Paulina Ruiz
En una atmósfera de profundo fervor y entrega espiritual, la comunidad de la parroquia Santa María de la Montaña participó el pasado miércoles 20 de mayo en la solemne consagración al Inmaculado Corazón de María, una celebración que fue presidida por el padre Felipe De Jesús Juárez.
El acontecimiento litúrgico buscó reafirmar la confianza de los fieles en la Virgen María como guía, auxilio y protectora celestial, uniendo los corazones de la asamblea de manera directa al Corazón de Jesús a través de las manos de su Madre.
La oración del corazón
Durante su homilía, el padre Felipe De Jesús recordó el papel fundamental que la Virgen ha tenido desde el nacimiento de la Iglesia, especialmente en Pentecostés, donde intercedió de manera perfecta como esposa del Espíritu Santo.
El sacerdote enfatizó que la consagración es un llamado a la santidad que transforma la oración personal en un acto de abandono absoluto.
“La oración del corazón que llegó a la santidad porque está buscando sinceramente decir como Jesús en el huerto: ´hágase tu voluntad. Yo te pertenezco, Señor. Haz de mí lo que quieras´… Madre, aunque yo no te entienda, yo no lo vea, cúbreme con tu mano celestial”, reflexionó el presbítero, invitando a la comunidad a recibir los dones divinos con amor, aun sin comprender plenamente los alcances de la gracia en sus vidas.

Obediencia y fidelidad
El momento cumbre de la celebración se vivió cuando la asamblea, con la mano derecha puesta en el corazón, renovó sus promesas bautismales e hizo los votos de consagración. Tras realizar las renuncias a Satanás, a sus obras y a sus seducciones y proclamar la fe de la Iglesia, los fieles pronunciaron con solemnidad las palabras exactas de la promesa que selló su alianza espiritual con el Inmaculado Corazón.
Con estas promesas, la comunidad asumió el compromiso de prolongar en su vida amorosa obediencia de Jesucristo, poniéndose en total disponibilidad ante las acciones de la Virgen. Al unísono, los consagrados pidieron alcanzar la verdadera sabiduría de Dios y la protección mariana, concluyendo el rito con la petición de ser guiados, alimentados y protegidos como hijos devotos hasta alcanzar la madurez en la fe y la gloria del cielo.
Al finalizar la celebración, , los fieles ofrecieron flores a María, un momento lleno de amor y cantos que le acompañaron.
































































