En el marco del mes dedicado a la Biblia, el padre Juan Manuel Orona explica que la Biblia es una colección de libros escrita a lo largo de los siglos por múltiples autores humanos, pero inspirados por un único autor divino…
Ana María Ibarra
Cada septiembre la Iglesia dedica un periodo especial para acercarse a la Palabra de Dios. Se trata de una oportunidad para conocerla, amarla y, sobre todo, llevarla a la vida.
Sin embargo, detrás de las páginas de la Biblia que hoy se conoce, existen siglos dedicados a transmitir la historia de manera oral y después escrita, así como autores, comunidades, traducciones y discernimiento.
Así lo explicó el padre Juan Manuel Orona, especializado en las Sagradas Escrituras, quien define este mes como un regalo de Dios a través de la Iglesia.
Varios autores… sólo Uno
Para el padre Juan Manuel Orona, licenciado en Exégesis Bíblica por el Pontificio Instituto Bíblico en Roma, conocer cómo fue creada la Biblia permite a la comunidad católica acercarse a las Sagradas Escrituras con una mirada diferente.
Una de las primeras ideas que el padre Orona consideró importante aclarar es que la Biblia no es propiamente un solo libro.
«La Biblia es una colección de libros escritos en diferentes épocas y circunstancias. Biblia significa colección de libros. Obviamente, no es una obra de una sola mano», explicó.
Indicó que, desde el punto de vista humano, fueron numerosos autores los que participaron en su elaboración. A ellos la tradición cristiana denomina hagiógrafos, es decir, escritores santos.
Sin embargo, desde la perspectiva de la fe, existe un único autor divino: el Espíritu Santo, quien inspiró a los escritores humanos.

Por ello, dijo, hablar de la Biblia implica hablar también de un largo proceso de formación.
Formación de los libros
«El Antiguo Testamento se fue construyendo a lo largo de muchos siglos, unos 12 ó 13 siglos. Hablamos de unos 1400 años antes de Cristo. Mientras que el Nuevo Testamento tuvo un periodo de formación más breve, del año 50 al 90 después de Cristo, menos de un siglo», expuso el padre Juan Manuel.
Dijo que la formación de los textos bíblicos comenzó con una etapa de tradición oral.
“Al principio todo se transmitió, se comunicó de manera oral: las historias, los cánticos, los himnos, los códigos legales, las epopeyas. En el Nuevo Testamento ocurrió algo semejante. Las parábolas de Jesús, sus enseñanzas y la experiencia de su Pasión y Resurrección fueron comunicadas primero de manera oral por quienes habían conocido al Señor».
Después, añadió, comenzaron a ponerse por escrito algunas de esas tradiciones y con el tiempo, los distintos materiales fueron reuniéndose y organizándose hasta dar forma a los libros bíblicos.
El padre Juan Manuel, explicó también que el orden actual de los libros no debe confundirse con el orden cronológico en que fueron redactados.
«Que el Génesis aparezca como el primer libro de la Biblia no significa que haya sido necesariamente el primero en escribirse. Ese es el orden que tiene actualmente, pero no quiere decir que así haya sido también cronológicamente la primera obra escrita”, aclaró.
Incluso, señaló, dentro de un mismo libro pueden encontrarse diferentes tradiciones y puso como ejemplo el libro del Génesis, donde aparecen dos narraciones de la Creación.
“Una se escribió antes que la otra; se le llama tradición yahvista, tradición sacerdotal. Las dos nos hablan de la Creación con una visión diferente y complementaria”, explicó.
Un proceso progresivo

Por otra parte, el padre Juan Manuel explicó que después de la Muerte y Resurrección de Cristo, los discípulos comenzaron a comunicar oralmente aquello que habían vivido. Posteriormente surgió la necesidad de dejarlo por escrito.
“Los apóstoles, los discípulos, las comunidades, tuvieron la conciencia de que tenían que poner por escrito la vida y las enseñanzas del Señor para evitar que se perdieran, que se olvidaran o que se mezclaran con enseñanzas que no cuentan la pureza de la fe”, señaló.
San Pablo tuvo un papel importante en este proceso mediante sus cartas a las primeras comunidades cristianas.
“San Pablo fue uno de los principales promotores, no solo de la tradición oral, sino de escribir cartas a las comunidades. El primer escrito del Nuevo Testamento no fue un Evangelio, sino una carta paulina, la Primera Carta a los Tesalonicenses».
Añadió que después aparecieron otros textos, entre ellos los Evangelios.
«Existen fundamentos para considerar al Evangelio de Marcos como el primero de los cuatro en ser redactado. La formación de la Biblia fue un proceso progresivo. La Biblia no cayó de arriba, sino que se fue haciendo”.
El padre Juan Manuel explicó que los textos fueron escritos originalmente en las lenguas utilizadas por sus comunidades.
«La mayor parte del Antiguo Testamento fue redactada en hebreo, aunque existen también pasajes en arameo y algunos libros en griego. En el Nuevo Testamento es un poco más sencillo: todo el Nuevo Testamento fue escrito en griego al que llamamos griego koiné”, explicó.
Después vino una tarea que durante siglos dependió de la paciencia y el trabajo manual: copiar los textos.
“Se copiaban en materiales como el papiro, que era una planta; el pergamino, que era la piel de un animal, y luego se hicieron códices parecidos a nuestros leccionarios”, relató.
Los monasterios y otros centros de estudio participaron en la conservación y reproducción de estos textos.

«No se trataba de hacer una sola copia, sino muchas, para que pudieran llegar a diferentes comunidades y regiones».
También las traducciones comenzaron desde tiempos antiguos.
«Los textos fueron pasando del hebreo a otras lenguas, entre ellas el griego, el latín y el siriaco. Con el paso del tiempo y la llegada de la imprenta, la Biblia pudo difundirse todavía más en las lenguas modernas. Tenemos ya prácticamente todas las lenguas habladas por los seres humanos”, celebró el sacerdote.
Sobre los libros apócrifos
Otro aspecto que suele despertar curiosidad entre los lectores son los llamados libros apócrifos.
El padre Juan Manuel explicó que los libros reconocidos por la Iglesia como inspirados y normativos reciben el nombre de canónicos. Pero existen también los apócrifos, que no forman parte del canon bíblico.
No obstante, mencionó que los apócrifos pueden resultar útiles para conocer determinados aspectos de las sociedades antiguas.
“Los libros apócrifos contienen también elementos que nos ayudan a conocer más. Pueden aportar información sobre costumbres familiares, tradiciones culturales y religiosas, e incluso elementos históricos, pero no sustituyen a los libros canónicos ni tienen la misma autoridad como norma de fe», explicó.
Por lo tanto, advirtió que los libros apócrifos deben ser leídos únicamente como libros que complementan o ayudan a profundizar.
“Los libros apócrifos presentan elementos que no armonizan con el conjunto de la fe, particularmente en la manera de presentar a Jesucristo o determinados personajes bíblicos. Pero aquí vemos la luz del Espíritu Santo que ha guiado a la Iglesia para distinguir entre la pureza de la fe y lo que ya no guarda una doctrina sana», resaltó.
Para el padre Juan Manuel Orona, acercarse a la Palabra de Dios es precisamente entrar en ese camino de conocerla, amarla y vivirla.

































































