Mons. Ramón Castro Castro/ CEM
El Reino de Dios tiene un Rey, Jesucristo, pero también tiene una Reina, María de Guadalupe. En su imagen bendita, impresa milagrosamente, México encontró su identidad y su destino. Ella no vino con discursos, no vino con poder humano, vino con ternura de madre, con sencillez de pobre, con belleza que enamora. Y en esa sencillez está el secreto del Reino.
En Guadalupe se revela cómo se construye el Reino de Dios, no con imposiciones, sino con amor maternal, no con violencia, sino con flores y canto, no excluyendo, sino abrazando a todos, no desde el poder, sino desde los pobres. Piensen en esto, Dios eligió a un indígena pobre para evangelizar a los poderosos. Las rosas en pleno invierno fueron más elocuentes que cualquier argumento teológico. La imagen impresa convenció más que mil palabras.
¿Acaso no estoy yo aquí?
Estas palabras resuenan hoy con fuerza especial.
A la madre que llora por su hijo desaparecido, ¿acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? Al padre deportado, separado de su familia, ¿acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? Al joven sin esperanza, tentado por el crimen, ¿acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? A las familias golpeadas por la economía, ¿acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? No son palabras vacías, son promesa viva. María está aquí, en medio de nuestro dolor, como estuvo al pie de la cruz.
En María vemos el proyecto que Dios quiere realizar en nosotros. Toda ella pertenece al Hijo. Todo en ella apunta a Cristo. Su vida entera es reflejo de Jesús. Esto es lo único necesario para construir el reino, entregar todo a Jesús, dejar que Él transforme nuestra pobreza, ser reflejo de Cristo en nuestro ambiente, apuntar siempre hacia Él, no hacia nosotros.
María ejerce su poder, encendida de amor maternal. No es poder que domina, sino que sana. No es poder que aplasta, sino que levanta. Por eso, cuando los poderosos oprimen al pueblo, María está del lado de los oprimidos. Cuando las estructuras se excluyen, María incluye. Cuando el sistema descarta, María recoge.
Nuestra labor social y política, que prepara la materia del Reino, descansa bajo el cuidado de nuestra reina. ¿Qué significa esto? Significa que nuestras luchas por la justicia tienen su amparo.
Nuestro trabajo por la paz cuenta con su intercesión. Nuestra defensa de los pobres es su causa. Nuestra construcción del bien común es su proyecto.
Como nos recordó el Papa Francisco, el misterio guadalupano es para escuchar en todos los momentos de la vida. ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? En los momentos difíciles, en los momentos felices, en los momentos cotidianos, no es un consuelo para después, es fuerza para hoy. No es resignación, es esperanza activa que transforma.
Y ahora comprendemos, el Reino de Dios en México tiene rostro moreno, habla náhuatl y español, abraza a todos y tiene una madre que no nos abandona, como en la tilma de San Juan Diego, que la imagen de Guadalupe quede impresa en nuestro corazón, que su maternidad nos transforme, que su ejemplo nos guíe.
Familias mexicanas, ustedes son las rosas de Castilla que la Virgen quiere presentar al mundo. Su fe, su trabajo, su esperanza contra toda esperanza, son el milagro que convence.
Con María de Guadalupe, Reina de México, emperatriz de América, el Reino de justicia y paz es posible. Con ella, ninguna familia está sola. Con ella, México tiene futuro.
Cristo reine en cada hogar mexicano, que María de Guadalupe siga siendo nuestra evangelizadora y que juntos, como pueblo guadalupano, podamos gritar con esperanza. ¡Venga a nosotros tu Reino! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!

































































