. El mártir Apolonio pertenece a la nobleza. Varios miembros de la familia de los Pomponii son cristianos. En el reinado de Cómodo, los romanos más distinguidos por nacimiento y por riquezas, con su familia y su casa, se unen a la comunidad cristiana. Justino relata la conversión de unos esposos, que pertenecían a la sociedad rica de Roma y que llevaban un gran tren de vida, junto con sus servidores y las gentes de su casa. Roma, abierta a todas las influencias y a todas las escuelas ve cómo afluyen a ella sofistas y filósofos. A mitad del siglo II Justino es el primer filósofo conocido de la comunidad cristiana. Simple miembro de la iglesia local, funda una escuela de filosofía cristiana cercana a las Termas de Timoteo, en casa de un tal Martín. Justino otorga derecho de ciudadanía al pensamiento cristiano y, a los convertidos, el derecho a pensar. Gracias a él, pensadores como Taciano, el Sirio, engrosan las filas de la Iglesia. Marción, un rico armador llegado a Roma desde las orillas del mar Negro, atraído por la ebullición intelectual de la comunidad se une a ella y le hace donación de 200.000 sestercios, que le serán devueltos cuando él también se erige en fundador de una escuela y de una iglesia rival.
La Revolución del evangelio
El rostro de la comunidad romana ha cambiado mucho desde la muerte de Pedro y Pablo. Si la mayoría de los cristianos citados por la Carta a los Romanos tienen nombres de esclavos y de libertos, ahora son numerosas las familias acomodadas y con fortuna, que proveen de fondos una caja para subvenir a las muchas necesidades de los hermanos de Roma y del Imperio. Su generosidad es proverbial ya entonces. Ignacio de Antioquía y Dionisio de Corinto los alaban de un modo conmovedor. Los ahorros son tan abundantes que los cristianos los colocan en el banco: por desgracia, eligen mal al banquero, lo cual se repetirá frecuentemente a lo largo de la historia. Aunque llega muy lejos, la generosidad romana sostiene en primer lugar a los pobres y a las viudas de su propia comunidad. Ricos y desheredados se complementan. El Pastor de Hermas los compara al rodrigón y a la parra, que se sostienen mutuamente. El contrapeso de la riqueza de los que poseían muchos bienes eran los esclavos y los artesanos, los campesinos llegados de los alrededores de Roma cargados de impuestos.
Apenas cien años más tarde, el diácono Lorenzo podía mostrar al emperador, que estaba decidido a apoderarse de las riquezas de la Iglesia, las mil quinientas viudas y los desheredados de la fortuna que subsistían gracias a ella. Los hermanos llegan desde los lugares más diversos y se instalan en los barrios de la ciudad entre sus compatriotas, formando grupos nacionales, y todos ellos entienden la lengua griega, que les mantiene unidos. Más que cualquier estadística hay un hecho que muestra hasta qué punto en la comunidad romana se vive la fraternidad: dos obispos, con seguridad Pío y Calixto, eran esclavos de origen. Podemos imaginar a los nobles Cornelii, Pomponii, Caecilii, recibiendo la bendición de un papa que todavía lleva el sello de su antiguo amo. Esta es la revolución del Evangelio. Influye en las estructuras sociales transformando el corazón de los hombres.
Lyon
La comunidad de Lyon, mucho menos importante numéricamente que la de Roma, nos ofrece un cuadro social más matizado. Está compuesta de extranjeros venidos sobre todo de Asia y de indígenas de todas clases. La matrona se encuentra con su esclavo en la asamblea. La Iglesia ha reclutado mucha gente entre la burguesía, cuya posición acomodada y cuya fortuna provocan envidias y explican las denuncias. La historia de los primeros mártires de Lyon especifica la composición: Atius y Atala, Vetio Epagato de nacimiento noble, Alejandro médico oriental, Blandina simple esclava arrestada con su ama. El nivel social explica en parte el comportamiento de la multitud. Pero en la comunidad lionesa no es la rica matrona la que fija la atención, sino la insignificante Blandina, esclava de condición, en quien la Pasión de Cristo parecía renovarse. Los compartimientos clasistas se rompen y quedan abolidos por la práctica de una sola fraternidad en Cristo.
Cartago
Los datos que Tertuliano nos ha dejado sobre la comunidad de Cartago nos permiten conocer el medio ambiente en el que el Evangelio es anunciado. Los mártires de Scili son campesinos, granjeros o trabajadores rurales. Lo que impresiona a Tertuliano es el espectáculo de su caridad y de su unidad. Cartago es una comunidad muy variada, en la que las personas con fortuna son suficientemente numerosas para abastecer con regularidad la caja común. El depósito de la piedad servía para asistir a los hermanos pobres o perseguidos, especialmente a los huérfanos, a las muchachas que no tenían dote, a los sirvientes ancianos, a los naufragados, a los confesores de la fe, a los condenados a las minas, a los encarcelados y a los desterrados. La comunidad de Tuburbo acoge a Perpetua, joven de la aristocracia local, y a su hermano. Revocato y Felicidad eran de condición modesta. Las diferentes condiciones sociales se funden en una emulación de fraternidad. Lactancio podrá decir: Entre nosotros no existen esclavos ni amos. No hacemos diferencias entre nosotros, y todos nos llamamos hermanos, porque todos nos consideramos iguales.


































































