Ana María Ibarra
A 75 años de su llegada a Ciudad Juárez, las Hermanas Clarisas Capuchinas compartieron con la comunidad diocesana la crónica de amor que las hizo llegar desde Asís hasta estas tierras fronterizas.
Nacida hace 800 años con San Francisco y Santa Clara, esta historia fue presentada durante una conferencia que se realizó el pasado sábado 12 de septiembre en el auditorio del Seminario Conciliar, como parte de las actividades que realizan por el 75 aniversario de su presencia en esta frontera.
En el evento se recordó con especial agradecimiento a las siete religiosas que fundaron el monasterio Cristo Rey en Juárez, comunidad fraterna que se ha sostenido con oración, pobreza y fraternidad.
Sor Eva María y sor Amada Selene, monjas que acutalmente sirven en la comunidad del convento capuchino, llevaron a los asistentes por un recorrido que comenzó en Asís, pasó por Europa, llegó a tierras mexicanas y se instaló en Ciudad Juárez en el monasterio de Cristo Rey.
“Es una historia de amor que poco se ha contado, poco se conoce, incluso entre nosotras”, expresó sor Amada Selene al introducir la charla.
Dijo que la historia tiene sus raíces en san Francisco de Asís y santa Clara, considerados padres fundadores de la espiritualidad franciscana. Sor Eva María explicó que ambos dejaron un camino de seguimiento a Cristo pobre y crucificado que las generaciones posteriores están llamadas a continuar.
“Santa Clara dio a la espiritualidad franciscana una expresión femenina marcada por la contemplación, el silencio, la oración, la fraternidad y la clausura”, dijo.
Añadió que su invitación era mirar a Cristo, contemplarlo, enamorarse de Él y configurarse con Él.
Con el paso de los siglos surgieron distintas reformas dentro de la familia franciscana. “Entre ellas nació la reforma capuchina, que buscó recuperar el ideal de pobreza, sencillez y austeridad”, señaló.
En ese camino apareció María Lorenza Longo, considerada fundadora de la Orden de Clarisas Capuchinas. La religiosa explicó que, al enviudar, su proceso de discernimiento fue largo y estuvo acompañado por la oración y la orientación espiritual.
“Era una mujer casada y madre de familia, dedicó parte de su vida al cuidado de los enfermos y, después de diversas experiencias personales y espirituales, descubrió el llamado a la consagración”.

Europa-Aguascalientes-Juárez
De Europa, el carisma llegó a México y se extendió a través de distintas fundaciones hasta alcanzar Aguascalientes y Guadalupe, Zacatecas. Desde ahí comenzaría el camino hacia Ciudad Juárez.
La presencia de las capuchinas en esta frontera tuvo un origen sencillo: una visita. Esta parte de la historia fue expuesta por Sor Amada Selene.
“Juanita Silva, una terciaria franciscana que tenía familia en Aguascalientes, conoció durante una visita un monasterio de capuchinas. De aquel encuentro surgió la inquietud de que una comunidad contemplativa llegara a Ciudad Juárez. Insistió ante las religiosas hasta conseguir que se enviara una solicitud para fundar un monasterio”, dijo.
La iniciativa encontró respuesta favorable de la Iglesia. En aquel entonces Ciudad Juárez pertenecía a la entonces Diócesis de Chihuahua.
Monseñor Baudelio Pelayo respaldó el proyecto y el obispo Antonio Guízar y Valencia aceptó la fundación, al considerar necesaria la presencia de una comunidad contemplativa junto a las religiosas de vida activa que ya trabajaban en la ciudad.
“Monseñor Baudelio acababa de fundar a las Misioneras de María Dolorosa”, añadió Sor Selene.
Al principio, monseñor Baudelio proyectó un monasterio mucho más grande: contemplaba ocho hectáreas, huerta, gallinero, establos y diversos espacios para la vida de las religiosas. Sin embargo, las clarisas capuchinas optaron por la austeridad.
“La decisión no fue simplemente económica. Formaba parte de su espiritualidad. No necesitaban grandes espacios ni riquezas materiales para vivir la contemplación”, expuso.
Su fundación
El 31 de agosto de 1951, las siete hermanas fundadoras salieron de Aguascalientes rumbo a Ciudad Juárez. Después de esperar las licencias necesarias, el 17 de septiembre se realizó la erección canónica que dio forma a la nueva comunidad con una misión particular.
Las religiosas recordaron que Ciudad Juárez estaba marcada por una intensa actividad nocturna y por situaciones que preocupaban a la Iglesia.

“En ese contexto, el obispo Antonio Guízar y Valencia confió a las hermanas una misión expresada en una imagen poderosa: ser “el pararrayos de la divina justicia para la ciudad”.
Su oración y su vida contemplativa serían ofrecidas por las personas alejadas de Dios y por toda la comunidad juarense.
Pero la historia de aquellas primeras hermanas no estuvo exenta de dificultades.
“Las hermanas llegaron a una ciudad con clima que desconocían. Las crónicas recuerdan su sorpresa ante el frío y las grandes nevadas de aquellos años. Ellas no conocían la nieve. Tuvieron que vivir inicialmente en condiciones muy sencillas, en un espacio que les proporcionaron las Misioneras de María Dolorosa, mientras se construía el monasterio”.
Anécdota entrañable
Fue precisamente en medio de esa precariedad donde apareció uno de los recuerdos más entrañables de sus primeros meses: La primera Navidad en Ciudad Juárez.
Sor Selene contó: “La noche del 24 de diciembre las hermanas prácticamente no tenían qué cenar. Después de acudir a misa, se reunieron y colocaron al Niño Dios en medio de ellas. En lugar de lamentarse por lo que les faltaba, cada una le dio un beso al Niño Dios. Para ellas, aquella era la expresión de su único deseo: cumplir la voluntad de Dios”, narró la religiosa con un nudo en la garganta que hizo estremecer el corazón de quienes la escucharon.
La mañana siguiente las religiosas recibieron una gran sorpresa de parte de miembros de la comunidad que llegaron con bolsas de alimentos, tamales, buñuelos, champurrado, chocolate y algunos regalos.
La escena quedó registrada en las crónicas y se convirtió en símbolo de una relación que marcaría la historia del monasterio.
Nueva vida
Cabe mencionar que los propios habitantes de la zona participaron en la construcción del convento. Se organizaron comités y actividades para reunir recursos.
“Hay registros de personas que vendían alimentos, rifaban prendas o aportaban materiales para que las religiosas pudieran contar con agua, luz y las condiciones necesarias para establecerse”.

Con el paso de los años, el monasterio vivió también momentos difíciles al llegar una etapa de crisis vocacional y de salud.
“Algunas de las religiosas envejecían y disminuían las vocaciones. Pero en el 2004 llegaron hermanas de Guadalupe, Zacatecas, para apoyar a la comunidad. Su presencia ayudó a fortalecer nuevamente la vida espiritual y cotidiana del monasterio y posteriormente comenzaron a llegar nuevas vocaciones”, dijo la hermana Amada.
Hoy, la comunidad está integrada por nueve hermanas y cuenta con seis aspirantes que viven su proceso de discernimiento.
Los 75 años también han significado abrir las puertas de un espacio que durante décadas estuvo reservado a la vida de clausura.
“Las visitas de grupos, jóvenes, monaguillos y otros miembros de la comunidad han permitido que muchas personas conozcan de cerca la riqueza del silencio, la oración y la fraternidad que se vive tras los muros de nuestro monasterio”.
Así, aquella historia que comenzó en Asís continúa escribiéndose en Ciudad Juárez. No solamente en los muros del monasterio, sino en la vida de las mujeres que han entregado ahí su existencia, en quienes las han acompañado durante estos 75 años y en las nuevas generaciones que hoy disciernen si ese será también su camino.
Las siete fundadoras
Durante la charla se proyectaron fotografías y datos biográficos de las siete religiosas fundadoras del monasterio de Ciudad Juárez:
Sor María de la Paz Josefa del Santísimo Sacramento Torres Rivera
Sor María Amparo Josefa del Santísimo Sacramento
Sor María Soledad Josefa de las Cinco Llagas Ornelas Martínez
Sor María Inés Josefa de Jesús Sacramentado Martínez Reyna
Sor María de los Ángeles Josefa de Jesús Sacramentado Moreno Ortiz
Sor María Consolación Josefa del Niño Jesús Muñoz Muñoz
Sor María del Angus Dei Josefa del Corazón de María Delgado Flores

































































