Con cada una de sus palabras, en cada uno de sus actos, Jesús renueva la faz de la tierra y nos muestra el camino hacia la verdadera perfección. El Reino de Cristo se nos presenta, sin embargo, de forma contraria a lo que esperaríamos. No es un reino poderoso como entendemos el poder históricamente, la capacidad de someter a otros a la igualdad. No cuenta con ejércitos, ni riquezas, ni extensos territorios. No es un reino que los poderosos reconozcan con esa mezcla de miedo y respeto.
El reino de Cristo fue fundado por Jesús y entregado a personajes insignificantes. No tenían oro ni ideas sofisticadas, eran miembros de las clases humildes, el tipo de persona por la que nadie apostaría.
En nuestro México, donde muchas veces se admira el poder del dinero mala vida, donde se respeta más al corrupto exitoso que al honesto pobre, Cristo nos enseña un camino diferente. Ese Reino tiene por símbolo la cruz, instrumento de tortura que en Cristo se ha convertido en trono, desde el cual brilla el amor redentor de Dios. Su rey se ciñe una toalla, se pone de rodillas y lava los pies de sus amigos.
Qué diferente sería nuestro país si nuestros líderes entendieran que gobernar es servir, si en lugar de buscar privilegios buscaran oportunidades de lavar los pies a los más necesitados.
Los cristianos compartimos la triple misión de Cristo, somos profetas que anunciamos la buena nueva, sacerdotes que ofrecemos el sacrificio único al Padre y reyes que hacemos del mundo imagen imperfecta del reino que será.
En México necesitamos urgentemente profetas que denuncien la injusticia, sacerdotes que intercedan por el pueblo y reyes servidores que construyan con sus vidas un anticipo del Reino de Dios.
Muchas veces los cristianos hemos caído en el error de creer que el Reino de Dios puede verificarse en todo su esplendor en esta tierra, en realidad el Reino está aquí y todavía no. Es un reino cuya semilla ha caído en tierra, pero no ha germinado completamente. Está porque Jesús se encarnó, caminó entre nosotros, murió y resucitó. Él nos confirma que el Reino de Dios está entre nosotros. Vemos señales de ese Reino cuando una madre perdona al asesino de su hijo, cuando un empresario paga salarios justos, cuando un joven rechaza el dinero fácil del narco, pero ese mismo Reino no es este mundo.
El Reino es una actitud del corazón, la decisión de profesar que Cristo, el Hijo del Dios vivo, el Mesías que vino para perdonar a todos los pecadores y salvarlos. No es un edificio, ni una república, ni un orden político.
En nuestro contexto nacional abundan las propuestas de transformación social y política que prometen paraísos terrenales inmediatos. El riesgo no está en participar en ellas, sino en perder de vista el reino de Dios.
Aunque algunos busquen genuinamente el bien común, la experiencia nos muestra que muchas promesas humanas resultan efímeras o responden más a estrategias promocionales que a transformaciones duraderas. Cuando se presentan como fines en sí mismas, sin trascendencia, pueden hacernos olvidar que sólo el verdadero Reino de Dios ofrece justicia perfecta, paz verdadera y esperanza inquebrantable.
Es tarea que cada uno de nosotros anunciemos a Cristo y su mensaje salvador. Esta es la realiza que compartimos con Él. Esto recordamos cada domingo cuando clamamos, tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria.
El cristiano que ha renunciado al mundo por seguir a Jesús es ciudadano de esa ciudad celestial de la que habla San Agustín, patria de quienes ordenan su vida según los bienes del cielo antes que los del mundo. En lugar del dinero como único valor, la generosidad. En lugar de la fama, el servicio humilde. En lugar del placer egoísta, el amor que se entrega. Esos son los valores del reino que México necesita. Es ese Reino que Cristo nos ordena anunciar, haciendo que cada persona sea un hermano en Cristo invitando a todos, especialmente a quienes están más lejos, a entrar y compartir el banquete de Dios.
































































